Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 20 de julio de 1936: El accidente de Sanjurjo
A seiscientos kilómetros de Madrid, en un aeródromo próximo a la capital portuguesa, el capitán Ansaldo logró arrancar su avioneta y volvió la cabeza hacia Sanjurjo, bien sujeto en el asiento del pasajero.
—¡Llevo cinco años listo para esto!
—Entonces, ¡agárrese!
Ansaldo pretendía llevarlo a Navarra y se empeñaba en volar con su avioneta. Ocurría que, una vez olvidadas las indecisiones de Franco, el Dragon Rapide había volado a Canarias. Para Sanjurjo se contrató en Toulouse un magnífico bimotor: el mismo aparato en el que Amy Johnson Mollison realizó su vuelo récord Londres-El Cabo en 1932. El piloto francés Lacombe debía llevarlo a San Juan de Luz para que desde allí alcanzase Pamplona y se pusiese al mando del Alzamiento. Cuando el avión de Lacombe se vio obligado a aterrizar en Gamonal, el campo de aviación de Burgos, para repostar, fue rodeado por una camioneta de guardias de Asalto. Detuvieron al piloto y a Antonio Lizarza, tradicionalista que viajaba con él. Ambos fueron conducidos a la cárcel Modelo de Madrid.
Por su cuenta, el aviador Juan Antonio Ansaldo, activista monárquico y falangista, se entrevistó con Fal Conde para ofrecerse a recoger a Sanjurjo. Su pequeña avioneta llegó a Lisboa donde, al saberse de su presencia, el embajador de la República consiguió del Gobierno portugués la promesa de que el aparato no despegaría. Como no se podía salir por el aeropuerto civil de Alberca ni por el militar de Santa Cruz, por todo el revuelo producido en torno a Sanjurjo, los rebeldes acordaron con el presidente Carmona que Ansaldo despegaría desde un campo deportivo en La Marinha, cerca de Cascais.
—¡Ya estamos casi arriba, mi general! ¡Agárrese bien!
El lugar estaba desierto, aparte del pequeño séquito de familiares y amigos que, con su mujer, María Prieto Taberner, al frente, acompañaban al general Sanjurjo. Durante la mañana hubo niebla espesa. A las dos de la tarde empezó a despejar.
El aparato de Lacombe era un avión pequeño, de gran autonomía, ideal para pistas cortas. Pero el de Ansaldo era una avioneta peligrosamente acondicionada, con un depósito de combustible adicional tras el asiento. Además, Sanjurjo llevaba mucho peso en la maleta porque no pensaba viajar sin sus uniformes y condecoraciones. Ahora despegaban frente a una masa de árboles sobre la que debían elevarse, dada la dirección del viento.
—¡Verá cómo lo conseguimos, general!
Protestando agónicamente, la pequeña Puss Moth se alzó sobre los pinos que rodeaban el campo.
—¡Ya está hecho, mi general!
La avioneta rozó las ramas de uno de los pinos más altos, vibró violentamente.
—¡¿Qué demonios ocurre, Ansaldo?! —gritó Sanjurjo.
Ansaldo palideció: la avioneta, forzada por las condiciones del aeródromo a una salida de pera, lo había hecho con tan mala fortuna que, al apurar el rodaje, la hélice de madera rozó con los árboles. Ansaldo decidió parar el motor e intentar un aterrizaje forzoso sobre un campo labrado en dirección a una cerca de piedra que no supo esquivar. A la colisión le sucedió una explosión. Se incendió el motor y el combustible.
—¡General! ¡General!
Sanjurjo seguía sujeto en su asiento. Los familiares y allegados llegaron en varios coches. El piloto fue rescatado entre los restos del avión en llamas. Pero el general Sanjurjo no: muerte instantánea por fractura en la base del cráneo.
—¡Os dije que la maleta era demasiado pesada! —gimió Ansaldo, entre lágrimas y quemaduras. Lo alejaron a rastras, pese a que algún presente quiso matarlo allí mismo.



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