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Farallones, de Marta Ferrere

Farallones, de Marta Ferrere

Una novela que explora las complejidades de las relaciones humanas, los secretos familiares y la conexión profunda entre los individuos y su entorno. Ambientada en una isla de belleza brutal y naturaleza indómita, la historia se desarrolla en un espacio donde el mar, la tierra y el cielo se entrelazan para crear un escenario cargado de simbolismo y emociones.

Farallones es una obra que combina la introspección psicológica con una narrativa poética y envolvente. A través de sus personajes y su entorno, la novela reflexiona sobre la naturaleza de las relaciones humanas, la memoria, el duelo y la capacidad de encontrar belleza en medio de la desolación.

Zenda adelanta un extracto de Farallones, un libro de Marta Ferrere publicado por Coleman Ediciones.

***

Leo no sabe qué hora es, pero debe de llevar más de un cuarto de hora en el portal de su piso sin atreverse a despegar la espalda del ladrillo. Quizás fue un golpe de mar, le aseguró a John cuando fue a recogerlo al hospital. O quizás es el tratamiento que te hace ver cosas raras, concluyó. Por fin ha reunido las fuerzas para caminar sin encogerse. Continúa rumiando las palabras de John al retirar el esparadrapo del brazo mientras cruza la carretera. Ha intentado evitar el moratón, pero la mancha violeta se ha extendido hasta la muñeca y el dolor no ha mejorado. Comienza a caminar inseguro. El arcén se estrecha al acercarse al acceso de la playa, el asfalto desprende el vapor y una franja de polvo bordea la tierra, como si estuviese atravesando una marisma. La isla es un hormiguero, discurre, y nosotros, las hormigas. Medita absurdamente sobre la temperatura que origina que el cielo se haya convertido en plomo. Otea el horizonte, pero no aprecia que nada se mueva sobre la pequeña playa que queda a la sombra del farallón que surge del mar como una punta de lanza. Se fija de nuevo en las paredes rojizas verticales y comprueba que las mallas de metal que sostienen el terreno han cedido, aunque las piedras todavía no las han agujereado. Ese islote aislado es como estar dentro y fuera, piensa. No es la isla. Es un sitio que no pertenece a nada. Un lugar perfecto para morir.

Por fin, algo varía en su campo de visión y distingue una figura oscura a contraluz que rompe el estatismo de la silueta de las rocas. Se frota los ojos y la sigue con la mirada mientras desciende por la escalerilla que da acceso a la arena y, al pisar las algas, comprueba que es una mujer metida en el agua hasta la cintura, moviéndose entre las olas. Pesca con un hilo invisible que lanza y después recoge entre su palma y el codo. Leo pestañea con fuerza ante la imagen insólita, pero la voz de la mujer le confirma que no es un producto de su imaginación y se acerca a ella sin apenas poner atención en dónde pisa.

Deme la mano, le escucha decir cuando está a punto de llegar a su altura. Ella aparta la melena gris con un golpe de cabeza y después se lleva un dedo a los labios y señala con el mentón hacia los restos que trae la marea, donde se apelotonan las gaviotas sin alzar el vuelo.

Puedo solo, no se preocupe, responde.

Los sonidos le llegan amortiguados, ambos están sumergidos en la bruma caliente, pero ella avanza hacia él sin dejar de sostener el sedal.

Yo me ahogué en este mar, explica la mujer dejando el aparejo en el hueco de una roca. Hágame caso y agárrese a mí, tenía más o menos su edad. Afortunadamente había alguien y se lanzó al mar. Nadó hasta alcanzarme y me arrastró a la orilla. Ahí, explica apuntando la barra de arena. Leo contempla impresionado cómo la fuerza del mar choca en esa zona de la costa y esparce las conchas trituradas cuando el agua se retira.

Sinceramente, pensé que ese era el final, pero resultó que no. No se apure, dice la mujer al ponerse de frente al sol, no tiene buen aspecto.

Leo no reconoce su cara. Ella habla con el acento isleño, con ese deje característico al terminar las frases, igual al de Viri, que parece que sorbe las palabras, pero cuando está a punto de preguntar su nombre, la gaviota lo distrae y se da la vuelta hacia la orilla.

Justo ahí, le repite al situarse a su lado, codo con codo, y señala el extremo de la playa sobre la que planean las aves. La mujer saca la lengua y la muerde. He cortado el sedal con los dientes, aclara encogiéndose de hombros. Me he olvidado la navaja. Fue hace muchos años, continúa. En realidad, no me acuerdo muy bien. Puede ser que me lo invente. No tengo ni idea si es un recuerdo o un sueño, aunque eso no importa. Sabe a lo que me refiero. ¿Se encuentra bien?

Solo estoy un poco mareado. ¿Cómo consigue pescar con tan poca luz?, le pregunta ignorando la mano que le ofrece y abriendo y cerrando la mandíbula, queriendo destaponar los oídos sin éxito.

¡Bah!, los peces no saben que está oscureciendo, solo siguen el rastro del cebo. ¿Nunca ha pescado?

El reflejo de los rayos del sol tamizados por las nubes lo deslumbran cuando trata de calcular su edad, pero los surcos de las comisuras de la boca, que intuye a contraluz, parecen no corresponderse con el movimiento ondulado del cuerpo, ágil y pausado.

De pequeños, mi hermana y yo solíamos pescar en las rocas de enfrente a nuestra casa. Aquella, la que tiene los naranjos, ¿sabe cuál es?, pregunta y después señala el acantilado. Tiene un pequeño pantalán de roca. En realidad, son dos viviendas gemelas separadas por un muro. Porque, ¿usted no es…? No, no es usted.

Leo espera a que la mujer confirme su identidad, pero ella ignora la pausa y cierra los ojos antes de inspirar profundamente.

No debería ir entre las rocas si está mareado, ya le digo que es peligroso. Sabrá, como cualquiera de aquí, que no hay que confiarse con las corrientes de la isla. En todo caso, las casas son iguales, ya me entiende, dice negando hacia el lugar que Leo ha señalado. A mí pescar me relaja. Es un ejercicio de paciencia. Solo hay que mantener el índice en el sedal para distinguir el tirón del pez al morder el anzuelo.

Dejamos de hacerlo, dice Leo mientras afirma y se sienta en la arena. No sé cuándo perdí yo la paciencia, pero en mis recuerdos de la infancia estoy en ese jardín destripando peces. Hasta que pasó…

Leo se calla, se aleja de ella y se queda de espaldas al lugar en el que el sol continúa acercándose al mar. No recuerda haber visto a esa mujer antes, confirma al tomar distancia, a pesar de que hay algo que le resulta familiar y le hace mantener la vista prendada en sus gestos. El rostro queda oscurecido por una penumbra acuática y, tras darse por vencido, los dos contemplan el punto del cielo parcheado de violeta y naranja y guardan un silencio cálido.

¿Qué pasó?

Mi hermana me dejó solo con los anzuelos. Demasiado silencio, decía. Ese es el problema de esta isla, ¿no cree? El silencio enloquece a cualquiera y quizás en eso tiene razón, dice metiéndose el índice en la oreja. A ella le gusta tocar el saxofón, a pesar de que a veces el sonido se parece más a los gritos de las gaviotas. Puede ser que por eso La Italiana… La Italiana es nuestra vecina. Supongo que ya se ha enterado… En fin, dice alzando la cabeza al ver que ella lo mira fijamente. El caso es que Quima no pesca. En algún momento leí el fragmento de una carta que escribió Darwin en la que aseguraba que la vida en el mar era tan tranquila que, para una persona que sabe cómo mantenerse ocupada, nada podía ser más placentero. Supongo que a mi hermana le cuesta mantenerse ocupada. En este punto, continúa mirando las algas que la marea arrastra, discrepo del científico y aunque no me atrevo a quitarle la razón, tampoco se la doy a mi hermana. A ella le gusta vivir en la inopia. El mar devuelve muchas cosas, no siempre buenas. Por ejemplo, yo he bajado a la playa porque he visto algo desde la terraza, ¿usted ha visto algo extraño? Ahora aquí, tan cerca, no soy capaz de distinguirlo. Sería una gaviota. No, no era una gaviota. Era otra cosa, quizás era usted. Darwin escribió unos tratados infumables, pero, ¿qué se puede esperar de alguien que dedicó su vida al estudio de los percebes y de los arrecifes de coral? Nada, salvo una teoría que describe la evolución del mundo, dirán algunos. Está bien, concede mientras entierra un pie y retira la mirada de la mujer. Vivir aquí es vivir en mitad del mar, como dice Quima. La soledad absoluta y eso es lo que se ha ganado mi hermana por estar fantaseando. ¿Y yo?, se preguntará. Yo estoy muy bien solo. Será que siempre he sido un cínico, un descreído.

Hoy en día es difícil creer en algo. ¿Quima es mayor que usted?

Es mi hermana melliza, aunque a veces se comporte como una adolescente y otras parezca una vieja amargada. Ella es así… protesta por todo, pero nunca decide cambiar nada. Y el tiempo es uno. A ver, ¿qué ventaja tiene vivir en un lugar rodeado de agua? La humedad te cruje los huesos. Placer. La vida se rige por eso, la serenidad nunca ha sido sinónimo de felicidad. Ni tampoco de sabiduría. Que yo sepa, Darwin está criando malvas como cualquiera. Soplapollas. Por ejemplo, ¿de qué sirve tanta explicación científica y tener una mente privilegiada o vivir en el paraíso cuando te han dicho que tienes un tumor?, pregunto. A ver, ¿de qué?

Probablemente de poco. No tenía ni idea de que Darwin hubiese muerto de cáncer, dice ella abriendo los brazos.

Es una forma de hablar… A lo mejor murió de viejo. Quima dice que nunca he sido muy paciente y quizá en eso también tiene razón, la verdad. Él sí lo fue, pero todos acabaremos igual, a eso me refiero. Seas como seas.

Para pescar hay que estar dispuesta a volver sin nada. No es para todo el mundo. A lo mejor tampoco era para su hermana.

Mi hermana tiene una paciencia infinita.

Quería decir que ha dicho que los dos iban a pescar, ¿ella ha vuelto a hacerlo?

No, Quima sigue prefiriendo tocar el saxo en el jardín, yo lo aborrezco. Cuando éramos pequeños la convencía de vez en cuando, pero después tuvo un hijo, se llama Mey; a él le da miedo el mar y no se aleja nunca de la orilla. Ahora se pasa los días vagando, Dios sabe por dónde. En todo caso, es suficientemente mayor como para que no estemos pendientes. Tampoco lo he intentado con él, pero supongo que podría pescar si no fuese tan raro.

La mujer se pone en pie, contempla el mar oscuro y se recoge el pelo larguísimo con un nudo, en un gesto que le recuerda mucho a alguien que no es capaz de evocar.

¿No le da cosa meterse en el agua casi a oscuras?, insiste Leo al comprobar que no se distingue el contorno de las barcas en el agua.

Ninguno. Me estaba hablando de su sobrino.

¿Mey? Ya le digo que hace mucho que consumí mi paciencia. Él odia el mar, odia a su madre, me odia a mí. Creo que, en realidad, no hay nada que le entusiasme. Al menos nada que tenga que ver con nosotros.

Deberían probar. Solemos odiar lo que nos da miedo o lo que no conocemos.

Tras unos pilotes de cemento abandonados, la arena da paso al promontorio de rocas de formas caprichosas que ha quedado separado de la costa. Su pared descarnada se alza puntiaguda sobre la que algunas gaviotas están posadas en los salientes y otras, sin llegar a tocar la roca, van y vuelven a tierra y cree distinguir una figura trepando la parte exterior, aunque parece deshacerse al contacto con la superficie.

Mala mar, aunque el agua parezca un plato, dice la mujer apuntando a las aves cuando él señala el pedrusco. Utilizan el farallón de guarida, la cara que da a la costa está más protegida. Va a haber tormenta. Insisto, no se confíe.

Leo recorre la vista por la línea que limita el agua y se pregunta quién podría auparse a la estructura sin despeñarse y después se frota los ojos desechando la imagen. Por un instante cree estar ciego. Se siente absolutamente ajeno a ese lugar, en la frontera del mar y la tierra. Solo y extraño sin saber por qué, entre los movimientos que vuelve a percibir enlentecidos (las olas, las nubes, el sol, la mujer). El olor ácido de las algas pudriéndose prevalece y el sonido del agua escurriéndose entre las rocas hace que la sensación sea de quietud total, como en una foto en la que nada puede moverse. Él permanece con la mirada sostenida y la mano sobre el abdomen que ha comenzado a quemarle, como aquel gran emperador.

Haría un gran favor a su sobrino, insiste la mujer a su lado.

Su padre es de un país del norte, ¿sabe? Yo soñé un tiempo con irme a su ciudad o a cualquier ciudad, supongo que eso fue lo que pasó. Quise saber qué había fuera de aquí y me largué. Y quizás no debería haber vuelto. Como su padre.

Pero está aquí.

No, el padre se marchó, fue un amor de verano. Quiero decir que Mey no lo ha conocido, pero porque Quima no le dijo nada, así que tampoco voy a ser injusto con él. Mi hermana tiene lo suyo, se ha quedado esperando estúpidamente a que vuelva, aunque lo niegue. Quima es de las que prefiere montarse castillos en la cabeza y fantasear sobre lo que no existe. Quejarse por lo que no puede ser, aunque en realidad no lo intente alcanzar. Ni siquiera se refiere a él por su nombre. No me extraña que Mey esté medio tocado. ¿Le parece normal que no sepa ni el nombre de su padre?

Quería decir que ahora usted está aquí.

¿Yo?, sí… por ahora estoy aquí… Perdone, no sé por qué le cuento todo esto, dice Leo sonriendo. Últimamente no ando muy fino, susurra. Sabe lo que ha pasado, ¿verdad? En fin, parece ser que yo aún estoy aquí, aunque no sé por cuánto tiempo, dice poniéndose de cuclillas y apretando con dos dedos el abdomen cuando una racha de viento hace que se desestabilice. Quima y yo seremos mellizos, pero en absoluto parecidos. Ya he tenido suficiente isla. Y parece ser que La Italiana, también. Vamos a vender la casa.

El viento cambia de dirección y deshace el recogido de la mujer que se queda con el pelo delante de la cara bajo la sombra. Una gaviota desciende hasta casi posarse en su cabeza y, cuando la roza, remonta el vuelo y desaparece en la oscuridad de la pared que ha quedado aislada en mitad del mar. Leo escruta el cielo con las dos manos en visera, distingue la figura negra del ave en la piedra y entonces se convence de que lo que vio desde la terraza no fue más que una ilusión óptica. Un truco más de la isla.

Esta es la última tormenta que paso en esta roca. Y no pienso regresar, pese a quien le pese, esta isla me da mal fario. Ya me perdonará, pero ahora mismo no caigo en quién es. Tengo una clínica de osteopatía en la salida de la carretera principal, la abrí hace un par de años al regresar. Creo que guardo una tarjeta por aquí, dice murmurando, mientras rebusca en los bolsillos. Esa mujer… ¿Ve esas luces al otro lado? Es la barca de rescate. A lo mejor ella también salió a pescar. Una vieja chiflada, su finca linda con la nuestra. Vecina desde hace años, aunque Quima dice que apenas se deja ver. Su perra la tiene desquiciada. Aúlla toda la noche. ¡Ya ve!, como si eso fuera un problema. Espero que esta historia no eche a los compradores atrás. No sé por qué le cuento todo esto, repite. Debe de ser la tranquilidad del final del día, que me cortocircuita los sesos.

Se yergue, pero al hacerlo, se encuentra extendiendo la tarjeta al vacío. La playa está desierta y la línea en el horizonte refulge como si se hubiese tragado al sol y a la mujer.

¡¿Oiga?!, dice Leo incorporándose. ¡Eh!, grita girando sobre sí mismo. ¡¡Eh!!, pero solo oye el rumor del mar contra las rocas. El viento arrecia y se agacha para moverse con las manos sobre la superficie húmeda. Es imposible, piensa al ver varias gaviotas planeando en círculos sobre el atolón con las alas extendidas, casi invisibles en la escasa claridad.

¡¡Ey!!, ¡¡Eeeeeeeeeeeh!!, repite alzando el mentón. ¿En dónde se ha metido? ¡No tiene gracia!

Tranquilo, se apacigua apretando la mandíbula al ascender la escalera. Abundan los perversos profesionales, aunque no tenga ningún tipo de sentido. También le han explicado que a veces el dolor hace que la percepción de la realidad se deforme. ¿Eso es lo que ha ocurrido? Está seguro de que Darwin tendría una explicación científica y más poética que le pondría nervioso. El muy cabrón… maldice palpando el móvil en el bolsillo sin atreverse a sacarlo por el temblor de la mano.

Recorre el camino contrario que ha hecho al salir de casa: la pequeña playa parece muy larga, la escalerilla demasiado empinada y el trozo de carretera que separa su piso de ese mar se le antoja intransitable. Escucha un claxon, pero no se detiene cuando las luces de los faros lo deslumbran. Extiende los brazos como si estuviese caminando sobre la cubierta de una embarcación azotada por un temporal y descansa contra la puerta de la vivienda cuando aliviado siente el contacto frío del marco de aluminio. Es absurdo, se dice. Es este silencio. Avanza envuelto por una sensación de inestabilidad que le hace aferrarse a los muebles del pasillo. La imaginación oceánica consiste en teorizar, piensa volviendo en sí. Eso lo dijo Darwin, se corrige. No él. Él es pragmático, a pesar de esas suspensiones de la realidad que le rondan de un tiempo a esta parte. ¿Entonces por qué ha bajado a la playa?, ¿para qué? Intenta recordar. Cuando se despertó, agotado por las horas en el hospital, vio flamear algo sobre la roca. Como si alguien estuviese pidiendo auxilio. Nadie puede acceder ahí, le dijo a John. Quizás fue un golpe de mar. Quizá es el tratamiento que te hace ver cosas raras, le ha insistido John. Nada en la tierra se acerca a la inmensidad y el misterio de los océanos, escribió Darwin. Pero él no es Darwin. Lo suyo son los cuerpos tangibles: Las contracturas, los calambres y no las divagaciones, pero… esa sensación que le invade y a la cual no quiere ponerle nombre… Una especie de agujero, como el de las mallas de metal que sostienen la piedra. O al revés, le ha explicado a John llevándole la mano negrísima al costado. Aquí, le dijo. Justo aquí. Algo que me está ocupando, que también ha palpitado cuando se ha acercado a la orilla y a su espalda las aves picoteaban los restos que trae la marea, los insectos revolotearon y los gusanos se escondieron entre la arena húmeda. Está por todas partes. Pase lo que pase, lo único que perdurará es la isla, sentenciará John después de que Leo lo llame y le cuente lo que le acaba de suceder. No le des más vueltas, le dirá. No era La Italiana ni nadie. Será todo eso que te están metiendo, tratará de apaciguarlo. Y este viento cargado de polvo te pone nervioso, Leo. Es la tormenta. De cualquier modo, ninguno vamos a ser eternos, le dirá John.

Ni ella, esté donde esté.

Ni tú ni yo, tampoco, le consolará abrazándolo.

Nadie lo es.

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Autora: Marta Ferrere. Título: Farallones. Editorial: Coleman. Venta: Todos tus libros.

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