Publicada en 1938, el mismo año en el que su autora ganó el Premio Nobel de Literatura, esta novela explora con una prosa intensa y delicada el conflicto entre vocación y matrimonio, deseo y deber, independencia y amor.
En Zenda reproducimos el arranque de Un corazón orgulloso (Trotalibros), de Pearl S. Buck.
***
«Susan Gaylord se casa». Susan oyó estas palabras con tanta claridad como si alguien las hubiera dicho en voz alta, como si todo estuviera pronunciándolas: los árboles, el pájaro posado en el olmo que se alzaba no muy lejos de donde se encontraban ella y Mark, en el bosque del vagabundo. Un grillo pequeño de primavera que anunciaba la llegada de esta estación las repetía con su chirrido estridente. Y la voz de Mark, clara y profunda, se lo estaba pidiendo humildemente:
Susan ya sabía que aquellos eran el día y la hora que Mark había planeado. No había nada sorprendente en aquel hombre que conocía desde que, cuando era un muchacho alto y tímido, un buen día apareció arrastrando los pies, procedente de una granja cercana, para asistir a las clases de quinto curso. Se habían hecho compañía durante todo el colegio; ella siempre alegre, él siempre alto y tímido, observándola entre la gente. Ya el primer día Susan se dio cuenta de que la miraba con interés.
—Quiero casarme —contestó Susan echando la cabeza hacia atrás— y quiero casarme contigo.
Mark temblaba. Susan sentía sobre los hombros las manos grandes y trémulas. Decidido. Se casaba. Había llegado a la conclusión de que, de entre todas las cosas que quería hacer, la primera era casarse.
Mark la abrazó. Susan sintió la presión poco familiar del cuerpo de Mark, duro y musculoso, contra el suyo. No era menuda, ni siquiera tan delgada como la mayoría de las muchachas. Pero ante el contacto del cuerpo de Mark, se sintió empequeñecida y le gustó aquella sensación extraña, sin que ello la alterara demasiado, aunque Mark había empezado a besarla con pasión.
—He querido hacer esto desde aquel primer día de quinto curso —dijo Mark.
—¡Pero si ni siquiera intentaste besarme cuando jugábamos a esas cosas! —exclamó Susan entre risas.
—No me gustan esos juegos —se limitó a contestar Mark—. Quiero que los besos sean de verdad —añadió sin dejar de abrazarla.
—Ya lo sé —murmuró Susan.
Guardaron silencio largo rato. Susan se recostó en él, completamente tranquila. Le había costado averiguar qué era lo que quería. Tiempo atrás, el viejo profesor Kincaid le dijo en clase de lengua inglesa: «Podrías dedicarte a escribir si quisieras, Susan». Pero por entonces, su padre la llevó al teatro en Nueva York y deseó ser actriz. Durante años, se había imaginado actuando en un escenario, interpretando un personaje que no era ella. Podría ser quien quisiera. Pero ahí estaban sus manos: le gustaba fabricar cosas con las manos. Le gustaba sentir el contacto de materiales con los que trabajar: cosas más tangibles que la música, aunque su padre le había enseñado música. Estaba inquieta, sin saber qué quería hacer con las manos, pues le gustaba todo. Lo quería todo. Y entonces decidió casarse y tener muchos hijos.
Susan hizo una pausa en sus pensamientos y recordó la sensación que había tenido en las manos la semana anterior cuando modelaba la cabeza de su hermana. Mary. Sentía que trabajaban con habilidad y rapidez y, llena de alegría, exclamó:
—¡Aquí estás, Mary! ¡Mírate!
Mary se acercó, miró y Susan aguardó. Y mientras esperaba a que Mary dijera algo, que contestara sorprendida: «¡Es mi vivo retrato, Susan! ¡Qué maravilla!», Mary extendió las manos y aplastó la ardilla húmeda hasta transformarla en una masa informe.
—¡Me has hecho horrorosa! —exclamó Mary—. ¡Eres odiosa! —Y, tras echarse a llorar, se alejó corriendo.
Susan, demasiado aturdida como para decir nada, amasó la arcilla hasta deshacer la figura por completo. Pero la sensación que le transmitían sus manos le decía que había dado forma a Mary, le gustara o no a esta. Las palmas de las manos le ardían al recordarlo, y abrió y cerró los dedos.
—¡Mark! —exclamó. Se echó un poco hacia atrás para mirarlo a la cara—. Cuando estemos casados, ¿te importará que me dedique en serio a la escultura? Por supuesto no dejaré que interfiera en nuestro matrimonio.
—Quiero que hagas siempre lo que quieras —contestó él. La miró con expresión de timidez en sus ojos claros—. No estoy a tu altura, Sue —añadió—. Eso ya lo sé. Mi familia no es gran cosa y yo tampoco. Y tú eres la chica más lista de la ciudad.
—¡Tonterías! —exclamó la joven alegremente—. ¿Quién soy yo sino la hija de un pobre profesor?
Susan deseó, de repente, empezarlo todo. Lo besó de nuevo muy deprisa, se echó a reír y lo cogió de la mano.
—¡Corramos! —exclamó, y los dos jóvenes corrieron por el bosque de regreso a casa
«Voy a casarme», pensaba la muchacha al compás extasiado de unos pies que volaban. «¡Voy a casarme!».
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Autora: Pearl S. Buck. Título: Un corazón orgulloso. Traducción: Carmen Francí. Editorial: Trotalibros. Venta: Todos tus libros.


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