Hay algo obsceno en la blancura de los Alpes, una pureza que no da lugar a los matices. En la película Fuerza mayor (2014) el director Ruben Östlund echa mano a esto para crear el escenario perfecto del fusilamiento simbólico. La tragedia no es la avalancha. La tragedia es el teléfono móvil, o mejor dicho, es lo que Thomas elige salvar antes que a su mujer y a sus hijos.
Y lo que sigue no es cine catástrofe sino la autopsia de una masculinidad a la cual los hombres no pueden renunciar. El patriarca, esa construcción de mármol de la que a veces se queja el feminismo, según convenga, se desmorona más rápido que la nieve. Thomas no sólo se acobarda, también defrauda el guión que la cultura escribió para él. El machirulo sale corriendo con el rabo entre las patas y su señora mujer no se lo perdonará nunca. Porque a nosotras se nos exige, cada vez menos, el sacrificio silencioso de criar y sostener la casa, pero a ellos se les pide (ineluctable) que sean los héroes cuando el techo se cae, cuando el barco se hunde, o al menos que finjan serlo.
Östlund nos pone frente a esa incomodidad. Queremos un hombre dócil, buenudo, mariconazo, pero depende cuándo y para qué. La película ofrece una mirada cruenta sobre cómo las expectativas sociales son neuróticas, contradictorias e inconformistas. La niebla se disipa, la familia vuelve a la mesa pero queda el vacío de un contrato que se rompe para siempre. El muchacho tratará de negarlo, porque ni él puede perdonarse, pero Ebba, inflexible, ya lo ha condenado. Thomas ya no es el hombre de la casa, es un turista que olvidó que en la vida no hay efectos especiales que te salven cuando corres en la dirección equivocada.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: