Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 26 de agosto de 1936: González Peña y la carta de mi bisabuelo asturiano
En Sama siempre se habló del dinero que se llevó Ramón González Peña de Oviedo. El generalísimo del 34 y héroe de Asturias, el diputado del PSOE, tenía encomendada la dirección de la sovietización de la provincia y las operaciones militares. Para ello estuvo en contacto con jefes de las diferentes columnas que ocuparon Oviedo en los días posteriores al cinco de octubre de 1934.
Para entonces había fracasado la revolución en Madrid, en Andalucía y en Cataluña, pero no en Asturias. En el cielo aparecieron aviones lanzando octavillas. Explicaban que el Gobierno dominaba todo el país, que el Ejército entraría pronto en Asturias, y que los cabecillas de la revolución serían buscados y llevados ante un consejo de guerra.
González Peña, tras decir que mientras quedase un minero luchando él estaría a su lado, se reunió con el Comité Revolucionario Provincial y propuso la retirada. Algunos líderes socialistas se opusieron, pero ganaron los partidarios de González Peña. El Comité se disolvió y ordenó la retirada, aunque la lucha siguiese en Oviedo. Según se supo más tarde, ese día se repartió el dinero del Banco de España entre los comités de Sama, Mieres, Sotrondio y Valdano.
Tras la caída de Oviedo se formó un nuevo Comité Revolucionario en Sama presidido por Belarmino Tomás, quien negoció la rendición con López de Ochoa (al que dos años después se lincharía). Mientras tanto, no se sabía nada de González Peña, que siguió escondido y solo se entregó a la Guardia de Asalto un par de meses más tarde.
De los quince millones y medio del banco se recuperaron cuatro. Otro millón y medio lo robó algún miembro de los comités mineros. El paradero del resto nunca se conoció, aunque cerca de cinco millones se depositaron en una cuenta de Bruselas administrada por Belarmino.
En Oviedo quedaron arrasados conventos, fábricas, el teatro Campoamor, el cine Jovellanos, hoteles, bancos, los almacenes Simeón y la mayoría de edificios públicos. Josep Pla, cuando fue invitado por el Gobierno a visitar la ciudad, quedó impresionado e hizo una descripción apocalíptica de un escenario hasta entonces, dijo, solo había visto en fotos tras los bombardeos de la Primera Guerra Mundial. Prácticamente no quedó piedra sobre piedra.
Por eso nunca me ha sorprendido que en verano de 1936, cuando los mineros volvieron a cercar en el cuartel de Pelayo a Aranda, mi bisabuelo huyese de Sama y se refugiase en Oviedo, con la ciudad bajo el fuego cruzado de los milicianos y los sublevados acuartelados. El miedo que le tenía a Belarmino era terrible.
Al cabo, el veintiséis de agosto apareció el cartero en Sama con una nueva carta suya, esta vez de su puño y letra. En ella le escribía a su esposa, sorda, y a sus dos hijas, que confiaba en que la guerra terminaría pronto para regresar a casa.
Pero la guerra se prolongó mucho más de lo que nadie esperaba, y ya no llegaron más noticias suyas.


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