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Aguafuertes sudacas: Sin ciega fe no hay tutía

Aguafuertes sudacas: Sin ciega fe no hay tutía

¡Cruento! ¡Espinoso! Emputecido es este camino que emprendí hace ya varios años en Zenda (casi diez), y a esta altura debería llevarme yo el podio de la valentía, mire. ¡TENDRÍAN QUE DARME EL PRIMER PUESTO EN WIKIPEDIA! Porque levantarme todos los días y ponerme a escribir a sabiendas de que usted no entenderá ni jota… Insistir con la perorata idealista habiendo tomado conciencia de que el cambio es imposible… ¡Eso es más que jodido! Y no se ría, que yo la estoy pasando más que fulero (además se le ve el agujero del premolar), porque debido a que usted papa mosca mirando el TikTok todo el día es que ocurren los chanchullos políticos, por ejemplo. Debido a que usted desvencija sus retinas frente a vulgares noticiosos, blandiendo acto seguido sus invernes pero poco productivas opiniones en el estado del WhatsApp es que el mundo está como está (aunque insista en que la culpa de todo la tiene Mbappé).

¿Se cree que si estuviéramos todos atendiendo en qué se gastan nuestra plata, en cómo y por qué nombran o desnombran a los jueces de la Corte se atreverían a tocar el peso ajeno? Pero calle usted, que me voy de tema.

"Trate de levantarse de la cama sin la ilusa ilusión de que su marido no dejará esta vez la toalla húmeda sobre la cama. Ande, la invito"

Decía, entonces, seguir adelante enterada de que no hay destino, eso es ser un verdadero héroe. Lanzarse al vacío cuando no vale la pena, ¿entiende? Cuando vale la pena se tira cualquiera. “¡Ay!”, dicen todos a coro y muy emocionados, “¡Menganito cruzó la montaña en chancletas para que su tía Margarita se salve de la peste bovina!” (Idioteces que suele hacer la humanidad, ni me pregunte). Y de pronto todos los noticieros entrevistando al Menganito en chancletas, y claro, digo yo, Menganito tenía su “por qué”, Menganito tenía la motivación para hacer la cruzada bovina de tía Margarita, y así es muy fácil, muy sencillo es ir para adelante si hay algo que nos impulsa: una esperanza, una zonzera, al menos una ilusión.

¡Napoleón! Ya que hablamos de avivados, paladín de opereta, Napoleón fue a por ello, pero con ayuda del imprescindible condimento (ese que no tengo yo por culpa de usted): el tipo estaba seguro de que lo lograría, se tenía fe ciega, y eso, estimada vieja, eso lo hace cualquiera. ¡Ya se lo dije, y no quiero ser como la historia! (Reiterativa). Ahora, vaya usted hacia adelante sin la zanahoria del “tú puedes”. Intente cruzar su montaña sin la esperanza de que no habrá más tías Margaritas con bovina. Trate de levantarse de la cama sin la ilusa ilusión de que su marido no dejará esta vez la toalla húmeda sobre la cama. Ande, la invito, intente ponerse las pantuflas por la mañana con la certeza de que el gordo nunca cambiará porque no le interesa (total, la toalla se la cuelga en la soga usted).

"He resuelto dejar de escribir tarupideces en pos de cambiar el mundo, por lo que le pedí recomendación a un enorme de las letras para conseguir con ello un agente literario que me aconseje sobre mis escritos y termine así con lo poco que me queda de esperanza"

Y debiera acabar la cosa acá, pero hay más, más y peor, porque usted no sólo ignora sino que tras cartón ignora que ignora, y más que peor es que está completamente segura de que la que ignoro soy yo (que ignoro que ignoro). Por eso se sigue riendo de mí, así que la voy a ir dejando con una frase que le atribuyen a un tal Bertolt: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No sabe que el precio del pan, de los remedios, depende de decisiones políticas. El analfabeto político no sabe que de su ignorancia nacen la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos: el político corrupto y lacayo de las empresas multinacionales”.

Y aquí, mediante abrupto punto de giro, le comento que decidí dejar de ser hippie, tarambana. He resuelto dejar de escribir tarupideces en pos de cambiar el mundo, por lo que le pedí recomendación a un enorme de las letras (que también escribe en esta revista) para conseguir con ello un agente literario que me aconseje sobre mis escritos y termine así con lo poco que me queda de esperanza.

En fin… Si tengo mala suerte logrará que alguno me edite el libro de cuentos y creeré entonces que he llegado a alguna parte; que algo he conseguido en esta vida*. Luego los tres practicaremos el Ananga Ranga para demostrar que aunque no haya destino se puede ser feliz. Y comeremos perdices.

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*Lo mismo creerá usted si su equipo gana el mundial.

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