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Rodajes, con o sin serpientes, que merecen un diario

Rodajes, con o sin serpientes, que merecen un diario

Todos hemos leído alguna vez que no nos flipemos: que un rodaje no es como lo imaginamos. Que las esperas se hacen eternas, que se invierten muchas horas para conseguir apenas unos minutos de metraje, que los ajustes de luz y cámara parecen no acabar nunca; vamos, que aquello es una sucesión de tiempos muertos sin rastro alguno de lo que tenemos en mente los más peliculeros: romances inesperados, broncas, accidentes, desastres naturales… O quizá sea que uno, de natural crédulo, se haya tragado tan feliz los libros de la serie ¡Este rodaje es la guerra!, de Juan Tejero, o aquella Crónica de un rodaje maldito que firmó Eleanor Coppola sobre la tremenda aventura que fue para su marido Francis sacar adelante Apocalypse Now.

Ya que nos ponemos en el extremo, ahí va algún ejemplo concreto de lo especial que puede ser vivir un rodaje: “3 de julio de 1980. Profundamente enemistado con la naturaleza, he tenido un encuentro con la gran boa constrictor, que ha asomado la punta de la cabeza a través de la malla metálica de su jaula y me ha mirado larga y fijamente a los ojos”. Diremos que esta entrada no refleja el peor día de los muchos que dejó consignados el director Werner Herzog en su diario de rodaje de la película Fitzcarraldo (1982). En que semejante proyecto fuera una locura influyó irse a rodar a la selva amazónica y tratar de subir un barco a una montaña. Por si aquello no fuera ya una situación altamente inestable, el cineasta alemán le dio el papel protagonista a uno de los actores más inestables de todos los tiempos, Klaus Kinski (¡ríete tú de las serpientes de cinco metros!). La verdad es que embarcarse en algo así y no dejarlo por escrito habría sido imperdonable. Herzog lo hizo y lo tituló Conquista de lo inútil.

"El diario de un rodaje es todo un subgénero dentro de los diarios y, como sucede con tantos de ellos, los hay que se escriben para uno mismo, como refugio o válvula de escape"

El diario de un rodaje es todo un subgénero dentro de los diarios y, como sucede con tantos de ellos, los hay que se escriben para uno mismo, como refugio o válvula de escape que favorece la reflexión de lo acontecido al cabo del día; y los hay que nacen con vocación de ser publicados, con ambición literaria y afán de quedar. Por su brevedad y estilo, el que escribió Jaime Chávarri durante el rodaje de El Desencanto (1976) solo buscaba dejar constancia de sus ansiedades, subidones y dudas, para asimilarlas mejor, pero se leen con enorme interés por cualquier cinéfilo por ser la película que es: un hito de nuestra cinematografía que resulta hoy tan fascinante como hace cincuenta años. “Creo que voy hacia el caos, que no existe nada que ligue todo lo que estoy rodando. No me siento capaz de controlar a los Panero, ellos se apoyan entre sí y yo estoy cabreado y, lo que es peor, inseguro”. El diario de Chávarri está incluido en el ensayo que sobre la película han firmado este año Felipe Cabrerizo, Santiago Aguilar y Carlos F. Heredero.

Si El Desencanto ya es un clásico del documental español porque rompió precisamente con la concepción clásica de documental, no descartemos que Segundo premio, cuando transcurra medio siglo, no pueda presumir también de semejante honor en el apartado biopic musical. Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez huyeron de la narración habitual en su crónica generacional de una banda de rock (Los Planetas), salieron más que bien parados y además lo consiguieron en circunstancias poco o nada favorables (Jonás Trueba la empezó y la heredó Lacuesta, que tuvo que ausentarse en su primer día cuando a su hija de nueve años le diagnosticaron una leucemia, si bien pudo continuar desde el hospital gracias a la labor in situ de Rodríguez como codirector).

"Diez años después de aquel libro, su autora volvió a su amado Cadaqués, pero esta vez no para pasar el verano sino para escribir un diario del rodaje"

Cuando alguien quiera en el futuro conocer la intrahistoria de esta película tendrá que descender a La planta baja, el diario de rodaje que escribió el poeta y dramaturgo Alejandro Simón Partal. Pero quien busque leer un buen diario entre los publicados en los últimos años también deberá acercase a esta obra: tan es así que puede leerse con gusto sin haber visto la película ni tener intención de hacerlo. Tiene todo lo que lo que pedimos —al menos, servidor— a un diario: intimidad y humor, fragilidad, citas, viajes y trenes, observaciones, bajones y euforias, recuerdos de infancia, lecturas presentes y la cadencia adecuada para que cueste dejarlo… O deliciosos asuntos nimios como la compra en una tienda vintage de esa prenda de una pieza que conocemos como mono: “La mayor aportación textil al morbo universal no es un hombre tocando el cajón flamenco, como una vez escuché decir a Milena Busquets, sino un hombre con un mono medio abierto, con el torso empujando la cremallera”.

Hablando de Busquets, sorprende que su libro También esto pasará, dado el tamaño ingente de su éxito, tardara tanto en tener su adaptación a la gran pantalla. La novela es la historia de Blanca (Milena), y combina casi en cada página el arañazo de la pérdida con las ganas de seguir viviendo, el dolor que trae la ausencia de la madre muerta con la felicidad que proporciona seguir deseando personas, cosas, paisajes… Diez años después de aquel libro, su autora volvió a su amado Cadaqués, pero esta vez no para pasar el verano sino para escribir un diario del rodaje, en el que además iba a participar haciendo un cameo.

"El actor Errol Flynn promovía cualquier cosa por hacer del rodaje algo diferente a lo que uno entiende por trabajar. No había plan que no le pareciera buena idea si acababa en una carcajada"

La dulce existencia, sin las fechas habituales del diario, es un acercamiento, con genuina curiosidad y esa ligereza divertida que es marca de la casa, a quienes hacen las películas, especialmente a los actores, a los que imaginaba más alocados: “Había pensado que saldríamos hasta altas horas de la noche, que veríamos amanecer juntos. Pero es una regla universal infalible que cada vez que planeas ver amanecer con alguien, a las doce de la noche estás en la cama durmiendo, como si fueran los amaneceres, y no nosotros, los que decidieran”. El libro es también una confesión, la del pacto que Busquets hizo con el diablo cuando murió su madre, la editora y escritora Esther Tusquets, y el mundo desde ese momento pasó a ser otro que la superó: “Renuncié yo a la felicidad para poder seguir cerca de mi madre. Aquella penitencia estúpida, que ella hubiese detestado, duró varios años”. El milagro del cine.

El actor Errol Flynn promovía cualquier cosa por hacer del rodaje algo diferente a lo que uno entiende por trabajar. No había plan que no le pareciera buena idea si acababa en una carcajada, en una broma, en un poco de diversión. A veces las ideas de bombero las sufría Olivia de Havilland, con la cual protagonizó clásicos como El capitán Blood, La carga de la Brigada Ligera, Robin de los Bosques o Murieron con las botas puestas. “Una vez, cuando fue a ponerse las bragas, encontró una serpiente muerta en ellas. Lloró aterrada. Sabía muy bien quién era el responsable. No creo que esto me granjeara su afecto. En mi cabezota penetró lentamente la idea de que estas chanzas adolescentes no eran el camino por el que se llegaba al corazón de una mujer”. No lo contó en un diario sino en sus Memorias de un vividor. Una pena que no hiciera un diario de rodaje de todas sus películas.

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