Una doctora intenta ayudar a una niña que ha dejado de dormir y de ir a la escuela. Mientras la trata, conoce a su abuela, una mujer marcada por los años más duros de la posguerra, cuando la guerrilla antifranquista, la represión y el hermetismo marcaron para siempre el destino de muchos lugares.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Una noche de 1947 (Lumen).
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Nieves conduce en la noche por una carretera secundaria. Los árboles han perdido su color. Parecen negros, oscuros como la brea. Sabe que no lo son realmente, que el verde la recibirá por la mañana. Casi casi es lo que más le gusta de esta vida: colores y olores nuevos. Hasta el aire es distinto aquí, tan puro que pincha cuando sale de casa para ir a la consulta. Lo que le advirtieron que sería lo más pesado, conducir de un dispensario a otro para atender a sus pacientes, lo disfruta. A un lado, bosques y barrancos, al otro, bancales; más allá, la vega con sus campos de almendros, de olivos, de cereales. Y de fondo, los montes, siempre los montes.
En la casa que ha alquilado encontró una silla plegable, y en noches templadas la saca al patio, mira al cielo e intenta deducir las constelaciones. Entonces lamenta no haberse apuntado de niña a los scouts como su hermano. Sabría muchas más cosas del firmamento, de los bosques, de los animales. No era muy aventurera. Tampoco lo es ahora, quizá por eso ha aprendido poco sobre la naturaleza en estos dos años. Le da apuro preguntar. No quiere que sepan que no sabe. No es que le inquiete el qué dirán, es que se pone colorada con solo imaginarse preguntando al pastor o a la masovera. Prefiere estudiar. Lo primero implica arriesgarse y tocar al otro, lo segundo lo puede hacer por su cuenta. Además, sería delatar que no pertenece, como ellos, al campo. Y si algo lamenta Nieves es no pertenecer. Le gustaría sentir cercanía, pero es reservada. No, digámoslo con claridad: es tímida, no sabe acercarse. Puede permanecer muchas horas callada, sin necesitar a nadie a quien contarle ni que le cuente. Si echa en falta la voz humana, enciende la radio. Con eso le basta.
Tampoco comenta nada cuando se dirigen a ella en esa lengua que ellos denominan «chapurreado». Se esfuerza por hacerse con su vocabulario y sus giros. No revela que le gusta cómo suena y que desearía aprenderla. Aspira a ser una más, a mezclarse con ellos, aunque sepa que esto es improbable; que, aunque pasara cuarenta años en el pueblo, seguiría siendo una forastera. Por eso no quiso ocupar la señorial casona del médico, para no distinguirse aún más.
Y porque Manuel se empeñó en tener un poco de terreno para hacer barbacoas y poner huerto. Nieves le creyó, se ilusionó con el entusiasmo de su novio. Fue a la cooperativa y compró herramientas. Por Navidad le regaló una barbacoa que ahí sigue, en el garaje-cuadra-bodega-trastero. Nieves a veces baja a buscar alguna cosa y ve ese armatoste metálico sin estrenar. Su brillo la hiere, un futuro que no llegó a nacer. Manuel se marchó como vino: sin saber sembrar, ni podar, ni recoger.
Delante de pacientes y vecinos disimula sus carencias, cree que así se protege de habladurías. Sospecha que no serían benevolentes con su desconocimiento, con la fragilidad que siente a veces mientras cena sola frente a la tele. Y es que en general no son benevolentes, al menos no de entrada. Aunque lleve dos años atendiéndolos, aunque la necesiten, aunque su labor sea indispensable y sienta que aprecian su trabajo, marcan distancias. La confianza no la otorgan hasta que se ha demostrado que se merece. Ella se pregunta si tendrá que ver con tantos siglos de miseria y desigualdad, con una sociedad severa dividida entre amos y trabajadores de la tierra, poca escuela y demasiados curas.
Vino de la ciudad creyendo que ese tiempo de penurias estaba superado, que la España en la que vive se pone al día, es parte de la Comunidad Económica Europea y prepara grandes acontecimientos internacionales: unas Olimpiadas en Barcelona y una Exposición Universal en Sevilla. Lo ve en el telediario mientras cena y le parece que ocurre en algún lugar remoto. También hablan de un tren rapidísimo que unirá la meseta con el sur y que van a llamar AVE, pero ella se siente más cerca de los pájaros que se posan cada mañana en el alféizar de su ventana.
Al fin llega al mas, la casa de campo característica de la zona. Apaga el motor. Un perro se acerca ladrando con voz ronca y furiosa. A Nieves la asalta un temor instintivo y vuelve a cerrar la portezuela.
«Venga, que son pastores y no se han comido nunca a nadie», intenta tranquilizarse. De niña la mordió un perro en casa de su mejor amiga, aún conserva unas pequeñas marcas. Perro o no perro, la visita hay que hacerla. La gente de los mases no llama por pequeñeces, están habituados a bregar solos con las dificultades, también las de la salud. Se arma de valor y sale.
—Hola, bonito… Hola, perrito guapo…
El ladrido bien pudiera ser una bienvenida, su modo de celebrar la visita, pero Nieves sabe lo mismo de perros que de estrellas. Al fin se arriesga, baja la mano y lo acaricia. El perro calla y agita el rabo. El corazón de Nieves se apacigua. En la casa se abre la puerta y la silueta espigada de una mujer se recorta contra la luz. Nieves agarra el maletín y se acerca a la casa.
—¿Qué tal, Josefina? ¿Cómo va todo?
—Perdone que la hayamos molestado a estas horas, doctora. Pase usted, pase.
—Para eso estamos.
—¡Quita, Duglas! Qué meloso se pone.
La mujer aparta al perro sin miramientos y ella sonríe encubriendo su temor.
En el dormitorio espera Julián, un hombre mayor acostado bajo unas cuantas mantas, aunque en la habitación no haga frío. No tiene buen aspecto. Le ausculta, le hace preguntas, escribe una receta, deja unos medicamentos. Sin prisa y poniendo cuidado en utilizar un lenguaje claro, le explica a la mujer cómo administrarlos.
—Mañana me llama y me dice cómo responde. No deje de hacerlo. Si no le hace efecto enseguida le tendré que cambiar el tratamiento.
—Descuide, doctora.
—¿Tiene quien les vaya a la farmacia?
La señora asiente mientras la acompaña fuera.
—Sí, señorita Nieves, sí. Baja el mediero en cuanto amanezca. Y perdone que la llame por su nombre, pero la veo tan joven que me cuesta mentarla por el apellido.
No se ofende. Sonríe porque, excepto Josefina, nadie pronuncia su nombre por aquí. Siempre es «doctora» y eso es como no tener nombre, y no tener nombre es como no ser nadie. Se mete en su coche, el perro vuelve a ladrar.
—¡Calla, Duglas, calla de una vez!
Arranca y solo cuando está maniobrando para dar la vuelta, repara en que, en el suelo, junto al asiento del copiloto, hay una bolsa con huevos, unas manzanas, un tarro de miel. Le parece excesivo. La abruma que la agasajen, como si contrajera una deuda involuntaria que se ve incapaz de saldar. Baja la ventanilla:
—¿Por qué se molesta, Josefina?
La masovera hace un gesto vago de negación:
—Si la miel no le va, la vende en el mercadillo. Y no se preocupe por la huevera. ¡Ya me la devolverá!
Antes de que pueda replicar, la señora se recoge en su casa y cierra. El coche parte, ya de regreso.
[…]
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Autora: Ángeles González-Sinde. Titulo: Una noche de 1947. Editorial: Lumen. Venta: Todos tus libros.

Ángeles González-Sinde. © Elena López de Lamadrid


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