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Roger Vadim, el cineasta que quiso ser un lujurioso diablo

Roger Vadim, el cineasta que quiso ser un lujurioso diablo

Henry Fonda, con mucha guasa, presentaba a Roger Vadim en Hollywood como “el marido francés de mi hija Jane”. Ése fue el principal problema de Roger Vadim, el cónyuge galo de tan celebrada actriz: al final nadie le tomaba en serio. Sus Memorias del diablo (Luis Caralt Editor, 1976), que compré saldadas a un precio irrisorio, poco menos que como papelote, meses después de su publicación, fueron las primeras memorias de un cineasta que atesoré. Desde entonces, estas evocaciones y las biografías autorizadas —las que no lo son suelen parecerme peroratas de un enano injuriando a Gulliver; un mitómano, como yo, abomina por norma de las desmitificaciones— ocupan una buena parte de la literatura cinéfila de mi tesoro. Cine y realidad, el insólito título con el que la mítica revista Film Ideal publicó en la España de 1970, como una de sus separatas; Fun in a Chinese Laundry, las memorias que el gran Josef von Sternberg dio a la estampa en el 52; La vida de un hombre (Raoul Walsh, Grijalbo, 1982) o Mi último suspiro (Luis Buñuel, Plaza & Janes, 1982) son algunas en las que he encontrado mayor conocimiento y deleite. En Memorias del diablo hallé la exégesis a la guasa con la que Henry Fonda se tomaba a su yerno francés e incluso a la superficialidad que, en el mejor de los casos, suele atribuírsele a Vadim, a su cine y a él mismo.

“Yo soy un diablo que crea y plasma la belleza. Un diablo que transforma a jóvenes e inocentes muchachas en diosas de dos dimensiones. Un diablo con tendencias de Barba Azul que se casa con ellas y después se divorcia”, confiesa el propio Vadim (op. cit.). Antes de con Jane Fonda, nuestro cineasta fue el marido de  Brigitte Bardot —a la que moldeó para el estrellato— y después llegó la dulce Annette Stroyberg —la única a la que no logró catapultar tan lejos como hubiera querido—, aunque, en este aspecto, fue peor la suerte de Catherine Schneider, su cuarta señora. Marie-Christine Barrault, ya era una de las grandes actrices de la pantalla francesa —inolvidable en su creación de la Françoise de Mi noche con Maud (Erich Rohmer, 1969)— cuando se convirtió en la última madame Vadim. Y todas ellas se dieron cita en el sepelio de aquel realizador con trazas de playboy de la Costa Azul. Si existe la amistad entre los antiguos cónyuges, el autor de Y Dios creó a la mujer (1956) y su quinteto de exesposas son un ejemplo incontestable. Solo faltó Catherine Deneuve, con la que Vadim tuvo una historia cuando la futura musa del cine galo apenas tenía 20 años. De aquel idilio nació el primer hijo de la actriz, el actor Christian Vadim.

"Puesto a echar el mismo Vadim leña al fuego en el que habría de quemarle la opinión pública de los años 60, nuestro Barba Azul de la cartelera de entonces quiso dar pábulo a su mala fama"

No hay duda de que nuestro cineasta, al igual que Serge Gainsbourg, con quien coincidió en los amores de Brigitte y Catherine en diferentes momentos de las vidas de todos ellos, fue uno de los grandes seductores de la escena mediática francesa de los años 60. Lo malo fue que las diabluras del Vadim seductor —quien quiso ser Asmodeo, el demonio de los apetitos más desordenados— acabaron desvirtuando y ensombreciendo los indudables logros del Vadim cineasta. Hoy, para las furibundas comisarios de la supeditación de la estética a la ética, el creador del mito de Brigitte Bardot en Y dios creó a la mujer sería peor que todos los incluidos en la nómina de la demonología de las religiones abrahámicas juntos: un fascista seductor. Pero a Roger Vadim, además de una de las primeras, y mejores bandas sonoras que el jazz ha dado a la pantalla francesa —la de Las relaciones peligrosas (1959), integrada por piezas de James Campbell, Duke Jordan y Thelonius Monk—, se deben algunas de las primeras versiones de los grandes autores que escandalizaron a los bien pensantes de otras épocas. Sin ir más lejos, puesto a echar el mismo Vadim leña al fuego en el que habría de quemarle la opinión pública de los años 60, nuestro Barba Azul de la cartelera de entonces quiso dar pábulo a su mala fama. Así, fue el primero en llevar a la pantalla al Pierre Choderlos de Laclos de Las amistades peligrosas (1782) en la ya citada Las relaciones peligrosas.

En aquel elenco, además de con Boris Vian —Prévan en aquellas secuencias—, Vadim contó con Jeanne Moreau para incorporar a la perversa Juliette de Merteuil —y al malogrado Gerard Philipe, para recrear a su cómplice en el perverso juego del amor, el vizconde de Valmont— y confió el personaje de Madame de Tourvel —la inocente que acabará sucumbiendo a las corrupciones de Valmont— a Annette Stroyberg, que siempre fue para su marido —mucho menos diabólico de lo que nos quería hacer creer—, la mujer candorosa que quiso corromper en pantalla para escándalo del espectador. “Annette solo tenía un traje de noche, y lo vendió a escondidas para hacerme un regalo el día de mi cumpleaños”, recuerda en su relato el Asmodeo de la Costa Azul cuando la lujuria da paso a la nostalgia: “La dulzura de amarse y las risas sustituían el tumulto lejano de la pasión”.

"Todas las procacidades del cineasta que quiso ser un demonio lujurioso quedaron en nada cuando la Nouvelle Vague irrumpió en la cartelera internacional para ponerla patas arriba"

Y puesto a rendir a su segunda esposa el tributo debido, el realizador al que la crónica social de su tiempo le atribuía todos los apetitos desordenados rodó una segunda versión de Carmilla (1872), la hermosísima historia de vampiras y de amor del gran Sheridan Le Fanu. Y la conversión de esta cima de la novela gótica en Rosas y sangre (1960) resulta ser una película esteticista. En sus secuencias, que podemos situar en la estela de La bruja vampiro (Carl Theodor Dreyer, 1992), en la que el realizador danés había adaptado diferentes historias de no muertos de Le Fanu, Rosas y sangre parece mezclarse con los onirismos de las fiestas del Fellini de La dolce vita (1960) y el posterior. A destacar ese rastro de sangre de la doncella en el vestido de la Carmilla/Mircalla de nuestro Asmodeo de la Costa Azul, visible solo para la no muerta —recreada, huelga decirlo, por Anette Stroyberg— cuando observa su reflejo en uno de esos fabulosos espejos del mundo de los vampiros.

Y por supuesto, está esa versión de Metzengerstein (1832), uno de los primeros cuentos de Edgar Allan Poe, que constituyó la aportación de Roger Vadim a Historias extraordinarias (1968), uno de aquellos filmes de episodios tan al gusto de la cartelera de los años 60, en el que, además de Vadim, Federico Fellini y Louis Malle adaptaban sendas historias de aquel a quien Lovecraft llamó deidad y referencia de toda ficción diabólica.

"Pero ya nadie recuerda a Roger Vadim. Nadie le toma en serio, dejaron de hacerlo en el milenio anterior"

Desnudos en los que no se veía nada, referencias al lesbianismo y las exaltaciones del amor carnal. Todas las procacidades del cineasta que quiso ser un demonio lujurioso quedaron en nada cuando la Nouvelle Vague irrumpió en la cartelera internacional para ponerla patas arriba con sus nuevas propuestas, alumbrar la pantalla contemporánea y dividir en un antes y un después de su irrupción la historia del cine. Hay quienes aún desdeñan aquella nueva ola, por esa secular animadversión autóctona a la cultura francesa, per se. O simplemente —ya en Hollywood— por ese desdén que tienen al cine que consideran literario personajes como el bueno de Robert Zemeckis, que habla airadamente de Godard cuando le preguntan por sus orígenes en los documentales de Netflix y ve literatura en una mera voz en off, Roger Vadim seguro que también forma parte de la Nouvelle Vague. Y no es así. Como tampoco es el atrevimiento de la ignorancia el desdén de quien desprecia todo aquello que no entiende, de quien se cree superior a todo aquello que le supera. En el cine, todo lo que no es literatura es fontanería, vengo diciendo desde que hace cuarenta y seis años empecé a escribir sobre la gran pantalla. El bueno de Robert Zemeckis, con su afán de superficialidad, fue capaz de mofarse de la contestación juvenil de su país en el tiempo de su Forrest Gump (1994). Que le aplaudan otros. Dejó Polar Express (Robert Zemeckis, 2004) para quien le interese. Yo me quedo con Barbarella (1968), el célebre fumetto de Jean-Claude Forest y Claude Brulé que fue la última colaboración de Vadim con su tercera esposa: “A Jane no le gustaba aquel personaje impúdico, tan alejado de las realidades sociales y políticas del momento”, escribe el marido francés. “Creía que carecía de personalidad y buscaba angustiada su identidad”. No cabe duda de que la encontró. Pero algunos años antes, Roger Vadim filmó con sumo tino a esa Jane Fonda perdida en Juegos de amor a la francesa (1964), una adaptación de Arthur Schnitzler sobre la que merece la pena volver. Pero ya nadie recuerda a Roger Vadim. Nadie le toma en serio, dejaron de hacerlo en el milenio anterior.

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John P. Herra
John P. Herra
11 horas hace

Nos ha jodido, así cualquiera. Un tipo que ha estado en brazos de esas mujeres está muy por encima de la fama o del olvido. Hay artistas… Y artistas.