Inicio > Blogs > Ruritania > No ha sido un sueño
No ha sido un sueño

No ha sido un sueño. Estoy casi convencido de ello. Sin embargo, no tengo testigos que puedan corroborarlo. Mis chicas estaban bien dormidas y esta ha sido una de esas madrugadas pesadas, un manto grueso de estrellas densas, oscurecidas por la inoportuna e inusual neblina cuando el hálito del verano aún empieza a soplarnos los pies desnudos y el sol amenaza con quemarnos la nuca. El sopor de un duermevela que llevo arrastrando durante semanas no ha hecho sino acrecentar esa sensación de onirismo encubierto. Recuerdo que solía viajar dormido. No es exacto. Solía viajar mientras estaba durmiendo. Tampoco es del todo correcto. Digamos que solía abandonar esta carcasa y usar mi cuerpo astral para ir de aquí para allá con tan poco acierto que, al despertar, solamente recordaba estar cansado. Nada más. Fue una bruja —de las de antes— quien me lo dijo. Las de ahora no se ocupan de esas cosas. Tal vez fuera ella la que me contara lo de la librería. Puede que ya hubiera estado allí mucho antes y el olvido se hubiera comido esos recuerdos a dentelladas, borrando todo rastro. Como un asesino en serie muy cuidadoso.

No eran ni las cinco de la mañana. Las noches son más claras ahora que en invierno. El cielo se resiste, a pesar de esa manta de niebla suave, a ennegrecerse tanto como con el frío. No era demasiado tarde. Muy temprano para algunos, quizá. La música de los after hours se escucha a un kilómetro de distancia, incluso con las ventanas cerradas. Pero ¿quién cierra las ventanas en verano con este calor tan sofocante? En algún momento de esa vigilia inesperada creí oír el eco de los graves golpeando como tambores contra el suelo y el griterío del júbilo adolescente. Luego, nada. El ruido absorbido por el cambio de un segundero ralentizado en alguna parte, suspendido en el tiempo; en un instante estaba mirándome al espejo y, al otro, no había nada salvo aquel escaparate donde un conejo blanco sostenía su reloj con cara asustada.

"Ya no tenían ninguna duda de que me encontraba en Londres. El silencio era una ilusión, porque esta es una de esas ciudades que no duermen"

Podría haber sido un sueño. Atravesé el mostrador sin reparos hasta el propio callejón al que daba la puerta principal. De no haber existido aquel lugar, de no haber sido real, podría haberlo confundido. Allí la noche era más clara a pesar de la estrechez de aquel pasillo deslucido por el que no cabía un coche y que apenas dejaba entrar a las estrellas. Las farolas derramaban su luz mortecina con pereza y el dorado de las papeleras que guardaban sus pies como escuderos destellaba con levedad. Me fijé en el pavimento remendado, en las tapas de las alcantarillas y otros remaches que, en tiempos pretéritos, debieron servir a su cometido pero que ahora no eran más que cicatrices de una ciudad muy vieja. No tuve que leer los letreros de las tiendas a uno y otro lado para saber dónde me encontraba. La cristalera que acababa de atravesar tenía a una Alicia rubia arrodillada frente a un reloj vivo. Estaba pintada en un cuadro. A los pies del marco dorado, figuritas de porcelana y libros de Lewis Carroll. Sobre mi cabeza, en letras (también doradas) sobre fondo añil podía leerse el nombre de la librería: Alice Through The Looking Glass. A la izquierda, en el número 16, la librería para niños MARCHPANE y a la derecha, en el 12, la orfebrería especialista en joyas de cine y teatro de Christopher St James. Entonces la vi, casi enfrente: Watkins Books. Aun así, no me desperté. O sí y tal vez siguiera abstraído, en trance, frente al espejo del baño de mi casa, bilocado y medio desnudo en un lugar a miles de kilómetros de distancia.

Conocía la librería. Había oído hablar de ella. Bueno, más bien había leído sobre ella en el libro de Dan Schreiber. En el 21 de Cecil Court. Ya no tenían ninguna duda de que me encontraba en Londres. El silencio era una ilusión, porque esta es una de esas ciudades que no duermen. El trasiego del tráfico aún escaso a esas horas, las voces amortiguadas tras las ventanas, los pasos golpeando presurosos las aceras… Los pájaros. No recordaba haberlos oído nunca en la ciudad. Sí en Hyde Park. Allí sí. Ahora los escuchaba aventurando el nuevo amanecer que ya se cernía sobre mi cabeza como una lámpara a plena potencia. No me percaté en ese instante. De mi reflejo. Solo entré en la librería. Tal vez la más antigua y extraña de todo Londres. En una esquina ponía que llevaba abierta desde 1894, pero yo había leído que se abrió tres años después. Que fue el ocultista John M. Watkins, amigo de Blavatsky, la teosofía y todo tipo de teorías extrañas, quien levantó la cancela por primera vez hace más de cien años. Era, según recordaba, «el sitio preferido de quienes ven las cosas de forma distinta».

"Estaba oscuro y olía a moho, polvo y humedad. No necesité luz para ver. Tampoco ninguno de los que estaban allí abajo, ojeando libros y repasando con el dedo los títulos ocultos"

Creo que tuvo una época en la que se la llamó «Universidad de las Ciencias Rechazadas». Cuando Watkins dejó el legado a su hijo Geoffrey, se decía de él que encajaba a la perfección, porque era un tanto excéntrico y solía aconsejar a sus clientes que no compraran determinados libros si creía que eran demasiado ignorantes para entenderlos. Aquel lugar albergaba los ejemplares más raros del mundo. Libros prohibidos o perdidos. Había quienes afirmaban que, si uno sabía buscar, podía encontrar auténticas joyas procedentes de otros mundos. Lo que parecía un eufemismo para hablar de otros países no era sino una afirmación literal. Paseé por los estantes acariciando los lomos de esos libros. Como en un extraño déjà vu, reconocí algunos de ellos de otros viajes, de mis escasas visitas a los Registros Akáshicos. ¿Cómo era posible? Hasta hacía unos minutos, todo eso no existía en mi consciencia, había permanecido tras el velo y ahora se manifestaba con asombrosa claridad. Sonreí al ver uno de los muchos libros de Edgar Cayce. Sin embargo, el mejor muestrario se encontraba a varios metros bajo tierra, en el sótano.

No recuerdo cómo descendí. Estaba oscuro y olía a moho, polvo y humedad. No necesité luz para ver. Tampoco ninguno de los que estaban allí abajo, ojeando libros y repasando con el dedo los títulos ocultos. Los nombres impresos en el lomo resplandecían con un brillo palpitante y, cuando el lector adecuado se acercaba a «su libro», él también se encendía como una antorcha. Mentiría si dijera que me vi reflejado en ellos. Ninguno se parecía a mí. Algunos ni siquiera tenían una forma definida. Ocho brazos, veinte piernas, mil ojos… Esos eran los rasgos que podía comparar con los de un humano. Luego estaban esos otros. Puede que me miraran en algún momento de mi visita. Sabía que podían verme, solo que me obviaban. No era importante. No tanto como aquello que venían buscando. Yo mismo empecé a resplandecer cuando me acerqué a un volumen vetusto cuyo título apenas podía leerse. Parecía tan antiguo que, si hubiera podido cogerlo, es probable que se me hubiera deshecho entre los dedos.

Sentí un tirón fuerte de la cintura hacia atrás. No había nadie tras de mí y, no obstante, lo volví a sentir. Esta vez más fuerte. Abandoné el sótano en un estallido como de estornudo. Una figura corva y oscura escondida bajo una túnica encapuchada me miraba de soslayo. Solo veía el puntito de dos esferas refulgentes allí donde debía estar su rostro. Caminé hacia atrás hasta que atravesé la puerta. Ahora sí, me vi reflejado en el cristal de la librería. Me reconocí un poco. Una capa de esa cebolla de vidas pasadas que era yo. Me miré a los ojos y, cuando parpadeé, el espejo de casa me devolvió la imagen de un hombre con ojeras y el cabello revuelto. Estoy casi convencido de que no ha sido un sueño y, si pudiera recordar el nombre del libro que estuve a punto de tocar con la yema de mis dedos, tal vez podría coger un vuelo, ir al número 21 de Cecil Court y bajar al sótano.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios