Un joven marinero con toda la vida por delante es traicionado por su mejor amigo, quien quiere conquistar a su prometida. Tras trece años encerrado en prisión, el protagonista de esta historia se obsesionará por la venganza perfecta.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de El conde de Montecristo (Navona), de Alexandre Dumas, en traducción de José Ramón Monreal.
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1
MARSELLA, LA LLEGADA
El 28 de febrero de 1815, el vigía de Notre-Dame-de-la-Garde señaló la presencia del velero de tres palos el Pharaon, procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles.
Y como de costumbre, la explanada del fuerte Saint-Jean se había llenado de curiosos; porque en Marsella la llegada de un navío supone siempre un gran acontecimiento, sobre todo cuando el navío ha sido construido, aparejado y estibado, como el Pharaon, en los astilleros de la antigua Focea, y pertenece a un naviero de la ciudad.
Entretanto, el velero avanzaba; había superado felizmente el estrecho que alguna sacudida volcánica abriera entre las islas de Calseraigne y de Jarre; había doblado Pomègues, y seguía avanzando bajo sus tres gavias, el gran foque y la vela cangreja, pero tan lentamente y con un aspecto tan triste que los curiosos, con la instintiva premonición de la desgracia, se preguntaban qué accidente podía haber ocurrido a bordo. No obstante, los expertos en navegación reconocían que, si se había producido un accidente, este no podía referirse al buque en sí, puesto que avanzaba en las condiciones de un barco perfectamente gobernado: su ancla estaba fondeada, los obenques del bauprés desenganchados; y cerca del piloto, que se aprestaba a dirigir el Pharaon por la estrecha bocana del puerto de Marsella, había un hombre joven de rápido ademán y de enérgica mirada que vigilaba cada movimiento del navío y repetía cada orden del piloto.
La vaga inquietud que planeaba sobre la multitud había afectado particularmente a uno de los espectadores de la explanada de Saint-Jean, que fue incapaz de aguardar a la entrada en el puerto del velero; saltó dentro de una barquichuela y ordenó remar al encuentro del Pharaon, alcanzándolo enfrente de la ensenada de la Réserve.
Al ver acercarse a aquel hombre, el joven marinero abandonó su puesto junto al piloto y fue a apoyarse en la amurada del buque, sombrero en mano.
Era un joven de dieciocho a veinte años, alto, esbelto, con unos bonitos ojos negros y unos cabellos de ébano; toda su persona tenía ese aire de tranquilidad y de determinación propia de los hombres acostumbrados desde la infancia a luchar contra el peligro.
—¡Ah, sois vos, Dantès! —exclamó el hombre de la barca—. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ese aire de tristeza general a bordo?
—¡Una gran desgracia, señor Morrel! —respondió el joven—. Una gran desgracia, sobre todo para mí: a la altura de Civitavecchia hemos perdido al valiente capitán Leclère.
—¿Y el cargamento? —preguntó bruscamente el naviero.
—Ha llegado a buen puerto, señor Morrel, y creo que a este respecto estará contento; pero ese pobre capitán Leclère…
—¿Qué le ha pasado? —preguntó el naviero con una expresión de evidente alivio—. ¿Qué le ha pasado a ese bravo capitán?
—Ha muerto.
—¿Se ha caído al mar?
—No, señor; murió de una fiebre cerebral, en medio de horribles sufrimientos.
Luego, vuelto hacia sus hombres, dijo:
—¡Eh! ¡Todos a vuestros puestos para el amarre!
La tripulación obedeció. En ese mismo instante, los ocho o diez marineros que la componían se lanzaron unos a las escotas, otros a las brazas, estos a las drizas, los otros a los foques y, por último, otros a los brioles de las velas.
El joven marinero echó una mirada distraída al inicio de la maniobra, y, al ver que sus órdenes iban a cumplirse, se volvió hacia su interlocutor.
—¿Y cómo ha podido ocurrir esta desgracia? —continuó el naviero retomando la conversación en el punto en que la había dejado el joven marinero.
—Dios mío, del modo más imprevisto, señor. Tras una larga conversación con el comandante del puerto, el capitán Leclère dejó Nápoles muy agitado. Al cabo de veinticuatro horas, le subió la fiebre; tres días después estaba muerto.
»Le hicimos los funerales de rigor, y ahora descansa, decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala de cañón de treinta y seis libras a los pies y otra a la cabeza, a la altura de la isla del Giglio. Traemos a su viuda su Legión de Honor y su espada. De poco le ha servido —prosiguió el jo ven con una sonrisa melancólica— guerrear diez años contra los ingleses para acabar muriendo como todo el mundo en su cama.
—¡Diantre! ¿Y qué queréis, señor Edmond? —replicó el naviero, que parecía cada vez más aliviado—, todos somos mortales, y es menester que los viejos dejen paso a los jóvenes, pues de lo contrario no habría progreso; y puesto que me aseguráis que el cargamento…
—Está en buenas condiciones, señor Morrel; respondo por él. Creo que por este viaje podéis contar con un beneficio de veinticinco mil francos.
[…]
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Autor: Alexandre Dumas. Título: El conde de Montecristo. Traducción: José Ramón Monreal. Editorial: Navona. Venta: Todos tus libros.


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