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Fracaso, luego existo

No, no es una fácil parodia. En el fondo, eso es justo lo que quería decir Descartes con la fórmula cogito, ergo sum. Cogito se refería a pensar, por supuesto, pero no pensar la verdad, por lo menos en un principio, sino simplemente usar el pensamiento para lo que fuese (actividad pensante). También para equivocarse o, mejor dicho, dado que lo más posible era caer en el error, es decir, poder engañarse, por lo menos ahí estaba una primera verdad que podía servir de punto de partida. Aunque yerre, mi pensamiento existe: erro, ergo sum.

Errar, equivocarse, fallar, engañarse… La confusión, en sus múltiples formas, es como una densa niebla en la que nos perdemos. Perderse, perder, desperdiciar algo, una oportunidad, por ejemplo. He ahí otro matiz interesante. En última instancia, al perdernos, extraviamos nuestro objetivo, no conseguimos lo que nos proponíamos. Fracasamos. Quizá un fracaso minúsculo, sin apenas importancia, ¡faltaría más! Pero, pequeño o grande, el fiasco es consustancial al ser humano. Si lo piensan bien, aceptarán que nuestra trayectoria vital está más empedrada de fracasos que de éxitos. La vida humana es una sucesión de fracasos. No hay más que pensar en el final que nos espera a todos.

"Dos caminos para llegar a la misma convicción, desdramatizar la pérdida. Al contrario, es la voluntad obsesiva de triunfar la que convierte nuestra vida en camino de servidumbre e infelicidad"

Perdón por el ramalazo de humor negro. No es mi intención seguir por esa línea. Prefiero quedarme en cualquier punto de las etapas anteriores, en la misma vida cotidiana, sin ir más lejos. Cada vez que alguien me desea éxito en cualquiera de mis proyectos, siento una ligera inquietud. Enseguida pienso en expectativas, comparaciones, autoexigencia y el imperativo de mantener el nivel alcanzado. El éxito se parece a esas supuestas ofertas que, una vez conseguidas, obligan a entramparse en múltiples cuotas. Confieso por ello mi aversión a los manuales del éxito, solo comparable a la debilidad por los que me anuncian la perspectiva contraria.

Citaré dos libros recientes con esas características: Elogio del fracaso, del filósofo rumano Costica Bradatan (traducción de Antonio-Prometeo Moya), y JOMO: El gusto de perder, de Juan Evaristo Valls Boix, ambas en Anagrama. Aunque son muy distintos, ambos volúmenes parten de una sospecha razonable: parece que, como mínimo, hemos hipertrofiado el éxito. Bradatan postula la fecundidad intelectual de la derrota; Valls Boix propone el placer de renunciar a la carrera de no perderse nada. Dos caminos para llegar a la misma convicción, desdramatizar la pérdida. Al contrario, es la voluntad obsesiva de triunfar la que convierte nuestra vida en camino de servidumbre e infelicidad.

"El mundo sigue girando aunque no asistamos al acontecimiento imprescindible, aunque no respondamos un whatsapp en treinta segundos o no entremos en el restaurante de moda"

No descubro nada si señalo el éxito como motor omnipresente de las empresas que acometemos en esta sociedad. Cualquier iniciativa está contaminada de esa voluntad de aprovecharlo todo y sobresalir. No basta con hacer bien el trabajo, hay que ser los primeros. El descanso genera ansiedad, tiempo perdido. La hiperactividad es un imperativo, hasta para los más pequeños, que deben completar sus ocho horas de colegio con múltiples extraescolares. Incluso el momento mismo de dormir se ha problematizado en este sentido: tengo amigos que conocen con precisión admirable la calidad de su sueño y, sin embargo, duermen peor que nunca. Tasarlo todo produce una fatiga adicional, la de rendir cuentas incluso a la almohada.

Las redes sociales potencian el círculo vicioso. Allí nadie envejece, nadie duda, nadie pierde una tarde mirando la lluvia por la ventana. Todos se proponen y alcanzan metas extraordinarias, y presumen de ello. No quiero irme al extremo opuesto, no voy a escribir una loa a los vagos, ineptos o ineficientes, pero sí a mostrar mi simpatía por quienes se niegan a convertir cada minuto en una inversión. No canto al perdedor en sí sino a quien asume la pérdida como una contingencia más en su camino y, por ello mismo, no le importa perder otra vez. Peor es siempre la inacción por miedo al fracaso.

Hay una libertad inesperada en dejar escapar algunas oportunidades. El mundo sigue girando aunque no asistamos al acontecimiento imprescindible, aunque no respondamos un whatsapp en treinta segundos o no entremos en el restaurante de moda. Valls Boix llama a eso JOMO (Joy Of Missing Out, la alegría de perderse cosas), por oposición al clásico FOMO (Fear Of Missing Out, miedo a perderse algo). Bradatan da a la misma disposición una pátina más filosófica: mientras que el éxito es complementario y fugaz, y no dice mucho de nosotros, el fracaso nos define, es esencial para construirnos como seres humanos.

"Valls Boix se detiene y recrea en las ventajas de perder, que no son pocas. Nuestra sociedad ha entronizado la mayor mentira de todas, que el éxito da la felicidad"

Es curioso, parece como si el pensamiento y la cultura en general haya intuido desde siempre esa realidad. Los derrotados suelen ser más interesantes que los vencedores. Ulises necesita perderse diez años para que exista la Odisea; si hubiera encontrado el camino de vuelta a la primera, Homero habría escrito un folleto turístico. Don Quijote pierde casi todas las batallas y cuatro siglos después nos sigue interpelando. El fracaso termina humanizando hasta a los mayores vencedores: véase el caso de Napoleón en Santa Elena, y tantos otros. La hora amarga es la hora de la verdad.

Pienso también en Bartleby, el escribiente de Melville. Le basta una frase para pasar a la posteridad: «Preferiría no hacerlo». Beckett condensó una filosofía entera en cinco palabras: «Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Decía Oscar Wilde que en este mundo hay dos tragedias: no conseguir lo que uno desea… y conseguirlo. Hay veces en que, a la larga, esto último es peor. Los perdedores que desfilan por el ensayo de Bradatan son ilustrísimos fracasados, que imparten cuatro lecciones de humildad (subtítulo del libro): nada menos que Simone Weil, Gandhi, Cioran y Yukio Mishima. Si llegar adonde llegaron ellos es ser perdedor, me apunto.

"Hacen falta valores alternativos: la duda contra tanto dogmatismo, la sospecha ante las seguridades, la tolerancia frente a la rigidez. No, no exagero. Hemos convertido el éxito es un fin casi obligatorio"

Valls Boix se detiene y recrea en las ventajas de perder, que no son pocas. Nuestra sociedad ha entronizado la mayor mentira de todas, que el éxito da la felicidad. Nadie nos enseña que renunciar a la carrera, libera. La pérdida tiene otra virtud: nos obliga a relativizar y, con ello, contemplamos la vida desde otra atalaya. Nos ponemos a ras de nuestros semejantes, no sobre ellos. Por eso somos todos más comprensivos con las causas perdidas. Mientras que las victorias son despóticas, las derrotas nos humanizan.

Incluso desde una perspectiva puramente pragmática, los fracasos, pérdidas y derrotas, si se entienden como fallos o incluso errores, son imprescindibles para llegar a cualquier solución satisfactoria. Casi nadie acierta a la primera y lo mejor que podemos hacer si logramos tal hazaña, es ponernos bajo sospecha. Los mayores descubrimientos en la historia de la humanidad pasaron en un primer momento por auténticos disparates. Hasta la llegada de Colón a América fue el producto de un delirio.

El éxito tiene mil padres pero las derrotas son huérfanas. No, basta ya, necesitamos trastocar nuestros valores usuales. Hacen falta valores alternativos: la duda contra tanto dogmatismo, la sospecha ante las seguridades, la tolerancia frente a la rigidez. No, no exagero. Hemos convertido el éxito en un fin casi obligatorio. Todo tiene que ser extraordinario o perfecto, hasta la composición del desayuno. Hay que entrar, como sea, en el top ten, da igual de lo que se trate. Hay que tener millones de seguidores en las redes. Hasta hemos convertido el ocio en otra forma de rendimiento: antes perdíamos el tiempo, sin mala conciencia. Ahora lo gestionamos.

"Ya que hablo de humor, encajemos las derrotas con deportividad y, hasta donde sea posible, con una sonrisa. Una existencia plenamente humana incluye tropiezos, rectificaciones y algunas derrotas"

Vuelvo a los libros de Bradatan y Valls Boix, como un soplo de aire fresco. No porque propongan un himno a la derrota, sino porque nos invitan a desconfiar de una época que parece incapaz de aceptar cualquier límite. Tan distintos, como ya he señalado, convergen en la misma disposición anímica e intelectual y por eso mismo sus mensajes se vuelven en el fondo complementarios: no hay que avergonzarse del fracaso; no hay nada más absurdo que aspirar a tenerlo todo. Ninguno de los dos aconseja tirar la toalla. Pero sí combaten la idea fetichista de la vida como competición. El ser humano no es solo un currículo. Ni la biografía un ranking.

Al final arribo a una conclusión bastante modesta. Por supuesto, sigo prefiriendo que las cosas salgan bien. Si me dan a elegir entre acertar y equivocarme, no necesito tiempo para pensarlo. Pero he descubierto que algunos de los mejores momentos de mi vida no figuraban en plan alguno, y que bastantes de mis mayores errores acabaron enseñándome más que algunos aciertos de los que en su momento me sentí orgulloso. Con los años uno aprende que la experiencia tiene un sentido del humor bastante peculiar. Y, ya que hablo de humor, encajemos las derrotas con deportividad y, hasta donde sea posible, con una sonrisa. Una existencia plenamente humana incluye tropiezos, rectificaciones y algunas derrotas. Si eso es fracasar, empiezo a sospechar que no vamos tan mal.

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