Graham Swift, considerado un miembro de honor del Dream Team inglés (junto a Ishiguro, Rushdie, Amis y McEwan, entre otros), demuestra en este libro su maestría en el manejo de la distancia corta con unos relatos escritos con la exactitud y delicadeza de un orfebre de la gran literatura.
En Zenda ofrecemos un relato integrado en Doce cuentos de posguerra (Anagrama), de Graham Swift.
***
CHOCOLATE
El Skinner’s Arms. Fuera, una oscuridad fría y húmeda. Pero el mundo exterior no importaba.
–Una vez conocí a una chica –dijo– que trabajaba en el chocolate.
Los otros intercambiaron una mirada rapidísima.
–¿Fue cuando trabajabas en lo de las trolas? –preguntó Tommy.
–Yo nunca suelto trolas –dijo Dermot con determinación.
–¿Y dónde fue eso? ¿Dónde trabajaba en el chocolate? –preguntó Michael.
–En la ciudad de York, Micky. ¿Has estado allí alguna vez? Está por el norte del país.
–Apuesto a que eso está en Yorkshire –dijo Tommy.
Dermot no le hizo caso.
–Eso me dijo, que había trabajado en el chocolate. Pero ahora he de confesar, si tengo que ser sincero, que no fue tanto lo que me dijo como la idea que me metió en la cabeza. La idea, que no sé por qué se me ocurrió, de ella cubierta de chocolate. Y eso fue lo que me puso a cien, ya me entendéis. Y apuesto a que es lo que pensasteis cuando antes dije lo que dije. Toda empapadita en chocolate. Eso es lo que pensasteis.
Ninguno dijo nada. Ninguno lo negó.
Dermot dio otro sorbo.
–Ahora que lo pienso, puede que ella misma lo dijera así, quiero decir, cuando trabajaba en el chocolate. A lo mejor dijo: «Estoy metida en el chocolate». Puede que lo dijera así. Como hace la gente cuando habla de a qué se dedica. Como tú mismo podrías haber dicho, Tommy: «Estoy metido en la arena y el cemento».
Tommy dio un sorbo.
–De todos modos, habría dado lo mismo. La misma imagen en la cabeza. Toda ella cubierta de chocolate. Y os juro que esa es la imagen que ella quería que yo tuviera, la que pretendía meterme en la cabeza. Pero lo único que dijo fue que había trabajado en el chocolate. No miento.
–Sí, tú nunca mientes –dijo Tommy.
–Venga, Tommy. ¿Cuándo he mentido yo?
–Entonces, ¿cómo lo supiste…? –dijo Connor–. Quiero decir, que ella tenía intención de… Que a ella le apetecía… O sea… –miró a Tommy de reojo–, eso si es que existió, claro.
–¿También tú dudas de mí, Conny? Por la mirada. ¿Es que los ojos de una persona no te lo dicen todo sobre ella?
Aquello era todo un reto. Implicaba que los demás miraran a Dermot a los ojos, donde seguramente verían, en ese gris azulado, la imagen de una chica cubierta de chocolate.
Los cuatro hombres rondaban los setenta. Sumadas, sus edades se acercaban a los tres siglos.
–En York había dos fábricas de chocolate –dijo Dermot–. Escuchad y aprended. Era la ciudad del chocolate. Al menos entonces. Hablo de los setenta.
–¿Los del siglo XIX? –dijo Tommy.
–Estaba Terry’s y estaba Rowntree’s. Debían de ser rivales a muerte, debía de ser una guerra del chocolate. La chica había trabajado en Rowntree’s. Durante un tiempo se dedicó a los Kit Kats.
–Seguro que sí –dijo Tommy. Dio otro sorbo–. ¿Y qué te llevó a York? Aparte del asunto del chocolate.
–¿Nunca has probado un Kit Kat, Tommy? ¿Nunca has comido una de esas chocolatinas? ¿Y he dicho yo en algún momento que estuviera allí?
–No, no lo has dicho –dijo Tommy con cautela.
–Pues estuve –dijo Dermot–. Vaya si estuve –tomó otro sorbo–. Estuve muy muy presente.
En los ojos de Dermot se veía ese brillo conocido e irritante, además de la chica cubierta de chocolate, si es que aún podía verse. Dieron sendos sorbos, observándose por encima de los vasos. ¿Qué más daba si era una patraña o una anécdota verdadera, a estas alturas? Aquellas veladas en el Skinner’s habían alcanzado cierta calma. ¿Cuándo había sido la última vez que habían tenido una auténtica trifulca? ¿Cuándo había sido la última vez que Tommy había intentado soltarle un puñetazo a Dermot?
–Pero no nos has dicho qué hacías allí –dijo Tommy–. Aparte de…
–Bueno, lo de siempre. Lo que se hacía entonces. Carreras de caballos. Hacen buenas jornadas en York. Un hipódromo estupendo. Y muy cerca de la estación. Ibas por la mañana en tren y volvías al atardecer. Fácil desde King’s Cross. Un día fuera, un cambio de aires y, de paso, te llevabas el bote. Lo habitual en las carreras.
Dio otro sorbo.
–¿Y lo conseguiste? ¿Te llevaste el bote?
–Vamos, mi querido Tommy, ya sabes que no soy de los que hablan de dinero. Mientras podamos invitarnos a un trago, nunca hablaré de esas cosas. Y la verdad, si te soy sincero, es que no me acuerdo. ¿Te acuerdas tú de las apuestas que hiciste por aquel entonces? En tu caso es mejor olvidarlas, digo yo. Fue hace mucho, allá por los setenta. Y no miento, ¿verdad?
Los miró a todos.
–Pero tú… –dijo Tommy.
–Ah, sí, Tommy, en eso tienes razón. Hay cosas que recuerdo muy bien. ¿No nos pasa a todos? La memoria es algo curioso. Hay cosas que recuerdas y otras que no. Y, ahora que lo pienso, seguramente sí me llevé el bote. Sí, creo que gané un buen dinerito. Pero no sé si me entendéis; la cuestión no es si me llevé el bote o no: eso era lo de menos. La cuestión es que me puse las botas. Ya me entendéis.
El brillo exasperante de sus ojos se intensificó y acto seguido se apagó. Un leve gesto, un espasmo, le cruzó la cara. En todo había una sorprendente ausencia de engaño.
–Aunque no es eso, en realidad –dijo–. No, no es eso. Las botas más bien me las quité.
El brillo reapareció.
–Me las quité, os lo aseguro.
Tomó un sorbo. Todos tomaron un sorbo. Sosiego. Una luz suave, parda. Las pintas ya habían bajado de la mitad.
–Tú te refieres –dijo Michael, como si quedara alguna duda– a la mujer de chocolate.
–Pues claro, Micky –dijo Dermot–. Y esa es una forma elegante de decirlo, en mi opinión. Eres mejor hombre que yo. «La mujer de chocolate.» Desde luego. Permitidme que proponga un brindis, y que Dios me ayude si no os pido que me secundéis, por la mujer de chocolate.
Ninguno se abstuvo. Todos levantaron los vasos obedientemente, aunque ninguno llegó a repetir, como manda la costumbre, las palabras del brindis.
Había camelos y camelos. Pero habían visto cómo le cambiaba la expresión. Fue el momento más memorable de la velada.
Y, fuera, hacía una noche horrible. Noviembre. No había llovido en todo el día, ni siquiera chispeado, pero todo estaba impregnado de una humedad densa. Un frío centelleo por todas partes.
Ellos eran cuatro. Un día podrían ser tres. Tres…, dos… ¿y luego? Bueno, sí, estaría Dermot, parloteando solo, y a lo suyo, incluso entonces.
–Pero ¿quién era? –fue Connor quien lo dijo. Alguien tenía que decirlo–. La mujer de chocolate.
–Veréis, no os voy a mentir.
Todos se lanzaron una mirada de reojo.
–Era camarera en una cafetería de la estación de York. ¿O era en el hotel que estaba justo al lado de la estación? Había un hotel la mar de grande. Pero da lo mismo. Podría haberme ido, ya veis, haberme ido de York sin conocerla. Yo y mis ganancias. Pero allí estaba ella.
»Y la verdad, amigos míos, es que tuve algunas ganancias. No una fortuna, pero sí ganancias. ¿No es esa la mejor palabra, en todos los sentidos? Ganancias. Seguramente tuve la sensatez de parar a tiempo, de retirarme mientras iba ganando, de escabullirme limpiamente del hipódromo antes de quedarme sin blanca en la última carrera.
»Seguramente me dije: “Dermot, muchacho, lo que te hace falta antes de irte de esta bonita ciudad es una buena taza de té, una taza de té como es debido, servida como Dios manda. No otra pinta en un pub. Una buena taza de té. No es cuestión de despilfarrar todas las ganancias ahora, ¿verdad?”. No me preguntéis por qué lo pensé, pero lo pensé.
»Y, por Dios, fue la decisión acertada, porque allí estaba ella. La camarera encargada de las mesas. Tomándome nota, encantadora, y preguntándome si no quería algo para acompañar el té. Y diciendo, antes de que yo pudiera responder, que el pastel de chocolate estaba muy bueno, que era lo mejor que tenían, hecho esa misma tarde, y que ya solo quedaban unos pocos trozos.
»¿Y qué iba a decir yo? ¿Que no quería pastel de chocolate? Así que va ella y dice, con aquella sonrisa suya y su bloc y su lápiz: “Un trozo de pastel de chocolate”. Y pareció que aquel era su momento (¿o estaba todo planeado?) para añadir que ella misma había trabajado en el chocolate. ¿Hacía falta que lo dijera? Claro que no. Pero lo dijo, y sonriendo.
»Acababa de empezar como camarera, pero antes había trabajado en el chocolate. Era, claro, su manera de empezar a charlar conmigo. O quizá fui yo el que se puso a hablar con ella, no lo sé. Ya que estábamos en plan parlanchín, lo lógico habría sido hablar de mi día en el hipódromo, pero hablamos de chocolate.
»Habría podido preguntarle: “¿Quién querría dejar un trabajo en el chocolate?”. Puede que lo hiciera. No me habló de Rowntree’s, ni de Terry’s, ni de Kit Kats. No en aquel momento. No me contó la historia de la ciudad de York. Eso vino después. Lo dejaba ahí, en el aire. Y juraría que se daba cuenta de que yo me la estaba imaginando bañada en chocolate, y que quería que fuera así. A veces uno se da cuenta de estas cosas.
»¿No, chicos? A veces por mucho que mires no ves nada, y otras veces sí.
Ninguno dijo nada. Ninguno lo negó.
–En fin, me sirve el té en una tetera pequeña solo para mí; era de porcelana, con su jarrita de leche, el azucarero con los terrones, las pinzas, el colador, todo el tinglado. Ahora que lo pienso, debió de ser en el hotel, sí… Creo que fue allí. Y me trae el trozo de pastel de chocolate. Y me dice que he tenido suerte (¡como si yo no lo supiera!), porque era el último trozo, el último que quedaba. Y, mira tú por dónde, también era su última media hora. Terminaba a las seis, así que, si quería algo más…
»Eso tampoco tenía por qué decirlo, ¿verdad? Y no hace falta que os lo diga yo a vosotros, ¿eh? No hace falta que os lo diga. Una cosa llevó a la otra, como suele decirse. Aquella noche no cogí el tren de vuelta a Londres. Mi día en York se transformó en mi noche en York, la preciosa ciudad de York, y esa es toda la historia.
Dio otro sorbo, un sorbo largo. Tenía el vaso casi vacío. Luego miró alrededor con tan solo una pizca de desconcierto.
–No os habré contado ya todo esto antes, ¿verdad, chicos? Si es que sí, decídmelo. No me toméis el pelo. ¿No? ¿No os lo he contado ya? ¿De verdad que no?
Puede que todo fuera puro teatro. Pero no, en realidad no lo había contado ya. Todos aquellos años en el Skinner’s Arms, pero no, no lo había contado. Aunque todos se habían contado las mismas historias más de una vez y hacían como si nada.
–¿No? ¿De verdad? –dijo, como si ya supiera que no. Y desde luego que lo sabía. Si es que sabía todas las demás cosas que decía que sabía–. Bueno, a veces la vida puede ser muy dulce, muchachos, ¿verdad que sí? Incluso demasiado dulce para contarlo. Quizá no debería haberos contado nada. Lo de que me llevé el gato al agua. A la gatita Kit Kat.
¡Otra vez ese brillo! Pero bajó la cabeza un momento para mirar su vaso casi vacío.
Volvió a levantarla.
–Pero os voy a decir algo. Era una chica dulce, una chica dulcísima. De las más dulces.
Hubo una pausa larga, una pausa como es debido. Entonces Tommy dijo:
–Bueno, supongo que lo sería, si había trabajado en el chocolate.
Alguien tenía que decirlo. Y fue Tommy. Era como si Dermot se lo hubiera puesto a todos en bandeja.
Ahora le tocaba a Dermot pagar la siguiente ronda. Se levantó y recogió las cuatro pintas vacías con los dedos de una mano, con la soltura que da la práctica.
Mientras se dirigía a la barra, los demás ya no podían verle los ojos, y menos aún saber lo que estaba pensando. No veían que estaba pensando: Bueno, ahora que digan lo que quieran a mis espaldas, lo que quieran. Gracias a Dios, uno pasa por la vida sin tener que oírlo.
Era Dermot Sweeney, del condado de Cork. Un hombre de Cork en York. Había desperdiciado la oportunidad de meter esa frase en su pequeña historia.
Pero se lo había dicho a la chica de chocolate, palabra.
Allí de pie podía ver el exterior por encima de la parte de abajo de la ventana, que estaba empañada. Era como si el exterior hubiera desaparecido durante un rato, como si se hubiera desvanecido. Pero no, seguía allí. Allí seguía, sin el menor rastro de lluvia, pero con esa humedad que lo empapaba todo. Un hombre de Cork en Kilburn. Todo tenía un brillo oscuro. En la franja de acera, en los bordillos y la cuneta, en la calzada y la carrocería mojada de los coches aparcados, los reflejos de las farolas brillaban y temblaban.
Visto desde dentro, antes de tener que salir allí fuera, y con dos pintas en la barriga, todo aquello tenía hasta su encanto.
________________
Autor: Graham Swift. Título: Doce cuentos de posguerra. Traducción: Antonio-Prometeo Moya. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: