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Misión cumplida, de Álvaro Menén Desleal

Misión cumplida, de Álvaro Menén Desleal

No es que no me acordara, es que no lo sabía… No sabía que la Exposición del Siglo XXI (Century 21 Exposition) fue una feria mundial que se celebró en Seattle, en el estado de Washington, desde el 21 de abril al 21 de octubre de 1962. Recibió —según sus organizadores— casi diez millones de visitantes y fue de las pocas expos rentables de su tiempo. Su lema, «Living in the Space Age», se proponía, efectivamente, adelantarse a los avances de ciencia y tecnología de las siguientes décadas. A determinada gente le gusta vivir en dimensiones espectaculares. Y mandando, si pueden.

Aquel provechoso fenómeno sirvió para que esa ciudad, sede de la fábrica de aviones Boeing —que por fin había despegado al estallar la Segunda Guerra Mundial—, cobrase más dinamismo empresarial y de innovación.

Como estaba previsto, la muestra dejó un legado palpable sobre la Tierra. Los cada vez más habitantes de Seattle heredaron un recinto ferial, unos cuantos edificios —deportivos, de artes escénicas, museos, centros comerciales…— y algunas de las teatrales obras públicas que se levantaron. Como los 184 metros de altura de la Space Needle, la Aguja Espacial, un disco flotante convertido pronto en un restaurante de cúpula giratoria.

Pero sí: la Century 21 Exposition revitalizó la trama económica y cultural y de consumo de Seattle. Fue además punto pionero de reivindicaciones ecologistas, en urbanismo, en participación ciudadana, en favorecer la vanguardia tecnológica y cultural.

El presidente John F. KennedyJack, para sus más cercanos— intervino en la inauguración. Aunque lo hizo a unos cinco mil kilómetros, por vía telefónica y por control remoto. Desde Palm Beach, en Florida, y no en persona en la ciudad de Seattle. Aquel día, Sábado Santo, estaba de vacaciones con los suyos. Durante su intervención a distancia, pronunció un breve discurso y accionó una llave de telégrafo de oro con historia, conectada a un radiotelescopio. Este aparato captó la señal de una estrella alejadísima (Casiopea A), un resto de supernova, para dar inicio oficial al evento.

"Tampoco acudió JFK a la ceremonia de clausura el domingo 21 de octubre de 1962. Canceló el viaje alegando un fuerte resfriado"

Tampoco acudió JFK a la ceremonia de clausura el domingo 21 de octubre de 1962. Canceló el viaje alegando un fuerte resfriado. Pero en realidad había tenido que regresar de urgencia a Washington D. C. para gestionar la crisis de los misiles de Cuba, trece difíciles días para el Gobierno de Estados Unidos y para el que encabezaba Jrushchov en la Unión Soviética, las dos potencias de la Guerra Fría.

Entremedias, el 18 de junio de 1962, un joven escritor salvadoreño terminó este microrrelato. Casi tanto como el título de «Misión cumplida», la dedicatoria «A Ray Bradbury, en Marte» orientaba la lectura. Bradbury ya era célebre por Crónicas marcianas (1950) y por la novela distópica de 1953 Fahrenheit 451.

Pocas semanas después formó, con este cuento y otros cuarenta que había ido componiendo y revisando en los últimos rápidos meses, un libro. Lo envió, con pseudónimo, a un concurso: el Certamen Nacional de Cultura de El Salvador. A la modalidad de cuento se presentaron quince trabajos. El jurado destacó seis. Y ese tribunal, con unanimidad lenta, dividió, salomónico, el primer premio en dos y también el segundo en dos.

Ese autor centroamericano se llamaba Álvaro Menéndez Leal (1931-2000), revoltoso poeta, expulsado de una academia militar, con inquietudes políticas, boxeador peso mosca en rings de varias repúblicas, narrador, dramaturgo, ensayista y periodista. Fue él quien empezó los telediarios, los noticieros, en su país natal con Teleperiódico. Pronto se dio a conocer literariamente por jugar con la banda sonora de su nombre y apellidos hasta dejarlos, con un provocador tijeretazo, en Álvaro Menén Desleal, rebelde.

Firmó con esa identidad aquel libro. Ganó uno de los dos segundos premios de la convocatoria del Ministerio de Educación de El Salvador y se imprimió a finales de mayo de 1963.

"Pero la trayectoria de aquel libro de Álvaro Menén Desleal no acababa ahí. Pronto recibió acusaciones"

Cuentos breves y maravillosos se abría —se inauguraba— con la formalidad de transcribir varios puntos de las actas del certamen. A modo de prólogo iba una correcta «Carta de Jorge Luis Borges», donde quedaban resaltados —ensalzados— precisamente los logros de esta pieza, «Misión cumplida», y el de alguno de sus hermanos literarios, cierto parentesco con Kafka y el parecido con narraciones de sabores orientales. Y del propio Borges, que a principios de los años sesenta ya empezaba a ser figura internacional.

Pero la trayectoria de aquel libro de Álvaro Menén Desleal no acababa ahí. Pronto recibió acusaciones. Lo rememoró el también escritor Sergio Ramírez: «Las dudas envidiosas no tardaron en estallar como burbujas malsanas en el mundillo literario centroamericano, y sobraron las acusaciones de plagio de los propios textos del libro y las de falsificación burda de la carta de presentación». Varias de esas denuncias aireadas en diarios y suplementos las escribió —dicen— el mismísimo Menén Desleal, experto en campañas publicitarias hábiles. El ruido —dicen— hizo que las ventas mejoraran. La carta, por supuesto, no era original de Borges, como podía adivinarse en la última página del libro. Era una forma de admiración.

Tras leer «Misión cumplida» se aprecia una mezcla acertada de ciencia ficción, de humor que va de la ironía hasta la sátira y un poso de reflexión sobre el tiempo y sus distancias. Y admite vías de interpretación complementarias. Y no tan iguales. Como para qué sirve de verdad desarrollar una soberbia tecnología si se aplica a finalidades más bien ramplonas.

"El microrrelato empieza como si fuera una narración histórica, incluso casi documental. De algo que había ocurrido apenas dos meses antes"

El microrrelato empieza como si fuera una narración histórica, incluso casi documental. De algo que había ocurrido apenas dos meses antes. El narrador ofrece datos concretos sobre la Exposición de Seattle, sobre Kennedy, sobre los recorridos siderales, la velocidad de la onda… Quien lea podría pensar que está ante la reconstrucción de un acontecimiento tecnológico. Pero las últimas líneas del texto van cambiando la perspectiva. Como habrá comprobado ya usted.

Justo esa perspectiva alterada, o desproporcionada, es uno de los pilares de «Misión cumplida». Lo que para unos significa un acontecimiento histórico y tecnológico extraordinario, identificable, rastreable, para otros se limita a ser una misión rutinaria.

Otros temas poderosos proyecta también este microrrelato. Además de la pequeñez del ser humano frente a la extensión del universo, queda flotando la distancia entre la historia y la memoria: si hasta lo que creemos históricamente importante termina desvaneciéndose en la memoria y sus estrellas muertas.

"La historia humana queda reducida a una anécdota casi insignificante frente a la inmensidad cósmica"

Por no hablar también, tras más de medio siglo largo de progresos, y de la escritura de «Misión cumplida», sobre nuestra confianza en la tecnología y el papel del género humano. ¿Nos ayudan siempre las máquinas o solo les obedecemos? Inquietante.

El cuento reflexiona, asimismo, sobre cómo se construye y se pierde la memoria histórica. Para nosotros, Kennedy y la Exposición de Seattle pertenecen aún a un pasado identificable. Para los habitantes de Casiopea A… parece que no tanto.

Otra nota: Little Egypt fue el nombre artístico de una virtuosa de bailes orientales con tantas imitadoras que en Estados Unidos acabó convirtiéndose en sinónimo de «bailarina de la danza del vientre». La historia humana queda reducida a una anécdota casi insignificante frente a la inmensidad cósmica. Y una proeza cósmica puede acabar en un simple trámite administrativo. Burocrático. Los ancianos de Casiopea A conocían bien esos bailes. Una elipsis de veinte mil años, una vivaz condensación de siglos, debe de mover bien las caderas. Y aquí seguimos: creyendo que lo que hacemos es bastante más importante de lo que realmente es. Lo relativo de las perspectivas. Dicen.

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Misión cumplida

A Ray Bradbury, en Marte.

Para inaugurar la Exposición Mundial de Seattle (cuyo montaje requirió cinco laboriosos años y ochenta millones de dólares), el presidente Kennedy, quien se hallaba en Palm Beach, oprimió un manipulador telegráfico de oro. Esto activó una calculadora electrónica en Andover, Maine, la que a su vez enfocó un radiotelescopio sobre la remota estrella Casiopea A, situada a 96 000 000 000 000 000 de kilómetros, para captar una onda que comenzó su viaje a 300 000 kilómetros por segundo hace 10 000 años.

Retransmitida a Seattle, la onda hizo funcionar ruidosas campanillas, encendió luces y provocó aclamaciones en el público. Un hombre lanzó 2000 globos inflados a helio, de un metro de diámetro, con letreros que decían «Seattle Worldʼs Fair 1962» y «See You in Seattle», los que se elevaron por sobre la ciudad desde las cercanías de la Aguja Espacial, iniciándose así la exposición.

10 000 años (terrestres) tardó la onda en llegar de Casiopea A a la tierra. 10 000 años (terrestres) después de ese día inaugural, cuando regresó la onda a su lugar de partida, alguien en Casiopea A llegó a cierta oficina y, cuadrándose respetuosamente frente a un amplio escritorio, dijo:

—Misión cumplida, señor.

El otro apenas levantó la vista de su periódico y dijo a su vez:

—¿La de hoy por la mañana?

—Sí, señor.

El del escritorio pareció satisfecho, y preguntó de nuevo:

—¿Sonaron las campanillas?

—Sonaron, señor. Y se soltaron los globos.

—¿Kennedy en Palm Beach… o como se llame?

—Sí, señor. Y la llave telegráfica de oro, como ordenó.

—¿Aclamaciones?

—Aclamaciones.

—Bien.

Luego, el señor continuó leyendo su periódico. Creyó haber olvidado algo y preguntó, con una deliciosa sonrisita pícara, si había llegado a la Feria la bailarina «Little Egypt», especialista en la danza del vientre. El otro dijo que sí, dio la vuelta y se fue a su casa, para regresar por la tarde. Pero de todo esto hace ya tanto tiempo que los ancianos de Casiopea A apenas guardan memoria de cuando lo oyeron narrar a sus abuelos.■

18-VI-62

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Cuentos breves y maravillosos, Ministerio de Educación de El Salvador, San Salvador, 1963, pp. 41-42.

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