Con el paso de las lecturas voy comprendiendo mejor aquella célebre reflexión atribuida a Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. Lejos de ser una declaración de derrota intelectual, la considero una invitación permanente a seguir aprendiendo. Es precisamente esta inquietud la que me lleva a descubrir autores y personajes capaces de ampliar mi visión del mundo y enriquecer mi conocimiento. Mi último y afortunado hallazgo es la biografía que Fernando Martínez Laínez y Marcos López Herrador dedican a Francisco de Quevedo y que han titulado Quevedo: Señor de letras y sombras, una obra que posee el mérito añadido de estar escrita a cuatro manos. Si redactar un libro ya exige talento, disciplina y capacidad de síntesis, hacerlo entre dos autores obliga además a armonizar estilos, compartir criterios y realizar continuas cesiones para construir una voz única. Los autores superan ese reto con notable solvencia.
Patriota, espía, escritor, diplomático, agitador intelectual y observador incómodo de una España que alternaba la grandeza con la decadencia, Quevedo fue una figura imposible de encerrar en una sola definición. Vivió siempre cerca de los poderosos sin llegar a formar parte plenamente de ellos. Frecuentó palacios, participó en intrigas políticas y conoció los mecanismos del poder desde una posición privilegiada, aunque también sufrió sus consecuencias cuando las alianzas cambiaban y los favores se evaporaban.
La biografía recorre con acierto las múltiples facetas de su existencia. Desde los años vallisoletanos, donde comenzó su famoso enfrentamiento literario con Góngora, hasta el éxito alcanzado gracias a obras como Sueños y El Buscón, que lo consagran como uno de los autores más brillantes y mordaces de su tiempo. Con apenas veintiséis años ya era una figura reconocida en el panorama literario español.
Pero Quevedo fue mucho más que un escritor. Los autores muestran cómo participó en tareas diplomáticas y de inteligencia al servicio de la Corona, acompañando al duque de Osuna en algunas de las intrigas más complejas de la época.
Su personalidad, tan brillante como difícil, le granjeó, como su lengua y su pluma numerosos enemigos. La caída del duque de Osuna provocó su destierro; más tarde rompió con el conde-duque de Olivares y buscó nuevos apoyos en la corte. Sus escritos contra Francia durante la guerra entre ambas potencias contribuyeron igualmente a complicar una vida marcada por los conflictos y las controversias.
El final de su vida fue tan intenso como el resto de su trayectoria. Su encarcelamiento en San Marcos de León deterioró gravemente su salud y, tras recuperar la libertad falleció poco tiempo después. Con él desapareció el hombre, pero permaneció una obra que lo acabaría convirtiéndolo en una de las figuras de la literatura universal.
Uno de los principales aciertos del libro es la capacidad de combinar rigor y amenidad. Martínez Laínez y López Herrador reconstruyen la vida de Quevedo con una sólida base documental, pero sin renunciar a una narración fluida y atractiva. Resulta especialmente valiosa la inclusión de poemas, cartas, memorandos y otros documentos que permiten escuchar la voz directa del escritor y comprender mejor sus pensamientos, inquietudes y contradicciones.
La obra se completa con unos anexos de gran utilidad: relación de libros principales, cronología literaria, árbol genealógico, cronología histórica del periodo, bibliografía e índices que evidencian el exhaustivo trabajo de investigación realizado por los autores.
Los autores se merecen mi más sincera felicitación, no solo por haber escrito una magnífica biografía de un personaje que no abunda precisamente en este tipo de estudios, sino también por el acierto de su título: Quevedo: Señor de letras y sombras. Porque el genio del conceptismo fue precisamente eso: un hombre de extraordinario talento literario y profundas contradicciones humanas, cuya grandeza resulta inseparable de sus defectos, de sus luces y de sus sombras.
Fernando Martínez Laínez y Marcos López Herrador han puesto en manos de los lectores una biografía rigurosa, entretenida y muy humana que permite comprender mejor no solo a Quevedo, sino también el apasionante mundo del Siglo de Oro en el que vivió y dejó una huella imborrable.
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Autores: Fernando Martínez Laínez y Marcos López Herrador. Título: Quevedo: Señor de letras y sombras. Editorial: Edaf. Venta: Todos tus libros.


Felicitaciones a los autores de la nueva biografía del genial Francisco de Quevedo, Inmortal de la Literatura Universal, Gloria de España y de Hispanoamérica y Poeta Predilecto de Costromo donde es popular la leyenda de ganarse Quevedo El Cielo, sin necesidad de pasar por El Purgatorio ni esperar El Juicio Final porque a Dios le gustó tanto uno de sus poemas satíricos, que ordenó que lo colocaran en las Puertas del Infierno, para que toda alma que allí entrara pudiera leerlo en su propia lengua, como antes hizo con la célebre expresión dantesca “Que pierda toda esperanza quien Aquí entre”. Este es el famoso poema de nuestro admirado Francisco de Quevedo, cuya obra es difundida en Costromo desde la escuela primaria:
“EL GRAN CABRÓN”
“Señor Belcebú, Satán, Lucifer
O cómo quiera os llaméis,
Vos sóis un Gran Cabrón,
Los atestiguan tantos pintados retratos,
Y esos cachos,
Gigante cornamenta
Que vuestra cabeza ornamenta,
No es regalo de Dios
Ni del Cielo,
Seguro casado estáis,
Quizás contáis cuñados,
Suegra y suegro.
A una mujer llamáis esposa,
A una mujer no santa,
Una mujer bella,
Vanidosa y casquivana,
Tan hermosa, tan apetitosa,
Que verla es querer montarla,
Por ella tenéis los cuernos.
Ya conocéis vuestro propio Infierno”
FRANCISCO DE QUEVEDO
Quevedo inspiró al patafísico Alfred Jarry en “Ubú Rey”, a su contemporáneo Miguel de Cervantes en el episodio de Sancho cagado de miedo por el ruido de los batanes, a James Joyce (porque El Infierno que en El Ulises visitaron Leopold Bloom y Stefan Dedalus en Dublín no es El Hades homérico ni el Infierno dantesco es El Infierno de las Zahurdas de Plutón de Quevedo) y a García Márquez al final de “El Coronel no tiene quien le escriba”.
Quevedo fue un escritor atrevido, quien escribió con absoluta libertad en la España del siglo XVII y hasta del Diablo se burló, muchas veces bajo anonimato o pseudónimo (como escribió El Buscón) porque no tenía sangre de mártir ni era pendejo y en esos tiempos vigilaban los poderosos censores del Estado y de las Iglesias (la Inquisición Papal tenía sus sucursales nacionales y los Protestantes también tenían sus órganos de censura).
Algunos de sus poemas aún escandalizan y conocen la censura del siglo 21 en algunos países atrasados del mundo como su tratado satírico “Gracias y desgracias del ojo del culo”.
Quién no ha leído a Homero, a Virgilio, a Dante, a Cervantes ni a Quevedo, no puede decir que conoce lo mejor de la Literatura Universal. Así de simple.
En Costromo buscaremos la forma de superar nuestro aislamiento y el desierto cultural establecidos por la Dictadura de los Macheteros para leer esta nueva biografía tan prometedora de nuestro admirado Francisco de Quevedo, cuya obra y valentía nos inspira para combatir la barbarie, el oscurantismo y la ignorancia que encarnan los bellacos y muy ladrones Macheteros, porque es muy cierto que Quevedo podía convertir las palabras en armas tan filosas como el acero.
Costromo tiene muy buen gusto literario don Mario, les felicito.