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Leonidio, el pueblo donde sobrevive una lengua de la Antigüedad

Leonidio, el pueblo donde sobrevive una lengua de la Antigüedad

Tras tres horas de carretera desde Atenas, llego a Leonidio, en la costa oriental del Peloponeso. Este pueblo encajado entre el monte Parnón y el mar está rodeado de huertos de berenjena, el producto estrella de la gastronomía local. A la entrada me recibe el tradicional cartel que da la bienvenida a los visitantes. Me llama la atención que, esta vez, la traducción en inglés ha desaparecido, y el idioma principal no es el griego, sino una lengua de la que solo reconozco el alfabeto.

Aparco el coche en el parking municipal y subo por una calle empedrada hasta la avenida principal. Allí me encuentro de bruces con otro de esos carteles bilingües que dice: «Nuestro idioma es el tsakonio. Pregunten y les dirán». Debajo, dos sillas rústicas y una mesa de metal me invitan a sentarme. Pocos minutos después, un hombre de mediana edad se acerca. Se presenta como el dueño de una cafetería cercana con un nombre peculiar: “Hoy hay helado”.

Señalo el cartel que está sobre mi cabeza y le que pregunto que si sabe hablar tsakonio.

Sonríe y dice: ­

—­­­Yo no, pero espera que voy a buscar a alguien.

Antes de que desaparezca calle arriba, aprovecho para pedir un trozo de pastel de nueces y una bola de helado de kaimaki casero.

"Acto seguido, comienza a enumerar los nombres de esos vecinos que hablan la lengua como si yo los conociera de toda la vida"

A escasos metros de mi mesa Constantino, de 82 años de edad, disfruta de una cerveza congelada en compañía de un amigo. Con cierta timidez, me advierte de que él solo recuerda algunas frases que su madre le decía cuando era pequeño, y que en Leonidio hay gente que lo habla mucho mejor que él. Acto seguido, comienza a enumerar los nombres de esos vecinos que hablan la lengua como si yo los conociera de toda la vida.

Le explico que no necesito encontrar al mayor experto, que me basta con escuchar unas pocas palabras y conocer las historias de quienes aprendieron el tsakonio en sus casas. Constantino acepta y pronuncia una frase breve que me deja completamente desconcertada. A pesar de llevar casi dos décadas viviendo en Grecia y tener el C2 de griego moderno, no consigo entender ni una sola palabra.

Al ver mi expresión, sonríe con cierta compasión y traduce lo que acaba de decir: «Hola, ¿Cómo estás? Bienvenida a Leonidio».

En la mesa de al lado está Niki, una vecina que está en compañía de sus sobrinos. Me cuenta que el tsakonio era la lengua de su abuela, que no sabía hablar griego moderno. Cuando le pregunto si ella lo domina, responde exactamente igual que Constantino:

­—Sé un poco, pero hay gente que lo habla mucho mejor.

Empiezo a sospechar que, en Leonidio, encontrar un buen postre es más fácil que dar con alguien que me hable en tsakonio.

Le pregunto si recuerda alguna de las frases que le decía su abuela cuando era pequeña. Tras pensarlo unos segundos, responde:

—Mañana iremos a la playa.

Comienzan a acercarse varios curiosos y se abre un pequeño debate sobre con quién debería hablar. Me aconsejan dirigirme a las dos personas que trabajan en el Archivo Tsakoniá, la institución encargada de preservar el patrimonio histórico, lingüístico y cultural de la región donde se habla este dialecto, pero es fin de semana y está cerrado. Entonces, todos se ponen de acuerdo: debería hablar con Eleni Manu, «una auténtica experta», afirman. Alguien me escribe su teléfono en un papel y me lo entrega.

El último eco del dialecto dórico

El tsakonio está considerada la única lengua viva descendiente del antiguo dialecto dórico, el que se hablaba en la región de Laconia, donde se encontraba la antigua Esparta. Su supervivencia se explica, en parte, por la geografía de la zona en la que se habla: la región de Tsakonia, una estrecha franja de unos 40 kilómetros de largo y 25 de ancho ubicada al este de la región de Arcadia, entre las escarpadas cumbres del Parnón y las aguas del golfo Argólico y del mar de Mirtos. Durante siglos, este terreno montañoso mantuvo a estas comunidades prácticamente aisladas del resto de Grecia y permitió que la lengua evolucionara de forma independiente.

"El tsakonio ha incorporado préstamos del griego moderno y del turco, pero mantiene rasgos fonéticos y gramaticales que lo distinguen claramente del griego moderno"

Según la Crónica de Monenvasía, los habitantes de Tsakonia eran descendientes de poblaciones procedentes de Laconia que buscaron refugio en estas montañas durante las invasiones eslavas del siglo VI. Aunque algunos aspectos de este relato siguen siendo objeto de debate en la actualidad, lo cierto es que esta teoría ayuda a explicar la relación del tsakonio y el antiguo dialecto dórico.

Hoy el tsakonio se habla únicamente en una docena de pueblos del Peloponeso aunque existe también una variante, conocida como el tsakonio de Propóntide, que se desarrolló entre comunidades que emigraron a la costa de Asia Menor.

A lo largo de los siglos, el tsakonio ha incorporado préstamos del griego moderno y del turco, pero mantiene rasgos fonéticos y gramaticales que lo distinguen claramente del griego moderno y del resto de dialectos griegos. Por eso, para la inmensa mayoría de los griegos resulta incomprensible. Guarda, además, similitudes con el grecánico, el griego que se habla en algunos pueblos del sur de Italia.

La mejora de las comunicaciones y la construcción de carreteras a partir del siglo XIX, pero sobre todo la escolarización generalizada y el abandono de las actividades agrícolas favorecieron el uso del griego moderno en detrimento del tsakonio. Según los expertos, otro golpe decisivo llegó con la televisión y, más tarde, con internet, que introdujeron el griego moderno de forma masiva en los hogares de Tsakonia.

En la actualidad el tsakonio raramente se habla en público y sus hablantes son, en su mayoría, personas de edad avanzada. Aún así, en Leonidio no están dispuestos a que su lengua desaparezca. El Archivo Tsakoniás organiza cursos para niños y actividades culturales en un intento de garantizar que uno de los dialectos más singulares de Europa continúe sonando en sus calles.

Una lengua aprendida en casa

A escasos metros del café, en un edificio de piedra decorado con aperos agrícolas y enormes cestos de mimbre, está el colmado de Ilías Kyrios: «la gran mayoría de los objetos que tengo aquí y en el restaurante, son de la cultura tsakonia», dice con orgullo. A sus 67 años, es uno de los principales guardianes del tsakonio y de su cultura: «El tsakonio era la lengua de mis padres, ellos me la enseñaron. Cuando yo la aprendí no había libros de gramática, se aprendía de forma oral. Ahora hay profesores y libros para aprenderla».

Se siente orgulloso de ser uno de los pocos hablantes que habla el tsakonio con fluidez. «Lo bueno sería que no se perdiera porque es una de las lenguas más antiguas de Grecia. Si no la hablan los jóvenes, se perderá y es una pena». Por eso, explica que quienes la hablan intentan mantenerla viva de la manera más sencilla: «hablándola entre nosotros siempre que podemos».

"Eleni se convirtió en una de las alumnas más aplicadas y, cuando tenía 16 años, un artículo suyo escrito en tsakonio fue publicado por una revista especializada"

Para Eleni Manu el vínculo con la lengua comenzó mucho antes de convertirse en una experta. En su caso fue «decisivo» escuchar hablar tsakonio a las trabajadoras que faenaban en la finca familiar y que no hablaban griego: «Me enamoré del sonido del idioma. Era para mí como una lengua divina», explica.

A aquella niña de 12 años le encantaba pasar horas con aquellas mujeres que le contaban historias en tsakonio. Años más tarde comenzó a aprender la lengua de forma reglada en las clases para niños del Archivo Tsakoniás.

Eleni se convirtió en una de las alumnas más aplicadas y, cuando tenía 16 años, un artículo suyo escrito en tsakonio fue publicado por una revista especializada. El texto llegó a manos de uno de los mayores expertos en el dialecto. Impresionado por el nivel de la joven, se puso en contacto con ella para pedirle un favor: «Me pidió que no dejase morir el tsakonio, que él había hecho lo que podía por mantenerlo vivo pero que ahora era el turno de las nuevas generaciones», recuerda.

Y eso precisamente es lo que ha hecho desde entonces: dedicarse a la enseñanza y a mantener viva la lengua: «El tsakonio es mi oxígeno, mi filosofía de vida; la lengua en la que sueño, en la que pienso. Hago todo lo que está en mi mano para que nuestra generación no la olvide. Creo que cuando una lengua se pierde, se pierde un tesoro, la filosofía y la forma de vida de los personas que hablan esa lengua».

Los restos para la supervivencia del tsakonio

Los últimos hablantes naturales del dialecto pertenecen, en buena medida, a la generación del padre de Eleni y a la anterior: «El ciclo se va cerrando poco a poco», se lamenta.

Uno de los principales obstáculos de su supervivencia ha sido precisamente su transmisión entre generaciones. Según explica Eleni, muchos hablantes naturales no enseñaron la lengua a sus hijos por miedo a que tuvieran dificultades para aprender griego en el colegio.

"Antes de abandonar Leonidio, vuelvo a recorrer sus calles en busca de esa lengua de la que ahora soy capaz de reconocer algunas palabras"

A esto se le suman la globalización y la influencia de los medios de comunicación. «Hay hablantes pasivos del dialecto, como mis propios hijos, que aunque entienden todo cuando les hablo en tsakonio, tienen dificultades para contestarme». Es decir, todavía se entiende pero cada vez cuesta más hablarla.

Antes de abandonar Leonidio, vuelvo a recorrer sus calles en busca de esa lengua de la que ahora soy capaz de reconocer algunas palabras como Angelidi (Leonidio) o kamzía (chicos). Entro por última vez en una de las pastelerías y pido un helado de berenjena. Hace tan solo unos días este dulce me había parecido una extravaganza, ahora me parece un auténtico manjar de dioses. También compro varios botes de berenjenas en almíbar. Me despido de la dependienta y ella me responde con una sonrisa y una frase que no llego a entender.

Pienso entonces en Niki, Constantinos, Ilías y Eleni. Ninguno presume de conocer bien el dialecto, pero todos contribuyen a mantenerlo vivo. Quizá esa sea la fortaleza del tsakonio: no ha sobrevivido durante todos estos siglos por la labor de las grandes instituciones, sino gracias a personas que la usaron en casa, con sus vecinos, con sus hijos y sus nietos, incluso cuando pensaban que alguien lo hacía mejor que ellos.

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