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¿Quién sabe lo que le espera a uno?

¿Quién sabe lo que le espera a uno?

La trayectoria de Clara Sánchez como escritora ha sido, hasta ahora, intachable. Ha publicado casi una veintena de novelas —en este terreno, inició su andadura hace treinta y seis años, con Piedras preciosas— de una calidad incuestionable, y ello le ha valido, hasta el momento, que su labor sea reconocida con la consecución de los premios Alfaguara, Nadal y Planeta. Y por si todo eso era poco, también se ha convertido en la mujer X de la Real Academia de la Lengua, sillón que ocupa desde 2023.

Lo inexplicable, pese a no ser una novela demasiado extensa, con algo más de centenar y medio de páginas, podría pasar por uno de sus mejores relatos escritos hasta ahora, aunque en su haber figuren títulos muy destacados, y así lo entendió la crítica más exigente en su día, al igual que sus numerosos lectores, aunque sin ser una escritora demasiado popular, de las que mueven masas a su alrededor.

No me avergüenza decir que con Lo inexplicable he pasado miedo durante su lectura. Verdadero miedo. Y, después, cuando uno deja el libro sobre la mesa, la bien contada historia que hallamos en sus páginas, nos sigue dando vueltas y más vueltas porque, aunque se narran unos hechos fronterizos con  lo extraordinario, muy en la línea del mejor Allan Poe, el lector no logra salir del todo de esa tela de araña que la autora ha trenzado al poner en escena a unos personajes y un ambiente que se deslizan como sombras en medio de un escenario netamente realista, de tono cotidiano, con sucesos a los que estamos acostumbrados en el devenir diario.

"Una novela más cercana no a la tradición hispana del género, sino a esos otros autores del mundo anglosajón como Mary Shelley, Bram Stoker, Arthur Machen, Henry James o Wilkie Collins"

De entrada, Clara Sánchez divide su obra en siete apartados y una “Nota” final, acaso innecesaria, en la que, en uno de sus párrafos, se afirma que “algunos niños arrastran una densidad en la mirada impropia de su edad”. Parece, aclara a continuación, como si estos críos arrastraran una experiencia anterior que persiste.

En alguna ocasión, cuando se le ha preguntado por sus más profundas experiencias como reportero de guerra, después de más de una veintena de conflictos a sus espaldas como profesional del periodismo, Arturo Pérez-Reverte ha respondido, para sorpresa de todos, que lo que para él resulta inolvidable en medio de un conflicto es la mirada de un perro o la de un niño, que parecen no entender nada y que, sin embargo, adivinan todo lo que está pasando. Por lo tanto, no debería de extrañarnos la actitud de ese bebé de la novela de Clara Sánchez, cuya incisiva mirada es capaz de taladrar a la mujer adulta que lo cuida.

Así pues, entraríamos de lleno en el resbaladizo y misterioso terreno de la reencarnación o metempsicosis, al que ya se refirió Platón en sus Diálogos, en donde asistimos a un proceso continuo donde el alma, siendo inmortal y divina, transmigra de cuerpo en cuerpo a lo largo de varias vidas, hasta regresar a su origen celestial, ya purificada. De hecho, Clara Sánchez trae a colación, muy oportunamente, no sin cierto asomo de ironía, unas palabras del filósofo Jürgen Habermas, en las que sugería que “de vez en cuando conviene pensar en la resurrección de los muertos, porque el cristianismo nos ha dado su palabra de honor de que existe la trascendencia”.

"Clara Sánchez pone sobre el escenario a unos pocos personajes que, como en la novela de Marsé, parecen encerrados con un solo juguete. De ahí que la tensión vaya en aumento y se vuelva insostenible"

Darle cuerpo a una teoría tan volátil, aunque ciertamente sugerente y atractiva, no debe de resultar tarea fácil. Y Clara Sánchez lo consigue a base de constancia, de mucho temple, de notables elipsis, sin que se le vaya la mano en lo extraordinario, sin caer en lo inverosímil, manteniendo los márgenes de la realidad intactos, lo que propicia una novela ciertamente importante, de una extraordinaria calidad, poco común en el conjunto de la narrativa española de estos últimos años, más cercana no a la tradición hispana del género, sino a esos otros autores del mundo anglosajón como Mary Shelley, Bram Stoker, Arthur Machen, Henry James o Wilkie Collins.

Clara Sánchez pone sobre el escenario a unos pocos personajes que, como en la novela de Marsé, parecen encerrados con un solo juguete. De ahí que la tensión vaya en aumento y se vuelva insostenible. Después, a medida que avanzamos en estas páginas, las aguas vuelven a su cauce, la narración regresa a sus pulsaciones, pero en el aire queda ese inequívoco aroma que provoca un suceso para el que no existe una explicación medianamente racional.

La extraña curiosidad de un bebé llamado Rafael, que parece poseer unas cualidades especiales, al querer introducirse en una vivienda de la madrileña calle Velázquez, que, en apariencia, nada tiene que ver con él ni con su familia, propicia la atención y el pasmo de su cuidadora, que no sale de su asombro. A ello hay que añadir —y aquí Clara Sánchez se vale de algunas conocidas escenas de ciertas películas— el hecho muy significativo de la presencia de una inexplicable voz ronca en el niño, que ni siquiera llega al año, de esa mirada de adulto que parece implantada en sus ojos. ¿Simple curiosidad? ¿O se trata, más bien, de unas cualidades especiales que los adultos no saben cómo explicar?

"Cuando Hugo descubre, por fin, que es un muerto y es capaz de asumir su condición, comienza una nueva fase, quizá más reflexiva, más profunda, sobre esta circunstancia"

En la parte siguiente, con la aparición de la voz narrativa de Hugo Estévez, un niño enclenque y debilucho, problemático, introvertido, delicado, confuso y torpe, el relato se complica mucho más y la historia toma otro cariz bien distinto que ayuda al lector a entender la actitud tan extraña de Rafael. Hugo es un muerto, un fantasma, en transición hacia el Más Allá, al que la autora le concede voz. Estamos, sin duda, en la parte más delicada del libro, en el apartado en el que la autora se lo juega todo a una carta, poniendo a prueba la imaginación y la tolerancia del lector. Y el resultado no podía haber sido ser más feliz y concluyente. Es inevitable que nos vengan a la memoria algunos libros, con un argumento similar, con una técnica muy parecida, como Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, Mientras agonizo, de William Faulkner o La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes. Solo que aquí, en la novela de Clara Sánchez, se va un paso más allá porque Hugo ya está muerto y, sin reconocer aún del todo su nuevo estado, se pregunta si ya se ha convertido en alma, si aún es él, en ese tránsito hacia la nada en el que no se ha abandonado del todo la vida.

Cuando Hugo descubre, por fin, que es un muerto y es capaz de asumir su condición, comienza una nueva fase, quizá más reflexiva, más profunda, sobre esta circunstancia. A Hugo le gustaría comunicar a los vivos lo que ha descubierto: “que un muerto no tiene poderes sobrenaturales, no es un supermán, no puede ayudar, ni vengarse, no puede llorar, ni reírse”. Sólo le queda esa capacidad de verse a sí mismo a través de los ojos de los demás.

"La conexión entre el niño que acaba de desaparecer y el que aún está por llegar al mundo, se pone en marcha y no hay vuelta atrás. Para entender la vida es preciso morir"

Hugo es consciente de que su breve adolescencia es una película rodada hasta la mitad. De ahí que llegue a plantear que sea de justicia que, a los niños como él, cuya vida está condenada a ser corta, se les compense con el resplandor de la infancia: “rincones por descubrir, amor de los abuelos a raudales, comodidades, árboles a los que trepar, aire azul, un mar reluciente y un porvenir dorado”.

Clara Sánchez sabe perfectamente el terreno que pisa y el planteamiento estructural de su novela resulta impecable. En ese juego que lleva a cabo con el tiempo, aparece Lira, la madre de Rafael, embarazada de este: visita a los padres de Hugo, tras la muerte del muchacho, y les explica la relación tan cercana que había tenido con su alumno. La conexión entre el niño que acaba de desaparecer y el que aún está por llegar al mundo, se pone en marcha y no hay vuelta atrás. Para entender la vida es preciso morir. Y, además, ¿quién sabe lo que le espera a uno?

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Autora: Clara Sánchez. Título: Lo inexplicable. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros.

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