Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 25 de julio de 1936: Hitler saliendo de la ópera
Tum-tum-tututumtum, tum-tum-tututumtum, tum-tum-tututumtum.
Las cantantes vestían túnicas. Alguna llevaba coraza y casco. Hitler no apartaba la vista de las que tenían la cabellera suelta. Ahora, para disfrutar mejor del «tum-tum-tututumtum», cerró los ojos en el palco de honor del Festspielhaus de Bayreuth y disfrutó de aquel paisaje sonoro que evocaba dioses, batallas, héroes, traiciones, anillos. Ni siquiera faltaban, en semejante cóctel, los judíos, que para él eran los enanos deformes. Sintiendo un escalofrío de placer, el Führer abrió los ojos. Una de las valquirias anunció, con poderosa voz, la llegada de Helmwige, con el cadáver de Sigfrido sobre su montura.
—¡Aquí, Helmwige! ¡Aquí, tu caballo!
Hitler se emocionó. El drama hablaba de Alemania, de Europa, del nuevo mundo terrible que nacía. ¡Ah! El Walhalla, la batalla final. ¡Qué vivo estaba el mito de los nibelungos en su espíritu! ¡Qué bien retrataba Wagner la sicología del pueblo alemán! Exaltado, Hitler no desconectaba del espectáculo total wagneriano. «Tum-tum-tututumtum, tum-tum-tututumtum, tum-tum-tututumtum». El público, que al principio le miró con curiosidad, ahora lo tenía olvidado. En la oscuridad, a solas consigo mismo, Adolf sintió que su apasionado temperamento cabalgaba sobre la música y el drama.
Cuando terminó la ópera, se rompió las manos de aplaudir. Le costó levantarse de la silla. ¡Menuda experiencia intensa! Wagner era insuperable, pensó mientras salía escoltado al pasillo. En la puerta de la ópera, con su guardia personal, vio que se le acercaba un grupo encabezado por un oficial.
—Führer, le presento al ingeniero Langenheim y a Johannes Bernhardt. Son miembros del partido nazi en el Marruecos español. Vienen de parte de los militares sublevados. Traen una carta manuscrita del general Franco para usted.
—Gute Nacht, meine Herren —saludó Hitler, ojeándolos con desconfianza. Costaba recuperar el sentido de la realidad—. Supongo que no tendrán inconveniente en acompañarme a cenar. ¡Vayamos!
E inició la marcha, dando por sentado que todos debían seguirle. El Führer tenía muy claro quién mandaba en Europa.


Los Ju 52 están en camino. Como en la operación Mercurio en Creta años más tarde.
Eso!