El protagonista de esta novela es uno de los personajes más memorables de la literatura norteamericana: Ignatius Reilly. Mezcla de Oliver Hardy delirante, don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, este personaje ha enamorado —y horrorizado— a miles de lectores desde su nacimiento a mediados de los 60.
En Zenda ofrecemos las primeas páginas de La conjura de los necios (Anagrama), de John Kennedy Toole.
***
UNO
Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas, de pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, emergían protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en las comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj de los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro solo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.
Cambiando el peso del cuerpo de una cadera a otra a su modo pesado y elefantíaco, Ignatius desplazó oleadas de carne que se ondularon bajo el tweed y la franela, olas que rompieron contra botones y costuras. Una vez redistribuido el peso de este modo, consideró el gran rato que llevaba esperando a su madre. Consideró en especial el desasosiego que estaba empezando a sentir. Parecía que todo su ser estuviera a punto de estallar desde las hinchadas botas de ante y, como para verificarlo, Ignatius desvió sus ojos singulares hacia los pies. Los pies parecían inflados, desde luego. Estaba decidido a ofrecer la visión de aquellas botas desbordadas a su madre como prueba de la desconsideración con que le trataba. Al alzar la vista, vio que el sol empezaba a descender sobre el Mississippi al fondo de la calle Canal. El reloj de Holmes marcaba casi las cinco. Ignatius estaba puliendo ya unas cuantas acusaciones cuidadosamente estructuradas, destinadas a inducir a su madre al arrepentimiento o, por lo menos, a la confusión. Tenía que mantenerla en su sitio.
Su madre le había llevado al centro en el viejo Plymourh, y mientras ella iba a ver al médico por su artritis, Ignatius había comprado en Werlein’s unas partituras musicales para su trompeta y una cuerda nueva para el laúd. Luego, había entrado en la sala de juegos de la calle Royal para ver si habían instalado alguna otra máquina. Le decepcionó que hubiera desaparecido la máquina de béisbol. Quizá la estuvieran reparando. La última vez que jugó con ella, el bateador no funcionaba y, tras cierta discusión, el encargado le había devuelto el dinero, pero los clientes fueron tan ruines como para comentar que la había roto el propio Ignatius a patadas.
Concentrándose en el destino de la máquina de béisbol en miniatura, Ignatius apartaba su ser de la realidad material de la calle Canal y de la gente que le rodeaba, de modo que no advirtió los dos ojos que le observaban ávidamente desde detrás de una de las columnas de D. H. Holmes, dos ojos tristes en los que brillaban la esperanza y la ansiedad.
¿Sería posible reparar aquella máquina en Nueva Orleans? Probablemente sí. Sin embargo, quizá la hubieran enviado a un lugar como Milwaukee o Chicago o alguna otra ciudad cuyo nombre asociaba Ignatius con eficientes talleres de reparación y fábricas siempre humeantes. Ignatius esperaba que tratasen con el cuidado debido aquel juego de béisbol en el transporte, de modo que ninguno de sus pequeños jugadores se desportillase o se lisiase por la brutalidad de unos empleados ferroviarios decididos a hundir para siempre el ferrocarril con las reclamaciones por daños de los expedidores, ferroviarios que posteriormente se declararían en huelga y destruirían la estación central de Illinois.
Mientras Ignatius consideraba el placer que aquel pequeño juego de béisbol proporcionaba a la humanidad, los dos ojos tristes y ávidos avanzaron hacia él entre la multitud como torpedos dirigidos a un petrolero grande y lanudo. El policía dio un tirón a la bolsa de papel de partituras de Ignatius.
—¿Tiene usted algún documento de identificación, señor? —preguntó el policía en un tono de voz que indicaba que tenía la esperanza de que Ignatius fuese oficialmente inidentificable.
—¿Qué? —Ignatius bajó la vista hacia la enseña de la gorra azul. —¿Quién es usted?
—Enséñeme su carnet de conducir.
—Yo no conduzco. ¿Sería usted tan amable de largarse? Estoy esperando a mi madre.
—¿Qué es lo que cuelga de esa bolsa?
—¿Qué cree usted que va a ser, imbécil? Una cuerda para mi laúd.
—¿Qué es eso? —El policía retrocedió un poco—. ¿Es usted de la ciudad?
—¿Acaso la tarea del departamento de policía es acosarme a mí cuando esta ciudad es la desvergonzada capital del vicio del mundo civilizado? —atronó Ignatius, por encima del gentío que había frente a los grandes almacenes—. Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas, exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, los que tiran la basura a la calle y las lesbianas, gentes todas que viven en la impunidad mediante sobornos. Si tiene usted un momento, estoy dispuesto a debatir con usted el problema de la delincuencia; pero no cometa el error de fastidiarme a mí.
El policía agarró a Ignatius por el brazo pero fue agredido en la gorra con las partituras musicales. La cuerda colgante del laúd le dio en la oreja.
—Eh —protestó el policía.
—¡Tome eso! —gritó Ignatius, percibiendo que estaba empezando a formarse un círculo de compradores curiosos.
Dentro de D. H. Holmes, la señora Reilly estaba en el departamento de bollería, el pecho maternal apoyado en una vitrina que contenía almendrados. Uno de sus dedos, gastado de frotar tantos años los gigantescos y amarillentos calzoncillos de su hijo, tamborileó en la vitrina para llamar la atención de la vendedora.
—Eh, señorita Inez —dijo la señora Reilly con ese acento que al sur de Nueva Jersey solo existe en Nueva Orleans, esa Hoboken del golfo de México—. Venga, venga aquí, cariño.
—Vaya, ¿cómo le va? —preguntó la señorita Inez—. ¿Qué tal, querida?
—No demasiado bien —dijo, sincera, la señora Reilly.
—Qué lata, ¿verdad? —La señorita Inez se apoyó en la vitrina y se olvidó de las pastas—. Tampoco yo me siento nada bien. Estos pies…
—Señor, Señor, ojalá tuviera yo tanta suerte. Lo mío es arturitis en el codo.
—¡Oh, no! —dijo la señorita Inez con verdadera simpatía—. Mi pobre papá también la tiene. Le hacemos meterse en una bañera llena de agua hirviendo.
—Mi hijo se pasa todo el día flotando en la nuestra. Yo apenas puedo entrar en el cuarto de baño.
—Creí que estaba casado, guapa.
—¿Ignatius? Sí, sí, ojalá —dijo con tristeza la señora Reilly—. ¿Quiere darme dos docenas de esas variadas, cielo?
—Pues yo creía que me había dicho usted que se había casado —dijo la señorita Inez, mientras iba metiendo las pastas en una caja.
—Ni perspectiva tiene siquiera de casarse. La novia aquella que tenía se largó.
—Bueno, aún está a tiempo.
—Sí, sí, claro —dijo con indiferencia la señora Reilly—. ¿Quiere ponerme también media docena de bizcochos borrachos? Ignatius se pone insoportable cuando se acaban las pastas.
—Así que a su chico le gustan las pastas, ¿eh?
—Ay, Señor, este codo me está matando —contestó la señora Reilly. En el centro del grupo que se había formado delante de los grandes almacenes, se balanceaba, violenta, la gorra de cazador, un verde destello en el círculo de gente.
—Hablaré con el alcalde —gritaba Ignatius.
—Deje en paz al muchacho —dijo una voz entre la multitud.
—Vaya a detener a esas chicas que se desnudan de la calle Bourbon —añadió un viejo—. Él es un buen chico. Está esperando a su mamá.
—Gracias —dijo, desdeñoso, Ignatius—. Espero que todos ustedes den testimonio de este ultraje.
—Vamos, acompáñeme —le dijo el policía con menguante seguridad. A su alrededor había ya casi una multitud y no se veía ni un guardia de tráfico—. Vamos a la comisaría.
—Así que un buen muchacho no puede ya ni esperar a su mamá a la puerta de un comercio. —Era de nuevo el viejo—. Convénzanse, la ciudad nunca fue así. Esto es el cumunismo.
—¿Está llamándome usted cumunista? —le preguntó el policía al viejo, mientras procuraba evitar los latigazos de la cuerda del laúd—. Le llevaré también a usted. Así mirará más a quién anda llamando cumunista.
—A mí no puede usted detenerme —gritó el viejo—. Pertenezco al Club Edad Dorada, patrocinado por el Departamento Recreativo de Nueva Orleans.
—Deje en paz a ese anciano, policía de mierda —chilló una mujer.— Probablemente ya es abuelo y tiene nietos.
—Lo soy —dijo el viejo—. Tengo seis nietos, estudian todos con las hermanas. Y son muy listos, además.
Sobre las cabezas del gentío, Ignatius vio a su madre, que salía despacito del vestíbulo de los almacenes cargando con los artículos de repostería como si fuesen cajas de cemento.
—¡Madre! —gritó—. Llegas en el momento justo. Me han detenido. Abriéndose paso entre la gente, la señora Reilly dijo:
—¡Ignatius! ¿Pero qué pasa? ¿Qué has hecho ahora? Eh, oiga, quítele las manos de encima a mi hijo.
—No le estoy tocando, señora —dijo el policía—. ¿Este de aquí es su hijo?
La señora Reilly arrebató a Ignatius la zumbante cuerda de laúd.
—Pues claro que soy su hijo —dijo Ignatius—. ¿Es que no ve usted el afecto que siente por mí?
[…]
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Autor: John Kennedy Toole. Título: La conjura de los necios. Traducción: José Manuel Álvarez y Ángela Pérez. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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