Al final de las voces, galardonada con el Premio Felipe Trigo, es la primera novela de Diego Vaya. Anteriormente, lo conocíamos por su fructífera trayectoria como poeta, en la que ha cosechado galardones como el accésit del Premio Adonáis con El libro del viento; el accésit del Premio Gil de Biedma y el Premio Andalucía de la Crítica por Pulso Solar; o el Ciudad de Badajoz por Streaming, entre otros.
Al final de las voces cuenta, mediante la figura de un narrador omnisciente, las distintas perspectivas de una serie de personajes en diversas líneas temporales, más concretamente los años de la Guerra Civil, los 40, los 50 y el año 72. Y todo ello de forma discontinua; dando saltos hacia atrás y hacia adelante, en una labor de orfebrería solo al alcance de los grandes narradores en un tiempo donde basta entrelazar una serie de textos más o menos autobiográficos para que cualquier sello editorial lo venda como novela. Nada que ver con los cánones: Vaya nos trae ficción pura y un trabajo narrativo meticuloso.
La trama de la novela nos recuerda el trabajo de Stephen King con Carrie. Y es que Vaya, como King, logra construir un puzle en el que el lector tiene que ordenar las piezas para comprender qué les ha ocurrido a los personajes; piezas que encajan a la perfección y que suponen un reto fácilmente realizable. Basta con leer atentamente para poder montarlo y zambullirse en esta suerte de novela negra, posmoderna, y con tintes de terror sobre la Guerra Civil.
El núcleo de esta novela lo constituye el personaje de Lorenzo Nuba, un hombre que luchó en la guerra del lado de Falange y que, poco antes de morir en extrañas circunstancias, vivió obsesionado con excavar en la mina que heredó de su familia. Es aquí donde entra el personaje de Claudia Nuba, estudiante de periodismo y sobrina de Lorenzo, que trata de averiguar quién fue su tío, ese hombre que de la noche a la mañana pasó de ser un joven honorable y bueno a un borracho iracundo y misógino. Y, sobre todo, Claudia investiga cuál fue la verdadera causa de su muerte; porque desconfía de la versión que le han contado en casa y que coincide con la de los atestados policiales. Además, en medio de esta investigación, sabemos que Claudia desaparece misteriosamente y que hay un investigador contratado por sus padres que la está buscando.
El lector se habrá dado cuenta ya a estas alturas de que todos los personajes de esta novela están buscando algo. ¿Qué? Concretamente, todos ellos andan en busca de la verdad. Lorenzo busca la verdad que encierra y entierra la mina. Claudia busca la verdad sobre su tío. Los padres de Claudia buscan la verdad sobre la desaparición de su hija. Todos están obsesionados con algo, buscando y rebuscando en pos de una verdad que permanece sellada, oculta. Una verdad que, como le dice su tía, hermana de Lorenzo, a Claudia: no es de las que liberan, sino de las que destruyen. La gran metáfora que recoge esta idea es la mina, ese vientre profundísimo, oscuro, similar al infierno, en cuyo interior se hallan todo tipo de secretos. De piedras abisales.
Pero no son solo los personajes principales los que viven obsesionados, buscando sin encontrar jamás lo que anhelan. También los personajes secundarios. Hay un padre que pierde a su hijo al poco de que este se aliste en el bando falangista. Le pierde la pista en medio de la guerra y su búsqueda continúa a lo largo de toda su vida, hasta su último suspiro. Una vida envenenada buscando una verdad que sospecha pero que no logra confirmar. Y como él tantos personajes, todos ellos determinados por hechos completamente azarosos, producidos en el contexto de una guerra, que truncó y destruyó un sinnúmero de biografías. De esto trata Al final de las voces: más allá de las voces, de las distintas verdades que necesitamos contarnos a nosotros mismos para poder tomar decisiones y avanzar en nuestra vida, se encuentra la verdad, ese imposible.
Y así, asoma más allá de esta idea universal, que también retrata Carrère en El adversario, solo que aplicado a la verdad en torno a quienes nos rodean, la verdad sobre la Guerra Civil. Y al leer la novela de Vaya uno siente un espíritu inédito en estos tiempos en los que retorna el fantasma de las dos Españas, los malos y los buenos. Aplicado por igual a las élites de ambos bandos que a los hijos de vecino, esos que andaban arando el campo o que simplemente tenían algunas tierras y que vivían su vida ajenos a intrigas políticas hasta que estalló el conflicto.
El espíritu de la novela, en cambio, es muy otro. Y nos muestra a unas élites falangistas obsesionadas no por la verdad ni por su creencia a pies juntillas del ideario nacionalcatólico, sino por continuar detentando el poder; mientras que plasma una galería de personajes, esos hijos de vecino azotados por un adverso fatum, ya hicieran la guerra con un bando o con el otro.
Porque Al final de las voces pone la mirada más en lo que nos une, que en lo que nos separa. Y así nos brinda, entre otras muchas, una verdad en torno a la Guerra: que allí ganaron sobre todo las élites, pero que de camino perdió el hombre. Sin importar el bando al que la vida le adscribiese, perdió cualquiera que, por puro azar, se vio empuñando un fusil contra su propio hermano.
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Autor: Diego Vaya. Título: Al final de las voces. Editorial: Fundación José Manuel Lara. Venta: Todos tus libros.


Creo que ese fantasma que nos asola, el de las dos Españas, no actúa en solitario, sino que, efectivamente, son muchas voces, de muchos espíritus, de la guerra civil que nos parió. Muchos tenemos ya una edad y a nuestros padres vivos, que vivieron la dictadura y que quizá han tomado diferente posición, a estas alturas, sobre lo que es España. Si se viene una guerra, también pienso que me dejaría fusilar y adiós, pues no me veo matando a nadie por ninguna ideología.