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Historias de verano (III): Verano indio

Historias de verano (III): Verano indio

Soy más de Bande Dessinée y de tebeo, pero cuando un fumetto me seduce, lo aplaudo entusiasmado y sin contemplaciones. Ese fue el caso de Verano Indio, la cima de la colaboración entre dos grandes de la historieta italiana, Hugo Pratt —el creador de Corto Maltés, ni más ni menos— y Milo Manara —el dibujante de El viaje de G. Mastorna (1996), la película soñada de Fellini, ilustrador de una novela de Pedro Almodóvar y uno de los mejores dibujantes  de nuestro tiempo—. Hoy estamos con Verano indio. Publicada por entregas, entre octubre de 1983 y mayo de 1984, con el título original de Tutto ricominciò con un’estate indiana, en la revista Corto Maltese, no sé si cuando sus primeros lectores daban cuenta de estas viñetas, que nos transportan a un estío del siglo XVII en las landas de lo que habría de ser Massachussets, ya se hablaba del cómic como de la “figuración narrativa”, tal se le refiere ahora en los catálogos y registros del museo de El Prado.

Cedido temporalmente por Francia al Reino Unido como muestra de la concordia existente entre ambos países, tras siglos de guerras y rivalidades, desde la Entente Cordiale (1904) mucho se habla en estos días del Tapiz de Bayeux —o de la reina Matilde—, cuyos bordados describen los hechos que precedieron a la conquista normanda de Inglaterra. Y siempre que se da noticia de aquel gran lienzo, se nos presenta como un precedente arqueológico del cómic. Sus filacterias, en latín, serían como los bocadillos en las aventuras de Altamiro de la Cueva, que con tanto placer leíamos hace sesenta años en las páginas del queridísimo TBO. Sí señor, aquella publicación legendaria que dio nombre genérico a sus pares.

"Se trata de un verano trágico en el que resuenan los celos, las pasiones intensas e incluso la influencia de Otelo, el drama de Shakespeare"

The Yellow Kid, aparecido por primera vez el 25 de octubre de 1896 en las páginas de New York World —el periódico dirigido por Joseph Pulitzer— fue tan celebrado a partir de entonces que su autor, Richard F. Outcault, es considerado el primer historietista moderno. Más allá de este primer comic propiamente dicho, podemos hablar de pintura narrativa y, siendo así, tenemos que referirnos a don Francisco de Goya y Lucientes. Precursor de tantas cosas concernientes al arte que habría de sucederle, entre 1806 y 1807, Goya realizó una serie de óleos sobre tabla que tituló La captura del bandido Maragato por Fray Pedro de Zaldivia. Es ahí, a fe mía, donde nace el cómic, el Noveno Arte, según la numeración más frecuente.

Y Verano indio es al cómic lo que La letra escarlata (1850) a la novelística de Nathaniel Hawthorne. De hecho, Abigail, una de las protagonistas de Pratt y Manara, es marcada con la L de Lilith —grabada a fuego en una de sus mejillas—, por haber dado a luz un “hijo ilegítimo”, como la Hester Prynne de Hawthorne es obligada a llevar bordada la “A” de Adúltera.

Se trata de un verano trágico en el que resuenan los celos, las pasiones intensas e incluso la influencia de Otelo (1622), el drama de Shakespeare. La historia nos traslada a los albores del siglo XVII, a ese Nuevo Mundo que llamaron a América los primeros colonos europeos, los puritanos llegados allí a bordo del Mayflower y demás naves, aunque estos de Pratt y Manara no son precisamente esos. En cierto sentido Verano indio es la refutación de los supuestos amores entre John Smith y Pocahontas.

"Tebeos para estar callado en las visitas a las tías, tebeos para estar distraído y por ser bueno. Y álbum de Tintín, o de Spirou y Fantasio, para los cumpleaños, los Reyes Magos y otras grandes ocasiones"

En el verano de las viñetas que nos ocupan, la paz que ha presidido la convivencia entre los colonos ingleses y los mohegan —que no los mohicanos—, una tribu de lengua algonquina, que poblaba los territorios que habrían de ser los estados de Rhode Island y Massachussets, va a romperse. Será en la mañana en que Sheva, una hermosa joven inglesa, hija del reverendo Black, de la colonia fortificada de Nueva Cannan, que pasea por la playa sumida en sus ensoñaciones, es violada por dos nativos. Otro colono, Abner Lewis, que bien podía estar enamorándose de Sheva mientras ella paseaba por la playa, presencia la agresión y mata a quienes la han cometido. Acto seguido, lleva a su casa a la infeliz. Los Lewis viven fuera de la colonia porque Abigail, la madre, es aquella que alumbró a un hijo ilegítimo y está marcada como Lilith por los puritanos. La misma Sheva tendría problemas entre su gente por haber sido ultrajada. Y a todo esto, los mohegan buscan a sus hermanos. Cuando les encuentran muertos, la frágil paz salta en mil pedazos.

Que semejante historia llegase a un medio que hasta unos años antes era una lectura infantil, más o menos constructiva, pero, desde luego, sin el erotismo y la violencia de Verano indio sólo podía explicarse a través de la eclosión del cómic para adultos, a la que asistía el panorama editorial desde finales de los años 70. Los lectores de aquellas revistas infantiles o juveniles, habían crecido.

Recuerda Montero Glez que, cuando era un niño, su padre le compraba un tebeo los sábados por la tarde y luego se iban a comer un bocadillo de calamares a una de aquellas cervecerías, de evocación tan dichosa, que había en la glorieta de Cuatro Caminos. Y yo recuerdo a mi madre, al salir de misa los domingos, en un quiosco de Campamento. Ella se compraba el Ya y “un Hazañas bélicas para el niño”. Y después, a tomar el aperitivo, tanto en verano como en invierno. Montero Glez es más joven que yo, pero habida cuenta de algunos de sus recuerdos, sé que los dos nacimos en la España del tebeo.

"Aquellos pequeños lectores de los fumetti, la bande dessinée y los tebeos, empezaron a demandar historias más complejas y temas más maduros"

Tebeos para estar callado en las visitas a las tías, tebeos para estar distraído y por ser bueno. Y álbum de Tintín, o de Spirou y Fantasio, para los cumpleaños, los Reyes Magos y otras grandes ocasiones. Entre Pumby y el DDT, fue para mí un placer crecer en la edad de oro del tebeo. Y en la francofonía, exactamente igual. Desde los belgas —Tintín y Spirou y Fantasio— que tenían sus propias revistas, hasta la francesa Pilote, en la que Astérix compartía espacio con otros grandes personajes de entonces. Sin olvidar la Italia de los fumetti de Il Corriere dei Piccoli o Topolino. Para los niños de los años 60, el cómic ya era la figuración narrativa, el Noveno Arte, antes de que lo dijeran en la mejor pinacoteca del mundo.

Y ya creciditos, al menos lo suficiente como para seguir leyendo tebeos, nos negamos a renunciar a las viñetas y a los bocadillos. Los de mi época, los auténticos, nos negábamos a todo. Y aquellos pequeños lectores de los fumetti, la bande dessinée y los tebeos, empezaron a demandar historias más complejas y temas más maduros. Así surgió un verdadero boom del cómic para adultos, que tuvo en Verano Indio su Epifanía, su máximo apogeo.

A España llegó en el 85, en las páginas de la revista Cimoc. Publicaciones como Métal Hurlant en Francia, el órgano de los Humanoides Asociados; Linus en Italia; y aquí en España Tótem o Cairo, además de la ya citada Cimoc se volvieron espacios donde los autores podían experimentar y tocar temas más serios, sociales o incluso eróticos. Fue un periodo de mucha efervescencia creativa, y esos lectores de la infancia nos convertimos en el público perfecto para este nuevo cómic de autor, que tuvo en aquel estío de Pratt y Manara su mejor ejemplo.

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