Inicio > Series y películas > Malditos, heterodoxos y alucinados > Bette Davis y las villanas de Somerset Maugham

Bette Davis y las villanas de Somerset Maugham

Bette Davis y las villanas de Somerset Maugham

A mí, que tengo a las camareras de los bares de copas del Madrid de mi juventud, así como a las actrices que integran el parnaso de mi mitología personal, entre los seres más maravillosos que ha dado la humanidad, me cuesta reconocerlo. Sin embargo, es muy probable que Mildred Rogers, la pérfida camarera de aquel salón de té en Parliament Street, de la que nos cuenta W. Somerset Maugham en Servidumbre humana (1915), sea uno de esos personajes que son trasunto, reproducción fidedigna más que inspiración, de una persona real, una mujer con nombre y apellidos.

Doctor en medicina antes de convertirse en uno de los escritores más celebrados de su tiempo, no parece descabellado pensar que, en sus días de estudiante, el joven William supo de alguna camarera tan pérfida como aquella Mildred, taimada, ordinaria y vulgar como nuestros días, que tanta ruina llevó a Philip Carey, el protagonista, tímido, bonachón, minusválido y también estudiante de medicina, de Servidumbre humana.

Ahora bien, lo que parece harto improbable, máxime considerando que cuando Servidumbre humana llegó a las librerías Bette Davis era una niña de siete años en el Massachussets que la vio nacer en 1908, es que el autor británico —quien por lo general escribía sobre sus compatriotas, inmersos en sus conflictos existenciales o en los que les producía el contacto con las culturas ajenas con las que se encontraban— pensase en una pequeña estadounidense, puesto a concebir a una de sus grandes bellacas.

"Por muy alcohólica y posesiva que hubiera sido su madre con ella cuando era una niña, aquel no era el mejor momento para contarlo. Al cabo, la opinión pública se lo recriminó"

Con todo, el caso fue que, ya andando en su filmografía, así como se descubre que “hacer daño a los demás es una forma de conocerlos mejor”, que escribe Alejandro Gándara en Punto de fuga (1986), Bette Davis comprendió que las villanas son personajes mucho más complejos y desafiantes que las heroínas, a menudo tan simples y aburridas como lo es de hecho la bondad. La maldad, que por mucho que lo nieguen los sempiternos apologetas del buen rollo, es tan inherente al ser humano como la bondad, en cuanto a lo que la creación artística y literaria se refiere, ofrece muchas más posibilidades. Miss Davis siempre defendió que esas mujeres perversas que recreaba, cuando muy pocas estrellas de su tiempo las hubieran interpretado, eran mucho más ricas en matices, infinitamente más interesantes a nivel interpretativo.

Con todo, puede que lo malo fuese cuando esa sed de mal que buscaba en sus personajes —vaya evocando el título del 58 de Orson Welles— comenzó a trascender los guiones, y en la alegre colonia de Hollywood empezó a ser proverbial la compleja personalidad de Miss Davis, ese carácter directo que, con frecuencia, contaba mucho más que sus prodigiosas dotes para la interpretación. Pero no hay duda —y puede que esto la honre— de que a Bette Davis le gustaba ser odiada.

Muy criticada por la mayor de sus cuatro hijos, la pastora evangélica B. D. Hyman —quien todavía imparte su ministerio en Virginia, en una iglesia de su propia creación—, su primogénita fue tan demoledora con la autora de sus días en los dos libros que le dedicó —My Mother’s Keeper (1985) y Narrow Is the Way (1987)—, que en el primero, puesto a la venta mientras la actriz aún convalecía de un derrame cerebral, a la ministra el tiro estuvo a punto de salirle por la culata. Por muy alcohólica y posesiva que hubiera sido su madre con ella cuando era una niña, aquel no era el mejor momento para contarlo. Al cabo, la opinión pública se lo recriminó.

"El último dato romántico que registra su biografía fue su primer matrimonio con Harmon O'Nelson en 1932, su amor de juventud en la academia Cushing, donde ambos se graduaron"

Nadie hubiera dicho entonces que la mejor intérprete de las pérfidas féminas de Maugham también fue una chica dulce con anterioridad a su creación de Mildred Rogers de Cautivo del deseo (1934), la encomiable versión fílmica de Servidumbre humana, que al autor británico, ni que decir tiene, no le gustó. Muy por el contrario, Miss Davis, con aquella primera malvada, se ganó a crítica y público, estuvieran o no estuvieran más allá del bien y el mal. Así, la mítica revista Life definió su trabajo como «la mejor interpretación de una actriz norteamericana hasta la fecha».

Sí señor, Bette Davis fue una extraña estrella en el firmamento del Hollywood de los años 30. El último dato romántico que registra su biografía fue su primer matrimonio con Harmon O’Nelson en 1932, su amor de juventud en la academia Cushing, donde ambos se graduaron. También huelga decir que la unión fue efímera: en 1936 estaban divorciados. Y otros tres maridos llegaron después.

Los que siguieron fueron 53 años de maldades en la pantalla y mal carácter con todo el mundo en la vida real. Bette Davis llevaba la beligerancia en la masa de la sangre, concluye Ed Sikov en la biografía que le dedica —Amarga victoria, T&B editores, Madrid, 2008—. Cierto: hacerles daño es una buena forma de conocer a los demás.

"Acabada acaloradamente su colaboración con Wyler, Bette Davis, llevada por su sed de mal, se aplicó a modo para llegar a ser esa arpía a la que incorporó en ¿Qué fue de Baby Jane?"

Bien puede decirse que la Loba —llamémosla evocando el título de la cinta homónima, dirigida por William Wyler en 1941, donde encarnó a una de sus perversas más memorables— se aplicó el cuento. A comienzos de los años 40, los espectadores ya habían olvidado que la Bette Davis que dio vida a Lynn Mason en El altar de la moda (William Dieterle, 1934) era una chica encantadora que brillaba en las coreografías del gran Busby Berkeley. Pero una pulsión fatal ardía en ella, como la autodestrucción en los alcohólicos —Bette bebió durante toda su vida, y ya anciana protagonizó una campaña publicitaria de Jim Beam— que la llevó a arremeter contra su candor apenas fue consciente de que empezaba a despuntar.

Si la pérfida y ordinaria Mildred Rogers, vergüenza de las camareras, descubrió a la actriz el sombrío placer de la villanía, William Wyler fue quien la moldeó de forma indeleble para el mal en la Julia de Jezabel (1938). En aquel personaje incorporaba a una perversa, posesiva e irascible sureña; ahora bien, una mujer muy superior a las cursis de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939). Con Leslie Crosbie, la implacable asesina de La carta (1940), Wyler fue a incidir en la sed de mal de su actriz. Leslie fue la otra gran villana original de Somerset Maugham que conoció su máxima expresión en Miss Davis. Por último, la Regina Giddens de La loba fue a cerrar la terna de malvadas.

Acabada acaloradamente su colaboración con Wyler, Bette Davis, llevada por su sed de mal, se aplicó a modo para llegar a ser esa arpía a la que incorporó en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). Sus buenas, como la Apple Annie de Un gángster para un milagro (Frank Capra, 1961) no son sino la excepción que confirma la regla, y a menudo —como en el caso de Annie— también fueron mujeres que, en sus tiempos, se desenvolvieron en la miseria y su inevitable degradación moral, empero la bondad infinita de los pobres.

"De una u otra manera, lo rigurosamente cierto es que el gesto reposado de la actriz que nos ocupa era tan dramático como sus ademanes más exaltados"

En efecto, como sostiene Ed Sikov, todo en Bette Davis fue una carrera de fondo para adquirir esa «apariencia huesuda, curtida, de rasgos duros, adornada por una mancha de carmín rojo», y finalmente, «cuando se convirtió en una anciana disminuida por una apoplejía y un cáncer de mama, siguió obligando al mundo a observarla como se obligaba a sí misma a seguir actuando».

Está claro que la interpretación fue para ella una forma de exorcizar algo. Ese algo era la misma incógnita que hacía que la beligerancia ardiera en la masa de su sangre. Lo que no deja lugar a dudas es su voluntad de que los espectadores la vieran a ella por encima de los papeles interpretados. Para Bette Davis no contaba la psicología de sus personajes, siempre era ella misma, incluso en los momentos de mayor introspección de los papeles interpretados. Tal vez fuera esa la causa de que moldeara con tanto énfasis su prototipo de villana.

De una u otra manera, lo rigurosamente cierto es que el gesto reposado de la actriz que nos ocupa era tan dramático como sus ademanes más exaltados. «Davis inmóvil y silenciosa es tan conmovedora como Davis a pleno pulmón, en pleno rendimiento», escribe Sikov con indudable tino.

"Miss Davis murió poco después de visitarnos, cuando las camareras de los bares de copas del amado Madrid destacaban entre las mejores mujeres que ha dado la humanidad"

A España vino invitada por el Festival de San Sebastián en 1989. Nada más llegar, según recordaba Diego Galán, director del certamen en aquel tiempo, en sus memorias —Jack Lemmon nunca estuvo allí (Random House Mondadori, Barcelona, 2001)—, la ya vieja gloria del Hollywood clásico, doblemente oscarizada y toda la pesca, dedicó un desplante a la azafata porque la joven había ido a buscarla, al pie de la escalerilla del avión, con un ramo de flores, y la actriz —como corresponde a las villanas— las detestaba. Más aún, había advertido de su fobia a los responsables de la cita.

Nunca, jamás, ni por asomo, Bette Davis ha sido una de las actrices de mi parnaso cinéfilo. Sin embargo, tengo la sensación de que esa edad de oro de la villanía, la farsa, la ignominia y la ordinariez a la que asiste mi país, para mejora de la vida de la gente —entiéndase—, le haría mucho más feliz que a la buena de Susan Sarandon. Miss Davis murió poco después de visitarnos, cuando las camareras de los bares de copas del amado Madrid destacaban entre las mejores mujeres que ha dado la humanidad. Yo entonces aún bebía. Aunque le daba al ron, una de aquellas chicas fascinantes, que hicieron historia con su esplendor en los bares de copas mi ciudad, me invitó a un bourbon como el que, ya anciana, anunciaba Bette. Fue a la salud de aquella joven y a la memoria de aquella actriz.

Salvo error u omisión, no hubo reencuentro alguno entre Bette Davis y hija, la pastora de almas, la ministra de su propia fe. Los del buen rollito que digan lo que quieran. Lo irrefutable es que hacer daño a los demás es una forma de conocerlos mejor.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios