Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 17 de septiembre de 1936: La embajada de Chile
La embajada chilena está hoy en la calle Lagasca, en pleno barrio de Salamanca. La rodean modernas tiendas de moda de las mejores marcas y la bandera ondea en la primera planta de un edificio de seis alturas, moderno, con la fachada chapada en mármol.
—Si llegan con brazalete los dejáis pasar. Al que no, detención. Y dentro, igual. Sin brazalete no se pasa. Y los detenidos van a la Dirección General de Seguridad o a la checa de Bellas Artes, donde os dé más rabia.
Hacía dos meses que los partidarios de la sublevación se refugiaban en embajadas. Las misiones diplomáticas que permanecían abiertas eran suramericanas. Francia, Inglaterra y Estados Unidos se habían trasladado a la frontera. Alemania estudiaba que sus representantes abandonaran Madrid y se instalasen en Portugal. En la embajada nazi se intrigaba constantemente. Entre otras cosas se le achacaba la quema de colchones en la cárcel Modelo, que llevó a la entrada de milicianos y al fusilamiento de presos.
En las embajadas madrileñas, lideradas por las de Chile, Argentina y Noruega, se acogía a cada vez más refugiados. Dada la vigilancia miliciana, los miembros del personal llevaban siempre un brazalete con bandera de su país. Normalmente no se les molestaba, aunque de vez en cuando alguna agresión suscitaba la indignación diplomática, ante la impotencia evidente del Gobierno de Largo Caballero.
—¿Y qué hacemos con los camiones? —dijo el joven miliciano. Ahora llegaba uno lleno de comida. El camión echó el freno en la acera de enfrente.
—Con ellos, igual. Sin banderita no se pasa.
—¡Qué cantidad de comida! Pero ¿cuántos hay dentro?
—¿A estas alturas? A juzgar por los sacos de patatas —dijo el veterano, viendo que el conductor del camión tocaba la bocina para que salieran de la embajada a recoger la carga—, lo menos quinientos. Al principio no controlábamos las entradas. La cancillería está en el piso de arriba. Por allí pasaban cientos de fascistas. Pero poco a poco el Gobierno se dio cuenta de que muchos quedaban en la embajada. Eso dentro es un gallinero. Hay dos mil turnos de comida.
Y efectivamente, dentro de la embajada no solo había turnos para comer en grandes mesas instaladas en uno de los salones, sino que los refugiados dormían apelotonados sobre las alfombras, uno al lado de otro. Había colas para acceder a los cuartos de baño y algún exdiputado chistoso de la CEDA, un compañero de bancada de Gil-Robles en tiempos no tan lejanos, hacía bromas con el jabón: “¡Esto es la toma de la Pastilla!”. El humor ayudaba a sobrellevar las incomodidades.
El embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado, era el jefe de misión que tomaba un posicionamiento más claro en el conflicto. Era precisamente este diplomático, con su expresión severa y maneras elegantes, quien apartaba hoy una cortina de su despacho y miraba a través del amplio ventanal, desde la primera planta, al camión recién llegado.
—¿Crees que llega con todo lo necesario? —le preguntó a su secretario.
—Espero que sí. Han ido hasta Valencia para aprovisionarse. Debería ser suficiente para los próximos días.
Abajo, dos empleados de la embajada, con brazaletes en las chaquetas, ayudaban a sacar sacos de patatas de la parte trasera del camión. Dentro, ya se corría la voz. Eran las diez de la mañana y pronto sonaría la campanilla con la que el secretario de Núñez Morgado recorría las dependencias de la embajada para anunciar la hora de misa.


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