Mi estantería de libros pendientes —de leer, claro— es un Frankenstein elaborado con madera proveniente de Ogigia. Colapsan sus baldas, sine die, criaturas de tinta y celulosa de todo orden, sexo, condición y origen: recomendaciones de amigos; ejemplares de promoción; tomos que en su momento me interesaron y que, al poco, dejaron de hacerlo; regalos deseados y no deseados; desechos de tienta, etcétera. Sade y un ensayo sobre la leyenda negra. Si te dicen que caí y Un mundo para Julius. Un Camille Paglia elogiado por David Bowie y una novela superventas de una autora juvenil que jamás leeré, pero que por ahí ronda. Y así.
Cada equis, y quien dice cada equis, dice cada no sé cuántos meses, me sumerjo en la biblioteca del olvido, en ese territorio narcótico voraz en el que priman la cantidad y la desidia, pero que también conforman obras maestras y joyitas discretas, poco conocidas, que proporcionan todos los ingredientes que debe tener un buen libro. El otro día, por ejemplo, rescaté de los dominios de Calipso una novelita deliciosa que me regalaron hace tres años y unos pocos meses: Dos vidas, del escritor Emanuele Trevi, publicada en España por Sexto Piso en 2022, y Premio Strega en 2021.
El autor aborda su amistad con dos escritores, Rocco Carbone y Pia Pera, ambos muertos. Al primero le diagnosticaron un trastorno bipolar y, con la escritura, estimulaba sus dos talentos “peligrosos y destructores” –el de amargarse la vida y el de decepcionarse con el prójimo–; la segunda obtenía mucha más felicidad de la amistad que del amor y se sintió atraída por capullos. Carbone finó en extrañas circunstancias –paso del destripamiento–; Pera, enferma de ELA. Ella cae mejor que él, que debió ser un tipo entrañable, pero, sobre todo, insoportable, de calle.
Según Trevi, vivimos dos vidas, y ambas tienen fecha de caducidad: “La primera es la vida física, la de la sangre y el aliento; la segunda es la que se desarrolla en la mente de quienes nos amaron. Y cuando la última persona que nos conoció muera, nos disolveremos, nos evaporaremos para siempre, y comenzará la grande e interminable fiesta de la Nada, en la que el aguijón del recuerdo no podrá ya herir a nadie”. El novelista italiano sostiene que la escritura es un método estupendo para evocar a los muertos, y aconseja “a quien eche de menos a alguien que haga esto: no pensar en esa persona, sino escribir sobre ella”: “Enseguida verá cómo el muerto se siente convocado por la escritura, cómo encuentra siempre la manera de aparecer en las palabras que escribimos sobre él y se manifiesta como por propia voluntad, cómo no somos nosotros los que pensamos en él, sino que es realmente él que aparece”. En su opinión, nuestros amigos son “representaciones de las épocas de la vida que atravesamos como si navegáramos por un archipiélago en el que vamos doblando cabos que nos parecían lejanísimos y quedándonos cada vez más solos, sin saber con qué escollo nos tocará algún día chocar también a nosotros”.
Llevo varios días centrifugando fragmentos como los que aquí he citado. Jamás he escrito sobre mis muertos, incluso sobre los que aún viven —entiéndase la metáfora, a ver—, por si vuelven. Y me pregunto, con la aguja de la brújula girando como una cabra loca, en qué punto del archipiélago me hallo. Será la crisis de los treinta y siete. Será porque todos, en definitiva, habitamos en la biblioteca del olvido. Será porque he recordado quién y en qué circunstancias me regaló la novelita de Trevi –más vale tarde, poeta–. Y será, sobre todo, porque el libro me ha gustado mucho.


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