Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 14 de julio de 1936: Día de entierros
A la familia Calvo Sotelo —mujer, hijos y hermano— les pareció monstruoso que no los autorizasen a velarlo en casa. Hubo que hacerlo en el propio depósito de cadáveres del cementerio del Este. Allí lo habían abandonado la madrugada del día anterior sus asesinos, con dos balazos en la nuca.
El ataúd, cubierto por la bandera del Partido Comunista, recordaba que había sido instructor de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, y que formaba parte de la Unión Militar Republicana Antifascista.
Con los alrededores tomados por miembros de Asalto, el ataúd fue depositado en una carroza fúnebre, que emprendió en plena noche la marcha. Lo seguían varios coches y una camioneta del Cuerpo, el director general de Seguridad, numerosos jefes y oficiales de Asalto, miembros de las milicias socialistas.
El ataúd del teniente Castillo quedó hasta las once de la mañana en el depósito del cementerio civil, separado del resto del cementerio del Este por una mera calle, la avenida de Daroca.
A las seis de la mañana, el cuerpo ensangrentado de Calvo Sotelo yacía en una mesa de autopsias, todavía vestido, con la americana y el sombrero arrugados a un lado de su cabeza. El forense Antonio Piga Pascual, cigarro en mano, lo observó meditabundo.
A las ocho, el féretro fue colocado en la capilla ardiente improvisada en una dependencia del depósito. Lo expusieron al público, amortajado con el hábito franciscano, cubierto de flores. Tenía un crucifijo y un escapulario de la Virgen del Carmen entre las manos y, a sus pies, una bandera rojigualda.
Hacia la misma hora, empezaron a afluir en las puertas de la Dirección General de Seguridad compañeros y amigos del teniente Castillo. Al enterarse del traslado, hubo escenas de protesta y todos terminaron por dirigirse, unos a pie por Alcalá, otros en Metro, hasta el cementerio civil.
Para entonces ya había sido abierta la tumba del teniente Castillo, a apenas treinta metros de la entrada del cementerio. Un poco más allá de donde estaba el panteón de Pi y Margall y el de Salmerón, al otro lado de la calle del de Pablo Iglesias. A quienes llegaban procedentes de la Dirección General de Seguridad se les fueron uniendo, por el camino, obreros. Las medidas de seguridad las impuso un fuerte destacamento de la Guardia Civil.
También se produjeron refriegas en la Ciudad Universitaria, entre anarquistas y socialistas, a cuenta de la huelga de la construcción, que para unos seguía y para otros no. Ángel Navarrete, uno de nuestros personajes, acudió en ayuda de los suyos, en un camión lleno de sindicalistas armados.
A las diez de la mañana, antes de abrirse al público la capilla ardiente de Calvo Sotelo, se inició, muy cerca, la ceremonia oficial del entierro del teniente Castillo.
Una multitud creciente recorrió el medio centenar de metros que separaban el depósito de cadáveres de la tumba. Junto a la viuda y hermanos se hallaban Indalecio Prieto, el alcalde Pedro Rico y varios ministros socialistas. El teniente coronel Julio Mangada pronunció el discurso fúnebre. Un grupo de milicianos de las JSU cantó, puño en alto, La Internacional.
De vuelta a Madrid, los asistentes al entierro de Castillo se toparon ante las arcadas del cementerio con una barrera infranqueable de guardias civiles a caballo. Los guardias procuraban separarlos de amigos y seguidores de Calvo Sotelo que acudían a su capilla ardiente. Por un momento, la avenida de Daroca estuvo abarrotada de gente de los dos bandos que se cruzaron gritos, insultos y empujones, unos puño en alto, otros haciendo el saludo romano.
A la una y media del mediodía, un ayudante de Casares Quiroga cruzó el patio de Floridablanca para entrar al Congreso. Tenía el decreto, dirigido a Diego Martínez Barrio, ordenando la suspensión de las sesiones de las Cortes por ocho días.
A las cinco de la tarde, bajo un sol abrasador, el féretro del jefe monárquico fue sacado del Depósito, a hombros de sus familiares. En torno a los sacerdotes que acompañaban al cadáver, rezando el rosario, había treinta mil personas. Al ver llegar a los representantes de la Cámara, apedrearon sus coches entre gritos de «¡Mueran las Cortes!». Entre ellos estuvo Basilio, compañero de Pepe Mañas en la Escuela de Arquitectura. Era la primera vez que el joven oficinista levantaba el brazo, imbuido por la emoción de la multitud que despedía al político entre vivas a España y mueras a la República.
Una vez depositado el féretro en el panteón familiar, tras el responso, Goicoechea, el líder de Renovación Española, pronunció las últimas palabras de despedida:
—No rogaremos a Dios por ti. Te pedimos a ti que ruegues a Dios por nosotros. Ante esta bandera, colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a esa triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España.


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