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Hombres que vuelan

James Salter (Nueva York, 1925-2015) fue piloto de guerra y participó en la guerra de Estados Unidos contra Corea. Inició su prestigiosa andadura literaria en 1957, actividad que vino a sustituir su carrera militar y lo llevó a recibir numerosos premios. Su segunda novela, que apareció en 1961, fue la titulada The Arm of Flesh —que podría traducirse como «El brazo de la carne»—, y corresponde a una cita bíblica en que se refiere al mero poder humano de Asiria, insuficiente contra Israel, por contar con el favor divino. Esta es la novela, de la que confesó no sentirse satisfecho, y revisó al final de su vida para publicarla en 2000 bajo el título de Cassada.

La acción se sitúa en los años 50 en Alemania, una década posterior al final de la II Guerra Mundial. En una base aérea estadounidense, los nuevos pilotos son instruidos en aviones de combate, hacen prácticas de tiro, imaginan duelos con otras naves, recorren largas distancias en formación, compiten con otros escuadrones en horas de misión y pericias aéreas… se aburren, hablan, se retan entre sí, dejan pasar las horas en un tiempo de paz que para ellos se diría de una penosa espera. En tal ambiente, aparece un joven puertorriqueño de apellido Cassada, de carácter inquieto, al que le hubiera gustado participar en la lucha aérea de verdad, en vez de ejecutar simulacros. «Era como si regresaran de una misión real, pensó Cassada, una misión de combate. Se había perdido todo eso, aquel lustre que le daba al comandante, a los jefes de vuelo, a Isbell e incluso a algunos de los pilotos una mayor autenticidad. Regresar y aterrizar suavemente, triunfales». Sin embargo, ha de contentarse con realizar ejercicios, mejorar una puntería inicialmente mediocre y superar un recibimiento algo hostil por parte de un superior, a cuyo cargo ha sido destinado, para hacerse valer de alguna manera.

"El joven Robert Cassada ama los aviones, no tiene miedo a nada, quiere hacerse un nombre. Su capitán es el obstáculo para conseguirlo, el que le mina su alegría de vivir y su esperanza"

Hacia la mitad de la novela, una conversación del instructor Wickenden con Cassada nos revela la personalidad del aprendiz y el peligro que se cierne sobre él. «—Capitán, puedo pilotar el avión. —Ah, ¿en serio? —Sí, señor. —Quizás. Todos los cretinos dicen eso. —Yo no soy un cretino». Y poco después: «—Tenía un piloto en mi escuadrilla que me recuerda a ti. En Turner. Tú te pareces mucho a él. ¿Quieres saber por qué? […] No se le podía decir nada. Era demasiado listo. Lo sabía todo. —Yo no soy así, capitán. —Un día le dejé salir solo, por la zona nada más, y unas diez millas del aeródromo empezó a hacer acrobacias a baja altura. Sin autorización, claro. Patinó en la primera pirueta. Se fue de cabeza. / Cassada le devolvió la mirada, casi con una especie de lástima. / —Podríamos haber metido lo que quedó de él en una caja de cerillas —dijo Wickenden […] – Yo no soy así. —¿Crees que no? —No, señor, y voy a seguir vivo después de usted. Wickenden endureció el gesto. —Ni por asomo, dijo sombríamente».

El joven Robert Cassada ama los aviones, no tiene miedo a nada, quiere hacerse un nombre. Su capitán es el obstáculo para conseguirlo, el que le mina su alegría de vivir y su esperanza. Si bien, no se produce un enfrentamiento entre ellos ni asistimos a alguna clase de duelo o reconvención decisiva. La peripecia del protagonista se abre paso entrelazada con la de los otros novatos, un tanto indistinguibles, interesados en el aprendizaje, aunque no con la pasión del protagonista que se destaca por la temeridad y el deseo de mejorar su competencia para el pilotaje y mostrar su valía, ante sí mismo y ante los demás. En algún momento su pasión raya en violencia, como cuando rompe una bombilla de rabia por perder una apuesta de tiro con un compañero. Nada lo colma, salvo verse por encima del resto.

"En medio de este lenguaje funcional, terso, realista, brilla sobre todo el recurso a las comparaciones y descripciones del paisaje que James Salter maneja con maestría"

Salter combina narraciones de vuelos de entrenamiento, diálogos directos entre los pilotos, más rara vez una exposición de lo que ocurre y sienten; la novela avanza desde lo concreto. Algunas de las descripciones de las sesiones de vuelo, incluso mediante el empleo de un lenguaje técnico, son vívidas, contagian la tensión del peligro. «La torre informa de que el campo ha descendido por debajo de los mínimos… —Se le aconseja que se dirija a su aeródromo de alternativa. Llame en tramo de salida sobre la baliza a tres mil quinientos pies. —Negativo —lo interrumpió Dunning. —¡Tráigalos aquí! —La pista está cerrada, Blanco. —No habla con Blanco, habla con control móvil.  —Recibido, quédese a la espera –dijo el controlador.  —¡A la espera nada! Soy el comandante Dunning, en control móvil. Tráigalos aquí. ¡Tráigalos aquí! / Entonces se oyó terminar otra transmisión que había quedado bloqueada».

En medio de este lenguaje funcional, terso, realista, brilla sobre todo el recurso a las comparaciones y descripciones del paisaje que James Salter maneja con maestría. En particular, sus estampas de la tierra vista desde la altura y del cielo. «El sol siempre era fuerte a primera hora del día, desnudo y bajo, haciendo que los reflejos rielaran a través del vidrio del parabrisas. A veces los deslumbraba y les costaba ver el blanco, incluso el remolque, en un cielo de un tenue tono azulado, la luz pálida y sin contraste […]. Había una atmósfera densa, húmeda. Largas estelas surcaban el aire trazando las distintas sendas. Todo pausado, todo inmutable. Se iba marcando un ritmo, principalmente de pausas, pero regular, como los peones al clavar una estaca». «Lejos, al este, hacia Mannheim, el cielo estaba garabateado de trazos blancos, radiantes a la luz del ocaso. Las escaramuzas finales. Las observó mientras se desvanecían lentamente hasta desaparecer, bucles que acababan en caídas verticales. Una última pareja, con estelas frescas, se movía por el cielo distante […]. Lentos como un eclipse avanzaban a toda velocidad, finos como lápices, buscando.»

En la melancolía final se resuelve esa mezcolanza de tensión, técnica, pasión humana, belleza; la mirada consiguiente al pasado conduce a un dejar marchar los recuerdos, a un comprender que así es la vida y los destinos humanos de los que este puñado de jóvenes militares, y en particular Cassada, son un ejemplo. «Todo pasaba ante sus ojos, por primera y última vez. Y lo devoraba todo, aunque apenas distinguía nada […]. Todo parecía una larga lucha en la que no acertaba a decidir si había ganado o había perdido […]. Pero todo se iba alejando, quedaba atrás. No tenía sentido intentar rescatar nada. Al cabo de un tiempo empezabas a entenderlo. Al final, te subías a un tren y seguías el curso del río».

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Autor: James Salter. Título: Cassada. Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.

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