La aventura, como la belleza, solo es buena si es capaz de arañar el alma. Ahí están los grandes clásicos de las expediciones polares para demostrarlo, viajes a lugares que a muchos nos pueden parecer terribles, pero a Amundsen o a Nansen les parecieron la expresión máxima de la belleza. También a Rasmussen o a Peter Frenchen, que protagonizan, casi sin querer, esta novela. Y decimos casi sin querer porque La hija del gran invierno es un homenaje a Arnarulunguaq, la mujer inuit que viajó con Rasmussen atravesando el casquete polar ártico. Lo primero que hay que constatar, en este sentido, es que el ejercicio literario parte de un complicadísimo ejercicio de empatía: intentar trasladar a nuestra mirada la mirada de una mujer inuit de los años veinte, y conseguir que transfiramos a ella toda nuestra simpatía. La proyección es casi obligada y comulga bastante con algunas corrientes de antropólogos de campo, que intentan visualizar a las personas estudiadas como si fueran ellos los que estudiaran al que aterriza allí desde lejos. Al enunciarlo es inevitable pensar en Nigel Barley, por ejemplo.
Está presente, de forma poco habitual para nosotros, el choque de civilizaciones, el contraste cultural, y la conclusión, tantas veces inevitable, acerca de la decadencia que camina implícita en el verbo “civilizar”. Y también la muerte, sobre todo las muertes más cercanas, las de algunos de los familiares de la protagonista, que intenta darles sentido. Ese sentimiento es para ella una verdadera lucha, al contrario que para los expedicionarios europeos, que están viviendo otro tipo de lucha, la lucha contra el entorno. Hablamos, como es fácil deducir, de la mitificación y la desmitificación, un debate en el que no se entra para tomar partido. Solo se expone, como deberían exponerse los temas irresolubles, como debería exponerse el del amor, por ejemplo, que para ser auténtico debe de tener un componente platónico, una ilusión, algo que también sucederá en la vida de esta mujer y con lo que tendrá que aprender a convivir. Para armar este artefacto Isabelle Autissier se vale de un estilo que en la traducción que nos llega resulta de una oralidad familiar, porque se asemeja a un tipo de crónica que estamos acostumbrados a escuchar a través de la radio o la televisión. La reproducción biográfica de la protagonista se pega así a las paredes de nuestro cerebro como si fuera un relato muy real de la aventura, un relato que complementa a los que teníamos antes y que hará, de hecho, que nos llevemos a preguntarnos si eso que llamamos aventura no es, en alguna medida, otra obra de teatro.
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Autora: Isabelle Autissier. Título: La hija del gran invierno. Traducción: Íñigo Jáuregui. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.


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