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Ningún otro infierno te espera, de Vivi Alfonsín

Ningún otro infierno te espera, de Vivi Alfonsín

En una Granada sofocada por los restos del franquismo, la masculinidad rota y los silencios familiares, Enrique recuerda el verano en que conoció a Farid, un joven maestro marroquí cuya llegada dinamita todo aquello que parecía inmóvil: el deseo, la identidad, el miedo y la idea misma de pertenencia.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Ningún otro infierno te espera (Malpaso), de Vivi Alfonsín.

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CAPÍTULO 1

Farid llegó a la pensión el doce de agosto de 1982. El apunte de su entrada permanece intacto sobre la página amarilleada del libro de registro. Son solo letras, números, anotaciones que a otro no le dirían nada, pero si el destino quisiera verme morir en este instante, su nombre sería la palabra más honesta que podría pronunciar para recordar quien fui. Junto a sus señas, premonitoria e imperceptible, queda la mancha de mi propia sangre salpicada sobre el papel, aquel día me había cortado con las esquirlas de vidrio de un jarrón. Pequeñas gotas en un mundo que la deja correr como ríos, que engulle a los niños y a los hombres hasta convertirnos en nada.

Sentado en una esquina del sofá, con el cuaderno apoyado sobre los muslos y mi imagen reflejada en un espejo al que rehúso mirar, no soy más que un viejo triste burlado por el paso del tiempo. Intento escribir sobre el presente, pero la tinta se empeña en traicionarme. Solo le interesa el pasado. Se comporta como una plañidera en un velorio. La humedad que desprende se cierne sobre las palabras y las fija con ese color negruzco del hierro. Palabras terribles unidas a mi nombre por una cicatriz. En vano pruebo a tacharlas, a reescribirlas de modo que solo se sientan sobre el papel. Ellas alzan el vuelo como una bandada de cuervos que terminan picoteándome los ojos. En cuanto las escribo se convierten en realidad. Han estado aguardando demasiado tiempo entre mis manos y mi garganta, acurrucadas como gusanos de seda, mariposas que se pudrieron sin ver la luz. Por eso mi historia no puede ser otra cosa que el relato de ese fracaso. Un fracaso animal que desgarra mi cuerpo por dentro. Necesito deshacerme de él, extirparlo como un tumor, depositarlo en un tarro de cristal y observarlo como los cirujanos observan los cánceres más insólitos. Con miedo y fascinación. Con respeto. Con una mínima sensación de triunfo.

Una vez leí que uno no empieza un diario para saber quién es, sino para dejar constancia de lo que ha sido. Para recuperar el sentido de una vida banalizada que está a punto de perderse. Acepto la emboscada de los recuerdos como una consecuencia inevitable, igual que acepto el desprecio y la indiferencia de los demás. Aunque tampoco sé si se trata de un diario. Y mucho menos de unas memorias. Soy un hombre sencillo que aprendió de libritos de segunda el efecto brutal de las palabras. Solo deseo que los buitres que sobrevuelan mi casa mueran envenenados por su propia avaricia. Que las arpías que creen saberlo todo de mi soledad se atraganten con sus chanchullos. Me han condenado y tengo derecho a defenderme. Sé que para liberarme de ellos debo escribir sobre mí. Lo contrario sería mostrar un reguero de sangre sin enseñar al herido, destapar una fosa donde no yacería ningún muerto.

Mi casa, cercada a derecha e izquierda por dos familias que negocian a mis espaldas con un fondo de inversión, se hunde conmigo en la ruina. Los inversores son alemanes y han contratado abogados, ingenieros y arquitectos que traducen sus órdenes y sus deseos a nuestro idioma. Tipos que no se atreven a comprar un traje en rebajas sin el visto bueno de sus mujeres, pero son capaces de traficar con los solares vacíos y las viviendas decadentes de Granada. De la mía es fácil hablar. Al parecer, el cartel de NO SE VENDE ha resultado incendiario. Cualquiera que pasee una tarde de otoño por la Carrera del Darro habrá sentido la tentación de proyectar planos a mano alzada sobre su estructura, una construcción de tres pisos que hasta hace poco fue un hostal gestionado por mi familia durante tres generaciones. El negocio debajo y la casa familiar encima, como una gigantesca tortuga de Galápagos. A pie de calle, pasada la recepción, estaba el comedor de huéspedes decorado con lienzos de paisajes granadinos, jarrones con flores falsas y lamparillas que propiciaban cierto recogimiento en las tardes compartidas, antes de que los clientes reclamaran la indiferente presencia del televisor. Al fondo, una puerta de ojo de buey conducía a la cocina, reino del aceite recalentado y el caos, y desde ahí se accedía al almacén, donde uno podía perderse entre sacos de grano, latas de conserva y garrafas de vino, y las ratas aprendían a poner sus camadas a salvo del veneno barato que nos podíamos permitir. Cuando se fue el último cliente purgué los radiadores del primer piso, puse bolsitas de espliego en los cajones y cubrí los muebles con sábanas. Eché la llave de cada puerta y sentí que estaba enterrando una parte de mi pasado. Ahora lo único que queda con vida es mi casa, ubicada en el último piso y remodelada al gusto de un hombre solitario. Un salón con aire de museo de provincias, una cocina funcional, un cuarto de baño y una habitación a la que apenas regreso, vencido por la tentación de pasar otra noche en el sofá.

Lentamente, malgastando cada segundo como si en lugar de una muerte planificada según las estadísticas de cualquier afección corriente mi vida estuviera condenada a la eternidad, recorro la estancia con la mirada. Los objetos me devuelven su sombría presencia, su rendición material de telas raídas y maderas agujereadas por la carcoma. El típico boato de un infeliz con pánico al mundo exterior. Óleos de naturalezas muertas y marcos dorados. Pantallas de lámparas deshilachadas y figuras de cobre manchadas de cardenillo. En la estantería, junto a las miniaturas de porcelana y las fotografías en blanco y negro, conservo la colección de discos que ya no escucho, las cintas de cine antiguo y las novelitas policiacas que me cansé de leer. El suelo sigue cubierto de alfombras que piden una sacudida a gritos, pero desde que se jubiló Milagros, la mujer que me ayudaba en la pensión, no he querido que nadie toque mis cosas. El sofá está orientado hacia la ventana principal del salón, entrecerrada para mantenerme a salvo de las buenas intenciones de los vecinos. Pero si me obligo a resistir esta penumbra no es para protegerme de ellos. Detesto verme. Mi piel se ha convertido en una superficie ajena cargada de malos recuerdos. Y también detesto que estos trastos vayan a quedarse aquí cuando me vaya, comprados a saldo por cualquier pareja joven con nostalgia de una época que no vivió. Una pareja que no sepa nada de mi vida, dispuesta a borrar mi rastro y a dejar que sus críos ensucien y rompan aquello que escogí con la esperanza de llegar a ser, alguna vez, un hombre distinto.

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Autora: Vivi Alfonsín. Título: Ningún otro infierno te espera. Editorial: Malpaso. Venta: Todostuslibros.

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