A grandes rasgos, podríamos decir que el ocho de julio de 1984, hace hoy 42 años, Gyula Halász, el gran Brassaï para la Historia, tanto de la fotografía como de la literatura, alcanzó la inmortalidad por habernos despejado una duda: la surgida de la concepción, como una disyuntiva, de aquel adagio que reza que “una imagen vale más que mil palabras”. Aunque suele tenerse por toda una afirmación, puede resultar tan vacua como cualquier otra de las cien mil frases hechas. Y, desde luego, no tiene por qué ser necesariamente una dicotomía. Más bien debamos entenderla como una expresión que subraya que tanto las palabras como las imágenes tienen sus propias fortalezas, y que éstas se complementan.
El autor de los Trópicos y La crucifixión rosada —Sexus (1949), Plexus (1953), Nexus (1960)— y el de Las señoritas de Avignon (1907), por supuesto, fueron dos de los grandes amigos de Brassaï en el mítico París de entreguerras del pasado siglo. Nacido en Brașov, una ciudad de Transilvania que cuando el futuro fotógrafo y escritor vino al mundo (1899) pertenecía al imperio austrohúngaro, parece ser que el joven Gyula Halász estudió francés leyendo a Proust. De hecho, una de sus grandes publicaciones póstumas —Marcel Proust sous l’emprise de la photographie (Gallimard, 1997)— está dedicada al autor de En busca del tiempo perdido (1913-1927).
Llegado a la Ciudad de la Luz en 1923, el suyo fue el París de Miller, de Jacques Prevert, de Picasso, el de la bohemia de Montparnasse, en cuyo cementerio habrían de acabar sus restos en aquel verano que las imágenes y las palabras perdieron a uno de los mejores. Ya con el nombre artístico de Brassaï —una alusión a su solar natal—, llamó la atención por sus instantáneas del París nocturno y patibulario en París de noche (1932). Bien es cierto que en el libro dedicado a su amigo Henry, el cuadernillo central es un auténtico portafolios. Allí, amén de algunos de los mejores retratos de Lawrence Durrell y el propio Miller, que haya tenido oportunidad de ver mi menda, se incluye el mejor —con éste soy categórico— de Anaïs Nin. La musa del Miller de aquellos años, y de su esposa, la esperada y temida June, se nos muestra con una túnica con capucha. Sus maravillosas manos lucen en el primer término de la composición.
En efecto, antes que, como el agudo biógrafo de algunos de sus amigos de aquel París mítico, el gran Brassaï se hizo notar por primera vez con ese París de noche. Hablamos de un álbum fotográfico donde se nos muestran las sombras de la Ciudad de la Luz, las vistas de Montparnasse de noche se alternan con las del malevaje de la ciudad. Hay una mujer, jugadora de billar, en un bar del bulevar Reuchechouart, quien también mira a cámara, que bien podemos calificar como una de las mejores imágenes que se hayan tomado a una prostituta en toda la historia de la humanidad.
Recuerdo ahora, como el más humilde admirador del gran Brassaï que soy, la muestra que le dedicó el Reina Sofía en el verano de 1995. Fue entonces cuando, por primera vez, tuve oportunidad de admirar copias positivas de algunos de los mejores clichés del maestro. Hasta entonces sólo me habían sido dadas las reproducciones de sus obras que ilustraban las noticias que hablaban de él. Y, en aquella exposición, asistí a una extraña epifanía: el descubrimiento de la estética de la sordidez, un momento estelar de mi existencia. La “rosa de lo sórdido” —entendiendo por “rosa” la belleza— fui a llamarla entonces en una clara alusión a Las flores del mal (1857), esa cumbre de la poesía maldita debida a Charles Baudelaire, el príncipe de los condenados junto con Paul Verlaine.
A comienzos de los años 80, cuando empecé a interesarme por la fotografía de autor, de Brassaï —como de Weegee— me atrajo la fijación de su mirada con el drama de las criaturas de la noche. Casi 50 años después, los retratos de Brassaï de los miembros de la banda del gran Alberto me siguen pareciendo una de las mejores estampas de los hampones que haya podido captar un objetivo fotográfico. Pero celebré más otras sugerencias de aquella muestra. Verbigracia, las concomitancias que registra con las películas de Jean Vigo, el Jean Renoir de los años 30, el Marcel Carné primero… Es decir, mi queridísimo realismo poético.
Lo primero que se apunta en las noticias del gran Brassaï es la fascinación que ejerció sobre él el París nocturno y patibulario anterior a la guerra. Las instantáneas que tomó allí, en les bas-fonds, ya en los años 70, cuando los difuminados del bueno de David Hamilton se tenían por el no va más en fotografía artística, procuraron a Brassaï la gloria en el Olimpo fotográfico.
Puede decirse que nada más lógico que las analogías que guardan esas instantáneas, que integran Paris de noche con el realismo poético francés. Los personajes que interpreta Jean Gabin en aquellas películas, bien podían haber contado entre los malotes de la banda del gran Alberto. Hay en todas ellas ese tono documental de la fotografía alzada en busca de su propio lenguaje, frente a los que desde siempre han querido aproximarla al de la pintura con artificios como los difuminados y otros supuestos esteticismos.
Las fotos nocturnas del París de los años 30 que debemos a Brassaï, en su conjunto, son un capítulo fundamental en el imago mundi del amado siglo XX, un momento estelar de la humanidad. Ya entonces, el París de entreguerras magnetizó poderosamente a los artistas y literatos del planeta entero. De todos los retratos de los notables de aquella bohemia de la Ciudad de la Luz, con la que acabó inmisericorde la guerra, a la que los políticos llevaron al mundo, también cumple llamar la atención sobre el de Kiki de Montparnasse, novia que fuera de Man Ray. Musa de aquella bohemia, su alcoholismo y su toxicomanía habrían de llevarla al hoyo en el 51.
Entre la documentación de aquella muestra madrileña dedicada al gran Brassaï, en esas mil palabras en torno a sus imágenes menudeaban las extraídas de los propios textos del maestro. Y en ellas pude cerciorarme de cierta bonhomía de Picasso. Parece ser que, en los difíciles años de la ocupación, el español le confió a Brassaï la fotografía en exclusiva de algunas de sus obras para que pudiera ganar con ellas algún dinero y así poder sobrevivir. Eso le honra tanto como ese gesto que el malagueño tuvo con André Breton, al obsequiarle una de sus pinturas para que el comisario de la ortodoxia surrealista pudiera comer en aquellos tiempos difíciles.
Sí señor, ese París de los años 30, al que nos devuelven las imágenes del gran Brassaï, con sus artistas y sus retratos de hampones y prostitutas, es toda una referencia en el imago mundi del amadísimo siglo XX. Y la mirada de Brassaï al París de entonces constituye todo un momento estelar de la humanidad. Si a ella le sumamos las páginas que le inspiraron los protagonistas de aquellas noches, obtendremos la respuesta a una disyuntiva estéril: la de las fortalezas y valores entre la imagen y el millar de palabras.


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