Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 23 de octubre de 1936: Hablando con Companys (II)
Continuando con nuestro reportaje, señor Companys, me gustaría volver a su controvertida participación en la revolución del 34. Al lector español le resulta imposible separar su figura de la de aquel president que declaró la independencia de Cataluña desde el balcón de la Generalitat, en la plaza de Sant Jaume.
—Es un detalle.
—No lo es para los nacionalistas catalanes. Pero antes de meternos con las valoraciones, a lo mejor sería útil precisar los hechos. ¿Dónde quiere empezar?
—Si le parece, en el momento en que usted se asoma al balcón de la Generalitat ese seis de octubre. Tengo entendido que cuando volvió a entrar, mientras los suyos le felicitaban y aplaudían, usted no parecía feliz. Cuentan que se le veía preocupado, que dijo (corríjame si pronuncio mal): «Ja està fet. A veure si ara també direu que no soc catalanista. Ja veurem com acabarà». Ese «ya veremos cómo acaba» me interesa. Hay quien dice que sufre usted el síndrome de Leticia, la madre de Napoleón, quien en los momentos dramáticos decía algo parecido sobre la gloria imperial. Es el pesimismo, como me ha comentado en Madrid su amigo Ángel Ossorio, del que sabe que ha saltado a ciegas, del niño al que han tenido que empujar al vacío sus compañeros y se lanzan con él eufóricos, pensando en lo bonito que será nadar en las aguas puras de la independencia. ¿Cuál era su estado de ánimo real al dar ese salto deseado y temido, en el 1934, delante de la plaza Sant Jaume llena y habiendo ocupado militarmente Barcelona con su milicia desde el día anterior?
—Creo que lo ha resumido usted razonablemente. Tenía el miedo de quien sabe que se enfrenta a un enemigo poderoso y ha dado un paso de más, un paso prematuro, vistos los resultados. Lo puede usted contar así. Estaba preocupado. Veía a mi alrededor un exceso de euforia. Y todavía estábamos pendientes de saber lo que nos iba a contestar el general Batet. A Batet le había enviado yo una nota instándolo a ponerse bajo mis órdenes.
—Nota que le llevaba el director general de Trabajo, Juan Tauler…
—Él fue quien me informó por teléfono de que Batet daría su respuesta en una hora. Era una contestación cuanto menos inquietante, que no podía dejar de provocar incertidumbres.
—¿Es cierto que, en esa situación tan delicada, usted decidió ponerse a cenar?
—Se me ha criticado mucho que en vez de moverme y pasar a la acción, me sentase a cenar. Pero me pareció lo adecuado. Debía tranquilizar las caras largas. Quise mostrar sosiego, seguridad, espantar fantasmas. Y funcionó. Todos nos tranquilizamos. Surtió un efecto sedante. La normalidad era total. De hecho, estábamos haciendo planes para el nuevo estado catalán, cuando a las diez y media más o menos, unos tiros fuera nos devolvieron a la realidad. Había arrancado la insurrección política. Ahí se comprendió que aquello no iba a ser un lecho de rosas. Por una parte se oían descargas uniformes, militares, por otra tiros sueltos: era un combate entre aficionados y profesionales. En esas descargas tuvimos la respuesta de Batet y supe, desafortunadamente, que mi intuición era buena. Que nos habíamos dejado llevar por el entusiasmo. Que Cataluña no estaba aún lo suficientemente madura para la independencia…
—¿Tiene esto que ver con el recibimiento que se le ha hecho a Azaña estos días?
—¿A qué recibimiento se refiere?
—Azaña está en Barcelona desde ayer mismo. Se queja de que se le está recibiendo como a un jefe de Estado extranjero. Dice que desde que ha llegado a Barcelona la Generalitat no deja de ningunearle.
—Yo diría que Azaña es excesivamente susceptible. La nación catalana y su Generalitat le han recibido con todos los honores y respeto debidos a su cargo. Lo hemos instalado en la ciudadela de Barcelona, y pronto tendrá alojamiento permanente en el monasterio de Montserrat… Más no podemos hacer.


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