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Los dragones existen

Los dragones existen. No son esos animales de aspecto prehistórico que hemos visto en los libros de mitología ni en las series y las películas. Sus dimensiones no son las de un edificio de tres plantas. No tienen alas ni escamas. Lo que sí hacen es escupir fuego. Se llenan la boca de esa saliva inflamable y arrojan esa flema flamígera como si les quemara la garganta. Es complicado distinguirlos de nosotros. Su apariencia es idéntica, salvo por sus ojos, amarillos y naranjas con la pupila partiendo el iris en vertical. Se han acostumbrado a usar gafas de sol y lentillas. No les conviene que los identifiquen. Ni siquiera su fuego podría derretir las rejas de una prisión. No, al menos, los de aquí. Los de Noruega son capaces de congelar el corazón de un volcán y convertir en astillas cualquier pedazo de carne o acero. Los de Mongolia escupen algo verde que disuelve todo lo que tocan. Pero los de aquí no. La mayoría de los europeos, al igual que los africanos y los del continente americano, solo vomitan llamaradas de un fuego amarillo y denso.

Enzo es un dragón. Me lo ha dicho Mina, su novia. Ella es una salamandra. La pareja perfecta. Tampoco ella es como cuentan las leyendas. No tiene aspecto de anfibio. Quizá tenga los ojos un poco separados y una boca un tanto ancha, pero no se parece en nada a una salamandra. Aristóteles y Plinio el Viejo lo documentaron hace siglos. Y creo que alteraron la realidad para no ponerlas en peligro. Es la teoría de Mina. Yo la creo. Lo que sí es cierto es que son inmunes a las llamas. Quizá por eso se esforzó tanto para conseguir su plaza en el cuerpo de bomberos. Ha trabajado en la UME y ha estado en todas las localizaciones de los últimos incendios. A veces, incluso antes de que se extendieran demasiado. Enzo la ha ido advirtiendo. No lo suficientemente rápido. Los demás averiguaron que era un traidor justo antes de que la primera ola de calor sacudiese el país. Enzo es un dragón renegado.

"Cobraba bien y era un trabajo sencillo. Podía caminar entre las llamas mientras escupía a uno y otro lado y lo veía todo arder. Disfrutaba"

«Es una suerte haberla conocido», me confesó Enzo en la barra del pub mientras Evan y Mina seguían bailando en la pista. Me dijo que antes era un mal tipo, que seguía los dictámenes de toda esa gente que quiere mal al planeta. Cobraba bien y era un trabajo sencillo. Podía caminar entre las llamas mientras escupía a uno y otro lado y lo veía todo arder. Disfrutaba. «Joder, es mi naturaleza». Se bebió media cerveza helada de un trago y exhaló una vaharada de humo denso. No trató de disimularlo. «Ella me complementa y refrena mis impulsos. Yo no soy más aquel hombre». Si lo que decían los filósofos, los alquimistas y los naturalistas era cierto, no le faltaba razón. Las salamandras vivían entre llamas y poseían un frío extremo capaz de apagarlas. Estaba claro que eran tal para cual.

Enzo me recordaba al actor Alexander Skarsgård, el hermano de Bill, el que encarnaba a último Pennywise. Tenía la piel bronceada y cubierta de tatuajes. Mina era todo lo contrario, pálida y sin un solo rasgo de tinta sobre la piel visible. Y si los ojos de Enzo vibraban con ese fuego, los de su novia eran de un azul tan pálido que conseguían templar cualquier enfado o tentativa de odio. Enzo hablaba con ímpetu, gesticulaba con convicción y alzaba la voz cuando exponía sus ideas; Mina, por el contrario, tenía un timbre pausado y agradable, conciliador. Estábamos hablando de cómo se estaba politizando todo en el mundo y Enzo no cesaba de escupir su veneno sobre todos aquellos que anteponían su beneficio a la verdad y mentían con descaro a aquellos que debían proteger. «Si supierais quiénes orquestan a los míos, os caeríais de culo». Mina puso su mano gélida sobre el bíceps torneado del dragón y este se apaciguó al instante. «Seguro que ellos ya imaginan quiénes son; todo el mundo lo sabe», sonrió. «No sería ninguna sorpresa, solo confirmaría las sospechas». Enzo asintió, pero no dejó de hablar.

"La imagen le estremeció. Los vio sonreír con su mirada oculta bajo las gafas de sol. Le subió un calor repentino al reconocerse en ellos"

Íbamos por la tercera cerveza. Por suerte, estábamos cerca de casa y no teníamos que coger el coche después. Evan se había pasado al agua y los refrescos, no obstante. Enzo dijo que él mismo había caminado por las brasas de Huelva y Toledo, mientras sus compañeros exhalaban su aliento con furia sobre aquellos campos. Los reconoció en las noticias de las tres, como público anónimo, cerca de los incendios que habían asolado la sierra de Madrid hacía poco. La imagen le estremeció. Los vio sonreír con su mirada oculta bajo las gafas de sol. Le subió un calor repentino al reconocerse en ellos. Él no había sido muy distinto hasta ahora. «¿Y por qué no denuncias?», le preguntó Evan. Tanto él como Mina sonrieron. Era una sonrisa triste, de derrota y resignación. «¿Para qué? Son ellos quienes lo controlan todo. No serviría de nada». No dijeron nombres. Tal vez no hiciera falta. Enzo dijo que no era solo cosa de los dragones, que había quienes anhelaban su naturaleza pero no eran capaces de escupir una miserable chispa. «Esos son peores. Nosotros somos como somos, no podemos escapar de ello. Esos otros son distintos. Lo suyo es otra cosa». Se refería a quienes hacían el trabajo por ellos de vez en cuando. Esos no necesitaban cobrar por prender la yesca. Sentían un placer enfermizo cada vez que lo veían todo arder.

Hoy estamos con resaca, todo el día tirados. Apenas queda una semana para que acabe agosto y aún hace demasiado calor. Enzo bromeó diciendo que él estaba en la gloria y que, a veces, incluso tenía frío. Mina dice que han venido para quedarse una temporada y que nos veremos más a menudo de lo que creemos. Hemos intercambiado nuestros teléfonos, pero algo me dice que nos veremos las caras antes de enviarnos un mensaje o hacer esa llamada. Ellos se quedaron un rato más en el local cuando nos fuimos. Les apetecía quemar la noche y ver amanecer a la orilla del mar. «Este es un buen sitio para comenzar de nuevo», dijo con la esperanza brillando en esos ojos y las manos de Mina entre las suyas. «Sí que lo es», le contesté yo como despedida.

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