Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 11 de septiembre de 1936: Misa en el Alcázar
Ego te absolvo in nomine patris et filii et spiritu sancti…
Había casi mil personas, incluyendo niños y mujeres con ropas andrajosas y escuálidos, pero con un fulgor casi fanático en la mirada. Algunos con lágrimas en los ojos. Los que no, permanecían serios. Los varones evitaban mostrar debilidad. Todos eran conscientes de la presencia en primera fila de Moscardó, que había sacrificado a su propio hijo y lideraba con mano férrea la resistencia.
Ya se habían descargado miles de bombas sobre el alcázar: el estado actual de la fortaleza, con dos torres orientales y la fachada este derruidas, el suelo del patio levantado, las murallas ametralladas de arriba abajo, lo testimoniaba. En los interminables días de asedio, los resistentes habían sufrido el tableteo continuo, día y noche, de las ametralladoras, los incesantes bombardeos que los llevaron a refugiarse en los sótanos, y finalmente el ruido constante de la perforadora que se oía cada vez más cerca, recordándoles la intención de los sitiadores de volar el edificio. Esto último motivó las postreras salidas, organizados en pequeños grupos bajo la dirección del capitán Vela. Con estas excursiones nocturnas se pretendía buscar, en las casas vecinas, la dichosa perforadora. Eso y la necesidad de comida, que tras dos meses escaseaba de manera angustiosa, los obligaba a alguna que otra salida temeraria.
Pero, pese a todo, aquí seguían, consideró el padre Camarasa, observándolos a la luz de las velas. Y aquí estaba él, el canónigo de la catedral de Madrid, por autorización expresa del general Riquelme. El general había hecho un último intento de negociar la rendición enviando como emisario al comandante Vicente Rojo, también sin éxito. Por eso volvió con la petición de Moscardó de que se les enviara un sacerdote.
Era el padre Camarasa un hombre rechoncho, con camisa de cuello almidonado bajo el traje oscuro de paisano, aspecto pulcro y apacible. Había aparecido al pie del Alcázar, con un crucifijo en las manos. Al rato, entró por una brecha abierta en el muro. Y al otro lado lo rodearon varios guardias civiles que lo llevaron a donde le esperaba Moscardó. A él no le vendaron los ojos como al comandante Rojo.
La artillería de los asaltantes les daba una tregua, el tiempo que durase la misa. Se entendía, tras parlamentar con Rojo y rechazar Moscardó la propuesta de rendición, que aquella era la última cortesía del general republicano antes del asalto final y la voladura del Alcázar.
El sacerdote se puso de cara a los congregados para darles la última bendición. Al posar la vista sobre ellos, sabiendo que, en cuestión de pocas horas, todos estarían muertos bajo los escombros del Alcázar, sus caras agotadas le recordaron a los primeros cristianos en sus catacumbas.
—Ite, missa est. Que el señor tenga piedad de vosotros —concluyó.


https://youtu.be/63Ux02LCRVg?is=kRDmEpDwzQNnGsgH
Rechoncho del todo no era Vázquez Camarasa, el vídeo pertenece a ese día. Un ejemplo de lo que fue la guerra, se exilió a Francia 11 días después y Franco no le permite regresar, muere en Burdeos exiliado.