Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 31 de agosto de 1936: El cuñado de Azaña y Ortega
Madrid era un barco que se hundía, y las ratas huían. Cipriano Rivas Cherif la abandonó a finales de mes. Pero no era el único. En el mismo tren en que viajaba con esposa e hijos, coincidió también con el insigne José Ortega y Gasset. Ortega llegó a la estación escoltado por dos automóviles de milicianos armados: la influencia de su hermano Eduardo.
El filósofo estaba entre los muchos fugitivos que abandonaban la capital y Cipriano supuso que el país, hasta que, hablando en el tren, Ortega le confió que pensaba quedarse en Alicante, que no cogería ningún pasaje.
Como le preguntó adónde se dirigía él, Rivas Cherif dijo que primero a Marsella. Su barco salía al día siguiente. Su destino final era Ginebra, donde iba en sustitución de un cónsul fugado, recién pasado al bando rebelde.
No observó nada Ortega. Y sin embargo al día siguiente, el treinta y uno, Cipriano volvió a encontrárselo en la cubierta de su vapor. Supuso que Ortega había entendido que era mejor viajar por mar a Marsella que atravesando Valencia y Cataluña, aunque notó algo embarazado al gran intelectual.
Por lo demás, el vapor francés, un correo oficial de Argelia, resultó ser un barcucho infecto donde Rivas Cherif se vio obligado a cederle a Ortega el único camarote decente, puesto que iba tan delicado de salud, según le comentó su mujer.
Ya subidos a bordo, ambos tuvieron ocasión de ver abandonar también el puerto a un crucero inglés en el que viajaban a título de refugiados numerosos facciosos que huían de la revolución. Muchos llevaban brazaletes bien a la vista con la bandera cubana. El espectáculo era lamentable y Cipriano lo comentó con Ortega.
—Ya se sabe, cuando el río está revuelto… —replicó don José. Y señaló dramáticamente la línea de la costa—. ¿Cree usted posible que vuelva a haber ahí una civilización?
El viaje no fue fácil. Se hacinaban todos en cámaras pequeñísimas. La cubierta estaba abarrotada, pese al precio carísimo del pasaje. Para muchos, Rivas Cherif personificaba la hidra revolucionaria y, mientras al principio le ojearon con respeto, casi con temor, a medida que se alejaban de tierra empezaron a demostrarle una hostilidad que no dejó de incrementarse con el paso de las horas.
El propio Ortega, que al zarpar se mostró locuaz e incluso pedante, no tardó, el también, en perder interés y distanciarse. Y aun así Cipriano aprovechó para tantear a su hijo sobre la posibilidad de que el filósofo madrileño quisiera aceptar un cargo de embajador en alguna de las capitales europeas donde empezaba a haber cada vez más puestos vacantes.


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