—Miguel, está claro que tú, cuando coges la moto y te vas a hacer una ruta, vas en busca de otra guerra.
Aquella me acompañó durante días.
La recordé mientras preparaba la BMW para marcharme a Portugal. Revisando la presión de los neumáticos, comprobando el aceite, colocando el equipaje en las maletas, doblando la ropa técnica, guardando el chaleco airbag, el casco, los guantes… Todos esos pequeños rituales que forman parte de un viaje mucho antes de arrancar el motor.
No encontraba la respuesta.
Al contrario.
Pensaba que María José se equivocaba.
Nadie que haya pasado media vida entrando en guerras puede buscar una guerra sobre una motocicleta.
Sin embargo, unos días después empecé a comprender que quizá ella no hablaba de la guerra.
Hablaba de otra cosa.
Habíamos salido de Madrid catorce amigos para recorrer Portugal en la edición de Les a Les. Una ruta que este año comenzaba en Faro y terminaba en Vizela, cruzando prácticamente todo el país. Entre la ida, las tres etapas y la vuelta a casa completaríamos cerca de tres mil kilómetros, más de mil de ellos enlazando curvas.
Catorce motos.
Catorce amigos.
Catorce personas con la misma ilusión.
Y todavía no habíamos llegado a Faro cuando el viaje nos recordó que ninguna aventura está escrita de antemano.
Circulábamos manteniendo una distancia prudencial cuando apareció un cruce. Durante apenas unos segundos surgió la duda. El primero decidió girar a la derecha. Yo hice lo mismo. Fernando giró detrás de mí y redujo ligeramente la velocidad esperando que termináramos de incorporarnos.
Luis Carlos venía detrás.
Todo sucedió tan deprisa que el cerebro tarda más en recordarlo que el tiempo que realmente ocurrió.
Intentó esquivar la moto desviándose ligeramente hacia la izquierda, pero ya no tuvo espacio para frenar. Golpeó la maleta de Fernando, que saltó hecha añicos, y su BMW comenzó a dar vueltas de campana sobre el asfalto mientras él salía despedido varios metros.
Hay imágenes que nunca dejan de impresionarte.
Da igual que lleves treinta y cinco años viendo guerras.
Da igual que hayas visto caer edificios, vehículos militares alcanzados por la artillería o compañeros corriendo bajo un bombardeo.
Cuando ves a un amigo salir despedido de una moto, el estómago se encoge exactamente igual.
Corrimos hacia él.
No recuerdo quién llegó primero.
Tampoco importa.
Lo único importante era comprobar que respiraba.
Que podía mover las piernas.
Que seguía consciente.

Luis Carlos saliendo del hospital.
El reloj marcaba aproximadamente las cinco de la tarde. Una hora después deberíamos haber estado entrando en Faro. En lugar de eso, nos encontramos sentados en la sala de espera de un hospital portugués.
Las horas allí transcurren de otra manera.
Radiografías.
Análisis.
Escáner.
Más espera.
Nadie habló de reservas.
Nadie preguntó cuánto retraso acumulábamos.
Nadie propuso continuar viaje.
El viaje había dejado de existir.
Sólo existía Luis Carlos.
Cuando finalmente los médicos terminaron todas las pruebas respiramos todos al mismo tiempo. No tenía ninguna fractura. Su cuerpo era un mapa de golpes y hematomas, pero estaba entero. La moto, en cambio, había quedado completamente destrozada. El seguro gestionó la grúa mientras nosotros conseguíamos un taxi para que pudiera regresar.
Cuando vimos alejarse aquel taxi eran ya cerca de las once de la noche.
Todavía nos quedaban casi dos horas hasta Faro.
Llegamos de madrugada.
Dormimos poco.
Pero ninguno de nosotros habría actuado de otra manera.
Mientras conducíamos los últimos kilómetros pensé en la cantidad de veces que había vivido exactamente la misma escena, aunque en un escenario completamente distinto.
En Bosnia.
En Afganistán.
En Irak.
En Ucrania.
En una guerra nadie abandona a un compañero.
Da igual que lleve uniforme o una cámara de televisión al hombro.
Cuando uno cae, el resto deja de pensar en el objetivo.
Empieza a pensar en la persona.
Aquella noche comprendí una frase que nunca había formulado con palabras, pero que llevaba años viviendo.
Las rutas terminan donde termina el último compañero. Nunca donde llega el primero.
A la mañana siguiente cruzamos hasta la isla de Culatra.
El Atlántico amanecía tranquilo. Las pequeñas embarcaciones descansaban sobre la arena. El aire olía a sal y a madera húmeda. Caminábamos despacio, casi en silencio, como si todos necesitáramos dejar atrás la tensión del día anterior.
Nadie imaginaba que aquella calma era únicamente el prólogo de tres jornadas en las que la concentración iba a convertirse en nuestra mejor compañera de viaje.
El despertador sonó a las cuatro y media de la madrugada.
Hay algo casi militar en la preparación de una ruta como Les a Les.
No hacen falta órdenes.
Cada uno sabe exactamente qué tiene que hacer.
El sonido de una cremallera.
Las botas golpeando suavemente el suelo.
Un casco apoyándose con cuidado sobre la cama.
El agua fría despejando el sueño.
Un café rápido.
Y después, el silencio.
Mi salida estaba prevista para las seis y once de la mañana.
Los mil ochocientos participantes no arrancan al mismo tiempo. Lo hacen de forma escalonada desde las seis. Salir pronto tiene una enorme ventaja: apenas encuentras motos delante. Quienes parten con números mucho más altos pasan buena parte del día adelantando o siendo adelantados continuamente, y eso añade una dificultad enorme a una jornada que ya exige mantener la cabeza trabajando al cien por cien.
Porque Les a Les no consiste únicamente en conducir.
Consiste en pensar.
Portugal, visto desde una motocicleta, es un país completamente distinto al que conoce cualquier turista. Las carreteras se enroscan sobre las montañas como si alguien hubiera dibujado un gigantesco laberinto de asfalto. Curva tras curva. Subidas. Bajadas. Cambios de rasante. Pueblos diminutos. Bosques. Valles. Y un calor que supera con facilidad los treinta y seis grados.
Bajo la chaqueta protectora sólo llevamos una camiseta completamente empapada. Encima de la chaqueta, el chaleco airbag sujeto mediante un cable a la motocicleta. Sobre él, el peto identificativo de la prueba. El casco apenas deja pasar el aire.
El cuerpo suda.
La cabeza no puede permitirse hacerlo.
Cada mañana recibimos un roadbook de unas veinte hojas que debemos unir cuidadosamente con cinta adhesiva hasta formar una larga tira de papel. La enrollamos como un pergamino y la introducimos en una pequeña caja situada sobre la moto.
Con la mano izquierda hacemos avanzar lentamente el papel.
La derecha no abandona nunca el acelerador.
En el roadbook no hay grandes explicaciones.
Sólo pequeños dibujos.
Una iglesia.
Un puente.
Un cementerio.
Una casa roja.
Una rotonda.
Una flecha.
Todo parece sencillo mientras lo observas parado.
Todo cambia cuando lo haces a cincuenta, sesenta o setenta kilómetros por hora enlazando curvas sin descanso.
Y fue precisamente allí, en una de aquellas interminables carreteras portuguesas, cuando comprendí por qué la frase de María José llevaba tantos días persiguiéndome.
Porque el parecido entre la guerra y una moto no está en el peligro.
Está en la concentración.
En la guerra nunca piensas en toda la ofensiva.
Piensas únicamente en el siguiente paso.
En la siguiente esquina.
En el siguiente edificio.
En el siguiente cruce.
En la siguiente explosión.
Sobre una moto sucede exactamente lo mismo.
Nunca tomas diez curvas.
Sólo tomas una.
Después otra.
Y después otra más.
Cada curva exige toda tu atención.
Cada una tiene personalidad propia.
Hay curvas nobles, abiertas, que parecen invitarte a entrar.
Y otras tramposas, que empiezan suaves y, cuando ya estás dentro, se cierran poco a poco obligándote a reducir una marcha, tumbar un poco más la moto y confiar en que has elegido la trazada correcta.
Es exactamente igual que avanzar junto a un grupo de soldados hacia una primera línea de combate.
No piensas en toda la guerra.
Piensas en el siguiente movimiento.
En el siguiente muro.
En el siguiente árbol.
En el siguiente paso entre trincheras.
Porque sabes que, si intentas abarcarlo todo, acabarás perdiendo la concentración sobre lo único importante.
El siguiente metro.
Y ahí comprendí definitivamente que María José tenía razón
Pero no exactamente de la manera en que ella lo había expresado.
No era la guerra lo que seguía buscando cuando me subía a una motocicleta.
Lo que seguía buscando era aquella manera de estar vivo que sólo aparece cuando toda tu mente se concentra en un único objetivo.
En una guerra no puedes permitirte pensar en lo que ocurrirá dentro de una hora. Si lo haces, estás perdido. Cuando avanzas con una patrulla hacia una primera línea, cuando viajas en el interior de un vehículo blindado o sentado sobre la parte trasera de un camión militar que lleva el relevo a otros soldados, la cabeza deja de funcionar como lo hace en la vida cotidiana.
Se vuelve extraordinariamente sencilla.
Todo se reduce a observar.
A escuchar.
A interpretar.
Miras una ventana rota.
Una puerta abierta.
Un coche abandonado.
Un movimiento entre unos árboles.
El vuelo de unos pájaros.
Un silencio demasiado largo.
Aprendes que cualquier detalle puede significar algo y que la diferencia entre regresar al hotel por la noche o no hacerlo puede depender de haber prestado atención a un pequeño gesto que para cualquiera habría pasado inadvertido.
La concentración deja de ser una virtud.
Se convierte en una necesidad.
Sobre la moto ocurre algo parecido.
No porque el riesgo sea comparable. Sería una frivolidad decirlo. En la guerra está la muerte. En la carretera está la vida. Pero el mecanismo mental que se pone en marcha es sorprendentemente parecido.
Vas leyendo el roadbook mientras tus ojos siguen buscando la salida de la siguiente curva. Escuchas por el intercomunicador a un compañero gastando una broma y, al mismo tiempo, adviertes que otra moto intenta adelantarte. Intuyes que la curva empieza a cerrarse más de lo previsto. Reduces de tercera a segunda. Tu cuerpo acompaña la inclinación de la motocicleta. El neumático busca adherencia. La vista no mira donde estás, sino donde quieres estar dos segundos después.
Y durante ese instante, el resto del mundo desaparece.
No piensas en el trabajo.
Ni en los problemas.
Ni siquiera en el destino.
Sólo existe esa curva.
Después aparece otra.
Y otra.
Y otra más.
Nunca intentas tomar veinte curvas al mismo tiempo.
Las tomas de una en una.
Eso mismo hacían los soldados con los que tantas veces compartí jornadas enteras.
Nunca pensaban en ganar la guerra aquella mañana.
Pensaban en llegar vivos al siguiente refugio.
En cruzar el siguiente camino.
En cambiar de posición antes de que un dron detectara su movimiento.
En aguantar unos minutos más dentro de una trinchera mientras la artillería seguía cayendo alrededor.
He visto muchas veces cómo un proyectil explotaba a escasos metros de donde nos encontrábamos.
El sonido llega antes que el pensamiento.
Instintivamente te pegas al suelo.
La tierra salta por encima de tu cabeza.
Escuchas cómo pequeños fragmentos golpean el parapeto de la trinchera.
Esperas.
No haces absolutamente nada más.
Esperas.
Porque sabes que moverte en ese momento puede ser mucho más peligroso que permanecer inmóvil.
Y cuando por fin todo parece calmarse, levantas lentamente la cabeza.
Lo primero que haces no es mirar el paisaje.
Miras a los que están contigo.
Compruebas que siguen allí.
Que nadie falta.
Que todos pueden volver a ponerse en pie.
Sólo entonces respiras.
Has salido de esa curva.
Porque eso era también un bombardeo.
Una curva de la que había que salir.
Y enseguida llegaría otra.
Creo que fue precisamente en Portugal donde entendí que mi memoria había unido esas dos experiencias durante años sin que yo fuera consciente de ello.
Cada vez que una curva se cerraba más de la cuenta recordaba, sin querer, aquellas entradas en primera línea donde nunca sabías qué ibas a encontrar al otro lado de un edificio.
Cada vez que un compañero avisaba por el intercomunicador de grava sobre el asfalto, recordaba la voz de un soldado diciendo que no levantáramos la cabeza porque un francotirador seguía activo.
Cada vez que alguien del grupo marcaba el ritmo delante de nosotros pensaba en aquellos sargentos veteranos que caminaban siempre los primeros porque conocían el terreno y transmitían una seguridad que ningún mapa podía ofrecer.
La experiencia tiene una forma muy curiosa de hablar.
Nunca levanta la voz.
No presume.
Simplemente hace que quienes vienen detrás se sientan más seguros.
Eso ocurre entre militares.
Y ocurre exactamente igual entre motoristas.
Los que llevan muchos años sobre una moto rara vez necesitan demostrar que saben.
Lo notas en cómo frenan.
En cómo colocan la motocicleta antes de entrar en una curva.
En el momento exacto en que aceleran.
En la distancia que dejan con el compañero.
No dan lecciones.
Las regalan sin hablar.
Quizá por eso las conversaciones que mantenemos por el intercomunicador son tan importantes.
Desde fuera podrían parecer una colección de tonterías.
Y probablemente lo sean.
Nos reímos unos de otros.
Comentamos cualquier detalle absurdo.
Nos gastamos bromas.
Discutimos sobre quién ha trazado mejor aquella curva.
Pero detrás de esas conversaciones hay algo mucho más importante.
Nos mantenemos despiertos.
Nos recordamos constantemente que seguimos juntos.
Que nadie se ha quedado atrás.
Que el grupo continúa entero.
Es exactamente el mismo humor que tantas veces escuché en las trincheras.
Siempre me llamó la atención que los soldados fueran capaces de reírse pocos minutos después de un bombardeo.
Con el tiempo comprendí que aquella risa no era una frivolidad.
Era una forma de resistencia.
Mientras uno conserva el sentido del humor, sigue conservando una parte de sí mismo que la guerra todavía no ha conseguido destruir.
En la moto sucede algo parecido.
Las bromas alivian el cansancio.
Y el cansancio llega.
Llega de verdad.
Después de ocho, nueve o diez horas sobre la motocicleta ya no notas sólo el calor.
Empiezas a sentir el peso del casco.
La rigidez de los hombros.
El cuello.
Las muñecas.
Las piernas.
Cada parada se convierte en un pequeño oasis.
Agua.
Fruta.
Un caldo portugués preparado con verduras, col y carne de cerdo que, contra toda lógica, termina siendo el mejor reconstituyente del día.
Después vuelves a subirte a la moto.
Y otra vez el casco.
Los guantes.
El roadbook.
Las curvas.
La concentración.
Porque todavía quedan muchos kilómetros.
Al final de cada etapa cruzábamos el arco de meta con esa sensación tan difícil de explicar que mezcla agotamiento y felicidad.
No hacía falta comentar demasiado.
Bastaba mirarnos.
Todos sabíamos exactamente lo que habíamos vivido.
No sólo porque habíamos recorrido cientos de kilómetros.
Sino porque durante doce horas habíamos confiado los unos en los otros.
Como aquella tarde en que esperamos a Luis Carlos.
Como tantas veces vi esperar a un compañero herido en una guerra.
Entonces comprendí definitivamente cuál era la respuesta que llevaba días buscando.
María José tenía razón.
Pero sólo en parte.
No busco la guerra cuando me subo a una motocicleta.
La guerra me enseñó demasiadas cosas terribles como para echarla de menos.
He visto demasiadas madres llorando.
Demasiados niños huyendo.
Demasiados soldados jóvenes convencidos de que serían inmortales.
Demasiadas ciudades convertidas en escombros.
Nadie puede sentir nostalgia de eso.
Lo que sí echo de menos, quizá sin haber sido plenamente consciente hasta ahora, es aquella intensidad con la que la guerra obligaba a vivir cada segundo.
Sobre una moto esa intensidad deja de ser tragedia para convertirse en libertad.
La concentración sigue siendo la misma.
El compañerismo sigue siendo el mismo.
La disciplina sigue siendo la misma.
Pero el objetivo cambia por completo.
Ya no se trata de sobrevivir.
Se trata de disfrutar.
Y eso cambia absolutamente todo.
Cuando regresé a casa volví a pensar en aquella conversación alrededor de un café.
Sonreí.
Ahora sí tenía una respuesta.
No, María José.
No busco la guerra.
Busco esa parte de mí que sólo aparece cuando toda mi atención se concentra en un único instante.
Cuando no existe ayer.
Ni mañana.
Sólo el siguiente metro de carretera.
La siguiente curva.
Porque la vida, igual que una gran ruta en moto o igual que los días más difíciles que pasé cubriendo guerras, nunca se recorre de golpe.
Se recorre exactamente igual que aquellas carreteras portuguesas.
Con respeto.
Con paciencia.
Con quienes caminan a tu lado.
Y siempre…
una curva detrás de otra.





Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: