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6 de septiembre de 1936: Entrevista a Pío Baroja

6 de septiembre de 1936: Entrevista a Pío Baroja

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 6 de septiembre de 1936: Entrevista a Pío Baroja

Transcripción de una entrevista a Pío Baroja hecha en San Juan de Luz por el uruguayo Pablo Minelli. El texto es de su puño y letra y se conserva en un archivo particular de Madrid. Pese a su longitud, lo transcribo íntegro.

Los políticos españoles refugiados en la frontera no se atreven en este momento a hacer declaraciones comprometedoras. Los diplomáticos callan. Nadie quiere decir nada. Los demás españoles hablan en su grupo con aire de conspiradores y con gran reserva. Esperan que los platillos de la balanza caigan de un lado o de otro para ser más explícitos. Aquí, en San Juan de Luz, hay un refugiado español no político, un novelista, y vamos a verlo.

Don Pío Baroja es un escritor vasco que pasa el verano en Vera de Bidasoa, aldea fronteriza de Navarra. Ha escrito novelas y libros de ensayo. Fue elegido miembro de la Academia Española hace un año sin solicitarlo y escribió un discurso de ingreso que produjo cierta emoción y cierto escándalo. Don Pío Baroja se ha visto un día de julio en su tierra natal preso por los requetés carlistas y ha tenido que escapar a Francia.

Ahora vive en San Juan de Luz, en un pequeño restaurant de obreros y de campesinos del camino de Ascaín que se llama Restaurant du Petit-Pont. Mr. Baroja tiene cierta fama de retraído y huraño. Le encuentro sentado a la mesa comiendo solo, con aire melancólico delante de una mesa pequeña. El señor Baroja es un hombre de más de sesenta años de barba blanca en punta, de expresión resignada. Viste de negro y lleva constantemente la boina vasca. Ha sido médico de aldea hace muchos años. No tiene ningún reparo en hablar. Al revés, se le ve que habla con delectación. Le abordamos y le preguntamos sobre los sucesos actuales de España.

—Yo soy un observador mejor o peor de la vida española —nos dice—. Mis opiniones políticas tienen poco valor.

—No, eso no. Usted es un hombre independiente y sus juicios sobre los acontecimientos del momento pueden tener interés.

—No sé. Hubo una época en que todos creímos que España se amansaba del todo, casi pensábamos que demasiado. La política no apasionaba, había pocos crímenes y algunas cárceles empezaban a estar vacías. Parecía que el pequeño burgués descrito por ciertos escritores como Pérez Galdós, la Pardo Bazán, Palacio Valdés y otros iba triunfando y dando la nota del tiempo. Al venir la República todo esto cambió; el país comenzó a encresparse y el español fiero de otros tiempos apareció en escena. Ahora ha llegado el pasopismo (sic). El toro que parecía convertirse en buey tranquilo de trabajo vuelve a ser toro y toro furioso.

—Y como explica usted ese cambio? ¿De dónde nace esa violencia? ¿Qué raíz tiene?

—Ah. Ese es un problema que no hemos resuelto los españoles y que naturalmente lo resolverán menos los extranjeros. ¿Es la raza? ¿Es el clima? ¿Es el suelo? ¿Es cuestión de cultura? No lo sabemos.

"España es un mundo pequeño aparte. Para conocer nuestro país lo más esencial además de su étnica y de su geografía sería estudiar la historia antigua y después el siglo XIX"

—¿Usted qué cree?

—En la raza tiene que haber algo predominante, pero no sabemos qué. Por ahora, antropólogos y etnógrafos no han llegado a ninguna conclusión. A los prehistoriadores les ocurre lo mismo. Se habla en periodos ya históricos de ligures, de iberos, de celtas, de vascos, como primitivos pobladores de España pero no se sabe si estos nombres son étnicos, lingüísticos o geográficos. Tampoco se puede discriminar dentro de la historia la influencia de griegos, romanos, godos y árabes. A pesar de lo aparentemente vario de nuestros orígenes resulta dentro de lo étnico que hay una gran unidad de tipo en el español. Así los antropólogos se encuentran un tanto perplejos al ver que en España no hay apenas núcleos de tipo gótico o árabe, sea porque las aportaciones de sangre extranjera han sido débiles o porque el medio ambiente las ha dominado y eliminado. Yo creo que la España actual es étnicamente igual que la del tiempo de Numancia o del tiempo de Séneca.

—Así que esta violencia de ahora es según usted una violencia ancestral.

—Eso es. En el sitio de Calahorra los sitiados se comen a los muertos; los sitios de Numancia y de Sagunto se corresponden al cabo de siglos con el de Zaragoza en tiempos de Napoleón; la guerra contra el Imperio Romano en España se alarga más que en ninguna parte.

—¿Y no habrá en esto algo africano?

—No lo creo. Se dice por algunos que España es un pueblo africano de influencia mahometana y con predominio de raza árabe. El aserto me parece falso y superficial. Esa influencia árabe y mahometana no se advierte en España. El árabe se parece poco al español física y sicológicamente. El mahometano ha sido muy tolerante en religión, el español no lo ha sido. El árabe y el moro son monoteístas de corazón. El español es politeísta por instinto. El árabe ha buscado la voluptuosidad en la vida, el español ha sido austero. El árabe gusta vestir de claro, el español de negro. El español contempla la Alhambra con asombro y con desdén. No le gusta. A mí me pasa lo mismo. La fiesta más clásica de los españoles, las corridas de toros, a los árabes y moros les disgusta.

—Usted cree que no se conoce bien España ni fuera ni dentro.

—Eso me parece. España es un mundo pequeño aparte. Para conocer nuestro país lo más esencial además de su étnica y de su geografía sería estudiar la historia antigua y después el siglo XIX.

"Al español no le gusta el término medio. O lo uno o lo otro, como decía Kierkegaard. Ya ve usted en la literatura, todo son extremos: Don Quijote y Sancho. El Cid y Don Juan"

—¿Y por qué el siglo XIX?

—Es que en muchos siglos anteriores a este en plena Edad Media y en épocas más modernas de los Austrias y de los Borbones, España vive para afuera. En la época antigua y en el siglo XIX España vive para dentro. Ahora ni del periodo antiguo ni del moderno tenemos una buena historia.

—¿Y qué es lo que caracteriza según usted a estas épocas en las que España vive para dentro?

—Yo creo que la violencia, y con la violencia el dualismo, lo que se podría llamar el extremismo. El bien y el mal separados por un abismo. Esto es algo como el maniqueísmo: Ormuz y Ahriman. Al español no le gusta el término medio. O lo uno o lo otro, como decía Kierkegaard. Ya ve usted en la literatura, todo son extremos: Don Quijote y Sancho. El Cid y Don Juan. En el arte por un lado la severidad del Escorial por otro el barroquismo de algunas fachadas y capillas con una ornamentación que llega a la locura. En la religión pasa lo mismo. Para santo Domingo y para san Ignacio de Loyola la santidad es acción y acción casi militar; para san Juan de la Cruz, fray Luis de León o Molinos la santidad es solo quietud y contemplación. España física y espiritualmente es un país de contrastes violentos. La flora de ingenio es rica pero no aprovechable porque no se conoce. Todas las aportaciones a la cultura y a la historia de los españoles son frenéticas. Hernán Cortés y Pizarro, Calderón y Tirso, Quevedo y Góngora, Zurbarán y Goya son un poco energúmenos; como lo son otros muchos, entre ellos los jesuitas casuístas a quienes ataca Pascal, el padre Mariana, que defiende el regicidio, Miguel Servet, que muere por un tiquismiquis teológico, el abate Marchena, que explica el ateísmo por principios… Todo ese frenesí de la raza vuelve hoy por esa vuelta eterna que idearon los filósofos griegos como Heráclito y que tanto preocupaba a Nietzsche en su última época, pero no vuelve a la cabeza de un solo individuo o de un grupo sino a la colectividad. La colectividad es brutal; en España tiene que ser peor.

—¿Pero vuelven las ideas o los instintos?

—Las ideas quizá sean lo de menos. Lo que perdura son los instintos. Ya ve usted esa política del Frente Popular. Yo creo que es muy poca cosa. Para Francia constituye por ahora uno de tantos periodos de su historia que le permite seguir su vida. En España produce una guerra civil, una convulsión mística con fusilamientos y horrores. Ahora también el español se dice “o lo uno o lo otro”, como Kierkegaard, pero la civilización no es ni lo uno ni lo otro, sino el término medio.

"No se sabe si es que no hay grandes hombres o es que el mundo ha perdido su capacidad de admiración por ellos. Sea una cosa u otra, para los efectos de la vida es lo mismo"

—¿Y la cuestión de derecho no le interesa a usted?

—Nada.

—¿No cree usted en el derecho político?

—No. Creo que eso del Derecho es un mito religioso que perdura.

—¿Y qué partidos están ahora en lucha?

—Supongo que lo sabe usted tan bien como yo.

—No con todos los detalles.

—Pues hay la derecha y la izquierda actuales. En la lucha a los de la derecha les llaman ahora los rebeldes, los nacionales y aquí en el País Vasco los blancos. A los de la izquierda se les designa con los nombres de gubernamentales, marxistas y rojos. La derecha está formada por carlistas, fascistas, monárquicos alfonsinos y militares republicanos. La izquierda la constituyen nacionalistas catalanes y vascos (estos católicos fervientes), republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas. Los dos frentes tienen ideologías diferentes pero les une el odio al enemigo común.

—¿Y quién vencerá?

—¿Quién lo sabe? Nadie tiene datos claros para prever el resultado final. Opiniones que valgan no hay. Muchos, la mayoría, quieren dar sus deseos por juicios de algún valor.

—¿A usted qué le parece lo más conveniente?

—Yo creo que si vencen los militares la mayoría de los españoles podrá vivir medianamente. Habrá quizá conmociones severas, pero se podrá vivir. Ahora, si vienen los rojos pasarán muchos años para que se pueda vivir con un poco de calma.

—¿Y no supone usted que un político importante un grande hombre pueda sugerir una solución?

—¿Y dónde están esos grandes hombres?

—¿No cree usted que haya grandes hombres?

—Lo cierto es que no se sabe si es que no hay grandes hombres o es que el mundo ha perdido su capacidad de admiración por ellos. Sea una cosa u otra, para los efectos de la vida es lo mismo.

Don Pio Baroja se pone a hablar de prehistoria, que es lo que actualmente al parecer más le interesa, y le saludamos y le dejamos tomando café en el pequeño restaurant del camino de Ascain entre algunos obreros y campesinos.

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Aniceto
Aniceto
9 horas hace

Increíble. Don Pío en estado puro. Documento interesantísimo, aunque creo que al “pensamiento único” no le habrá gustado mucho.

Raúl
Raúl
41 minutos hace
Responder a  Aniceto

No molesta mucho. Simplemente se equivocó: la España invivible fue la de los militares, pobreza, hambre, miseria extrema, represión, vergüenza, crueldad, incultura. Pero bueno, a los del “pensamiento liberal” siempre os quedará que Baroja dijo cosas “desde Francia”.