Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 19 de septiembre de 1936: Buscando a un detenido
Durante los dos meses desde que se declaró la guerra se acostumbraron todos a escuchar disparos nocturnos, a vivir a oscuras por miedo a los aviones. A ignorar los camiones que patrullaban día y noche, a convivir con los muertos que aparecían en las cunetas cada mañana. Al principio solo en la Casa de Campo, a orillas del Manzanares o el extrarradio. Pronto fue corriente encontrarlos en las aceras principales, donde el camión de la basura, avisado por algún vecino, los recogía.
La sensación, ante los cadáveres, era al principio de horror y compasión, y a medida que la situación se repetía, de indiferencia. Una indiferencia mezclada con esa extraña sensación de confianza, casi de poder. Como si aquello ocurriera siempre a los demás, como si no pudiera ocurrirles nunca y fuesen inmunes.
Esa confianza extraña iba creciendo, de manera reconfortante, con el paso del tiempo, por el mero hecho de seguir con vida.
Pero la confianza se había desvanecido por completo la víspera, mientras Pepe recorría con Ángel Navarrete las checas más conocidas y, sobre todo, cuando por fin encontraron lo que buscaban.
El cadáver estaba con otros tres o cuatro, junto a la tapia del cementerio de San Isidro. Los trajeron de una checa del Partido Comunista en el barrio de La China. Caído de mala manera junto al muro, Luis Mañas llevaba la misma ropa de la víspera.
En la camisa desabrochada se veía la sangre seca de una cuchillada, quizá un bayonetazo, que le habían dado en el pecho. También tenía un disparo en el pie, perforando la bota; y en la cabeza despeinada, echada hacia un lado, dos agujeros negros en la frente. Las heridas y la grasa en sus manos delataban que se había resistido, que había agarrado el fusil de su asesino.
El sol empezó a alzarse.
Pepe Mañas, después de toda una noche de checa en checa, viendo las fotografías que le mostraban en algunas y, en los depósitos, los cadáveres expuestos sobre mesas o en cajones o tirados en la calle en espera de que se los llevaran, respiró con fuerza y se cubrió el rostro con ambas manos. Las primeras lágrimas escaparon entre los dedos.
—Al menos no lo han torturado —murmuró Ángel Navarrete—. Fueron los comunistas. Te dije que, habiendo pedido yo que se os respetara, ningún anarquista se hubiera atrevido…
Su frustración era evidente. En un primer momento, cuando Pepe apareció en el Ateneo libertario, a media noche, Ángel cogió la camioneta con un puñado de compañeros. Juntos hicieron la ronda de las checas. Desde Unión Radio, en Gobernación, hizo que se emitiera un boletín requiriendo la entrega del detenido en el Comité Regional de la CNT. Ya amaneciendo, como nadie daba noticia y no estaba entre los muertos aparecidos en la Casa de Campo, empezaron a considerar que pudiera estar preso en alguna parte, cuando alguien dijo que había un lote de cadáveres nuevos en el cementerio de San Isidro.
—Piensa que al menos podrás enterrarlo. Lo siento, Pepe. Lo siento de veras —dijo Ángel Navarrete.


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