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Tres (9) cuatro

Vi la luna partida de forma longitudinal, mis dedos tocaban el ascua de un puro y tardé en sentir. Me rodean grillos que resisten. El último bastión ante el ruido, el lugar en que reside el silencio.

Siempre esperé al llegar a los treinta y cuatro poder decir lo que Sharif en el comienzo de esta canción: “Tengo treinta y cuatro, soy feliz a veces… porque vivo con mi gato…”. Búsquenla, si lo desean, se titula Dorian gray.

Tengo treinta y cuatro. Le tengo fobia al folio en blanco, y lo mancho con tantas cosas que son como cuerpos ajenos. Fumo cigarritos punch y no duermo sin desear buenas noches al suroeste. Nunca sé dónde será que duerma. Jamás despierto donde espero. Me quedan a los lados los pedazos, y debo pegarlos con voluntad y ya. Clavar las patas al dolor y deslizarme sobre él. El mundo está vacío, en mi cabeza se mueve tanto ruido sin lugar al que ir, que no me deja de sorprender cuando se transmuta a realidad. Cosa con propósito que me excede y trasciende.

"Mi familia y amigos no aprueban esto. No aprueban lo que siento. No aprueban cómo lo proyecto. Tacho a quienes me dicen que hay más vida. Sin más, sin discusión. No sé coger lucha"

Tengo, mi cuerpo, treinta y cuatro y no vivo con mis gatos. Solo una marca en el anular. Me repele el color naranja y apenas como. Agua y cafeína, y para alante. Tengo muchas tumbas mal cerradas, que no me dejan entrarles, que me marcan un propósito férreo. Me publican libros y no los reconozco. No me reconozco en ellos ni me importan. Parece que también con mis escritos soy un golfo. Comer poco, huir de la almohada, por las pesadillas, por soñar con ellas, por ese no saber dónde será que despierte. Ignoro ya la gramática y la ortografía, me recuerdan a jueces, a policía, a cosas que me dan urticaria. El camino más rápido en la página es la diagonal. Y con la gente también es así. La diagonal, lo superficial, lo que no ahonda, y ya, pasarlo. Olvidarlo. Sin esfuerzo. El esfuerzo verdadero está en vivir con lo que no se deja olvidar. Mi familia y amigos no aprueban esto. No aprueban lo que siento. No aprueban cómo lo proyecto. Tacho a quienes me dicen que hay más vida. Sin más, sin discusión. No sé coger lucha. Se fueron del aire.

No sufro estrés, no sufro ansiedad. Mi cuerpo ya no duele. Es este trance entre el irse y el estar. Que permanece en una suerte de formol verde. Verde como la muerte. Como mis ojos cuando lloran. Como las hojas de los flamboyanes antes que el naranja las eclipse y opaque.

Escribir es un acto egoísta. Es mío, solo para mí. Lo único que hago de modo conscientemente egoísta. Por eso se me da mal hablar de mis escritos. Me dan apuro los halagos. Escucho las críticas, he aprendido a valorarlas. Pero al final, si alguien quiere ponerle mermelada a su porción de pizza, es su porción. Mis letras son eso para mí.

"En mi mente nuestra casa de cristal está reventada. Desde polos opuestos miramos los cortes en nuestros cuerpos, fingiendo no ver al otro. Pero no es necesario"

La ira se rompió para siempre, como una guirnalda de cristal. De las navidades que ya nunca serán. Sus esquirlas se volvieron risas y sonrisas. Sonrío a la gente. Me río siempre que parece haber un problema. Ese no es el yo real. Puto antisocial que ríe para engañar, dijo alguien. Es casi así. Río porque visto la casa del terror con pintura para payasos. Sonrío porque siento que hace sentir bien a los demás. Nada importa ya tanto como para que mis problemas ofusquen un gesto al que nunca di importancia. Contradicciones.

Por encima de todo echo de menos. Soy un bicho disecado y aplanado entre páginas de enciclopedia con sello de biblioteca cordobesa. Percibo al otro bicho. Igual de seco. En la misma rutina de actos huecos, sexo absurdo, pensamientos como banderillas de torero, letras en la noche, miradas extraviadas.

El “que” en los poemas me molesta. Me corta, me mata. Me faltan las palabras. He de buscarles nuevas formas.

En mi mente nuestra casa de cristal está reventada. Desde polos opuestos miramos los cortes en nuestros cuerpos, fingiendo no ver al otro. Pero no es necesario. El folio en blanco no está nunca vacío, y la noche no calla en realidad. Nuestra voluntad no es una cosa tan férrea, solo una barrera. Y tras las mentiras, la única verdad: nada importa ya.

Los días se parecen más bien a “I fuck up and lose control…”, Glass House. Me marcaré una raya roja, del plexo solar al labio. En otro aniversario. Mi mente irá a otra parte, por un rato. Tinta, tinta, tinta, que guardas la poesía, acabaré yendo contigo. Al lugar donde resida el olvido. O al espacio en que no rehuya el naranja, donde aún pueda narrar cuentos.

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