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Años de sequía, viviendo en el límite

Años de sequia

Black Salamandra publica hoy Años de sequía, una de las revelaciones literarias, no solo en Australia —país de su autora, Jane Harper—, sino también en Reino Unido y Estados Unidos.

Aquí podéis las primeras páginas de esta novela llena de personajes al límite de la supervivencia.

 

Prólogo

No se puede decir que la muerte fuera una novedad en esa granja, y las moscardas no sabían distinguir. Para ellas, apenas había diferencias entre los restos de un animal y un cadá­ ver humano.

Ese verano, la sequía había tratado a las moscas a cuerpo de rey. Se lanzaban en busca de los ojos abiertos y las heridas viscosas en cuanto los granjeros de Kiewarra apuntaban con los rifles a sus famélicas reses. Sin lluvia, no había comida. Sin comida, había que tomar decisiones difíciles mientras el pueblo centelleaba un día tras otro bajo el cielo ardiente y despejado.

—Pronto pasará —decían los granjeros a medida que transcurrían los meses, camino ya del segundo año.

Se repetían esas palabras en voz alta unos a otros como si fueran un mantra y las pronunciaban a solas entre dientes, como una oración.

Sin embargo, los hombres del tiempo de Melbourne no estaban de acuerdo. Trajeados y con ademán compasivo, lo decían casi todas las tardes a las seis desde sus platós con aire acondicionado: eran, oficialmente, las peores condiciones en un siglo. El patrón climático tenía un nombre en cuya pronunciación Australia no se había puesto de acuerdo: El Niño.

Al menos las moscardas estaban contentas. No obstante, ese día les deparaba un hallazgo distinto. Más pequeño y con una carne más tierna. Aunque eso tampoco era relevante. Lo importante no cambiaba: los ojos vidriosos, las heridas húmedas.

El cadáver del claro era el más fresco. Las moscas tardaron un poco más en descubrir los dos de la casa, a pesar de la puerta abierta de par en par como una invitación. Las que se aventuraron más allá de la ofrenda que había en la entrada obtuvieron otro cuerpo como recompensa en el dormitorio. Era más pequeño, pero había menos competencia.

Fueron las primeras en llegar al escenario y, con el calor, se agolparon satisfechas mientras la sangre aún formaba un charco negro en las baldosas y en la alfombra. Fuera, la colada colgaba del tendedero giratorio, seca como un hueso y tiesa por el sol. En el camino de losas de piedra había un patinete abandonado. Sólo un corazón humano latía en un radio de un kilómetro a la redonda de la granja.

Por eso no hubo ninguna reacción cuando, en el interior de la vivienda, el bebé empezó a llorar.

 

1

Incluso los que no aparecían a las puertas de la iglesia entre una Navidad y la siguiente se daban cuenta de que ese día no habría asientos para tantos dolientes. Cuando Aaron Falk llegó con su coche levantando una nube de polvo y hojas secas, en la entrada se había formado ya un cuello de botella de color negro y gris.

Decididos a avanzar, pero disimulando, los vecinos se daban empujones para conseguir una posición ventajosa a medida que la aglomeración iba franqueando lentamente las puertas. Los periodistas se acumulaban al otro lado de la calle.

Falk aparcó su sedán junto a una camioneta que también había conocido tiempos mejores, y apagó el motor. El ventilador del aire acondicionado hizo un traqueteo al detenerse y el interior del vehículo empezó a calentarse de inmediato. A pesar de que no tenía tiempo, se tomó un momento para contemplar al grupo de gente. Había remoloneado durante todo el viaje desde Melbourne, con lo que había tardado más de seis horas en cubrir un trayecto de cinco. Tras comprobar que no había nadie cuyo rostro le sonara, salió del coche.

El calor de media tarde lo envolvió como una manta.

Al abrir la portezuela trasera para sacar la chaqueta, se quemó la mano. Tras un instante de duda, cogió también el sombrero que había en el asiento. Ala ancha, lona rígida de color marrón; no quedaba bien con su traje de funeral, pero con un cutis que la mitad del año tenía el tono azulado de la leche desnatada y la otra mitad lucía un racimo de pecas de aspecto canceroso, a Falk no le importaba correr el riesgo de meter la pata en cuestiones de indumentaria.

Pálido de nacimiento, de pelo rubio casi blanco muy corto, y pestañas invisibles, a lo largo de sus treinta y seis años había pensado más de una vez que el sol australiano trataba de decirle algo. Era más fácil desoír el mensaje en las sombras alargadas de Melbourne que en Kiewarra, donde el refugio a la sombra era un lujo demasiado fugaz.

Falk echó un vistazo a la carretera que salía del pueblo y después miró la hora. El funeral, los pésames, una noche de hostal y se largaría de allí. «Dieciocho horas», calculó. No más. Con esa idea en mente, trotó hacia la multitud sujetándose el sombrero con una mano, justo cuando una ráfaga de aire caliente levantaba más de una falda.

Una vez dentro, vio que la iglesia era más pequeña de lo que recordaba. Apretujado entre desconocidos, Falk se dejó llevar por la corriente de los que allí se congregaban y, en cuanto vio un sitio libre junto a la pared, se dirigió hacia allí deprisa y se hizo un hueco al lado de un granjero con camisa de algodón, cuya barriga parecía a punto de hacer saltar los botones. El hombre lo saludó levantando la barbilla y continuó mirando al frente. Falk se fijó en las arrugas de la tela alrededor del codo; hacía muy poco que se había bajado las mangas.

Se quitó el sombrero y se abanicó con discreción. No podía evitar mirar a su alrededor. De pronto veía con más claridad algunas caras que al principio le habían parecido desconocidas, y se llevaba una sorpresa repentina e ilógica ante las patas de gallo, los cabellos canosos y los kilos de más que iba descubriendo entre los asistentes.

Un hombre mayor que él captó su mirada desde dos filas más atrás con una inclinación de cabeza e intercambiaron una sonrisa triste de reconocimiento. ¿Cómo se llamaba? Trató de recordarlo, pero no lograba concen­trarse. Había sido maestro, y en la única imagen suya que Falk conseguía evocar lo veía al frente de la clase, tratando con mucho ánimo de que la Geografía o la Marquetería, o algo por el estilo, le pareciese entretenida a un grupo de adolescentes. Pero se trataba de un recuerdo muy borroso.

El hombre señaló con la cabeza el banco en el que estaba sentado, indicando que podía hacerle un hueco, pero Falk lo rechazó con educación y se volvió hacia delante. En circunstancias normales tenía por costumbre evitar las conversaciones de compromiso, y no cabía duda de que aquel día era mil veces peor que cualquier circunstancia normal.

Por Dios, qué pequeño era el ataúd del centro. Y al verlo entre los otros dos, mucho más grandes, el efecto era más acusado. Si es que eso era posible. Había niños pequeños peinados con la raya al lado y el pelo pegado al cráneo señalándolo:

—Mira, papá, esa caja tiene los colores del fútbol.

Los que tenían edad suficiente para saber qué había dentro lo miraban sumidos en un silencio consternado, revolviéndose en sus uniformes escolares mientras se acercaban un poco más a sus madres.

Encima de los tres féretros, los cuatro miembros de la familia los contemplaban desde una fotografía ampliada. Las estáticas sonrisas estaban demasiado ampliadas y se habían pixelado. Falk reconocía la imagen porque la había visto en las noticias. La habían mostrado muchas veces.

Debajo, los nombres de los fallecidos escritos con flores de la zona. Luke. Karen. Billy.

Falk miró la foto de Luke. En la cabellera negra se le adivinaba alguna cana, pero aun así parecía estar en mejor forma que la mayoría de los hombres al pasar la frontera de los treinta y cinco. El rostro le pareció algo más envejecido de lo que recordaba, pero habían transcurrido casi cinco años. La sonrisa franca y segura no había cambiado, y tampoco la mirada de complicidad. «Igual que siempre», fueron las palabras que le vinieron a la mente. Pero los tres ataúdes las contradecían.

—Joder, qué tragedia —se lamentó de pronto el granjero que Falk tenía al lado. Tenía los brazos cruzados, los puños bien metidos bajo las axilas.

—Es terrible —respondió Falk.

—¿Los conocías mucho?

—No, no mucho. Sólo a Luke, el… Durante un instante vertiginoso no encontró palabras para describir al hombre que estaba dentro del féretro más grande. Pensó con ahínco, pero lo único que le venía a la cabeza eran los clichés que había empleado la prensa sensacionalista.

—El padre —consiguió decir al final—. De jóvenes éramos amigos.

—Sí, ya sé quién es Luke Hadler.

—Creo que ahora lo sabe todo el mundo.

—¿Todavía vives por aquí? —preguntó el granjero, y volvió su figura corpulenta hacia Falk para mirarlo por primera vez con atención.

—No. Hace mucho que no.

—Vaya. Pero me parece que te he visto antes. —El granjero frunció el ceño, tratando de ubicarlo—. Oye, no serás uno de esos reporteros de los cojones, ¿verdad?

—No, soy policía. En Melbourne.

—¡No me digas! Pues deberíais estar investigando a la mierda de gobierno que tenemos, por dejar que las cosas se estropeen tanto.

El hombre señaló con la cabeza el lugar donde estaba el cadáver de Luke junto al de su esposa y al de su hijo de seis años.

—Nosotros estamos aquí, intentando dar de comer al país con el peor clima en cien años, y ellos no hacen más que hablar de recortar las subvenciones. Según cómo, no puedes ni echárselo en cara al pobre cabrón. Es un put…

Se calló y miró alrededor.

—Es un escándalo. Eso es lo que es.

Falk no dijo nada mientras reflexionaban los dos sobre la incompetencia de Canberra. En las páginas de la prensa ya les habían dado suficientes vueltas a los potenciales culpables de la muerte de la familia Hadler.

—Entonces, ¿has venido para investigar el caso? El hombre señaló los ataúdes con el mentón.

—No, he venido sólo como amigo —contestó Falk—. No estoy seguro de que haya nada que investigar. Sabía del asunto lo mismo que los demás, lo que había oído en las noticias. Por lo que se decía, todo estaba muy claro. La escopeta pertenecía a Luke. Más tarde la encontraron metida en lo que le quedaba de boca.

—No, ya me imagino que no —respondió el granjero—. Lo he pensado porque al ser su amigo y eso…

—Tampoco soy esa clase de policía. Soy federal. Investigo delitos financieros.

—Eso para mí no quiere decir nada, amigo.

—Significa que persigo el dinero. Cualquier cantidad con unos cuantos ceros al final y que no esté donde debería. Blanqueado o malversado, cosas así.

El hombre contestó algo, pero Falk no lo oyó. Había dejado de mirar los tres féretros para fijarse en los dolientes del primer banco. Era el espacio que estaba reservado a los familiares. Para que éstos pudiesen sentarse delante de todos sus amigos y vecinos y ellos, a su vez, les mirasen el cogote y diesen gracias a Dios por no estar en su lugar.

Habían pasado veinte años, pero Falk reconoció al padre de Luke de inmediato. Gerry Hadler tenía el rostro gris y los ojos hundidos. Aunque se había sentado en primera fila, como correspondía, tenía la cabeza vuelta hacia otro lado. No prestaba atención a su esposa, que sollozaba junto a él, ni a las tres cajas de madera que contenían los restos de su hijo, de su nuera y de su nieto. En su lugar, miraba fijamente a Falk.

De unos altavoces colocados en algún sitio del fondo salieron unas notas de música. El funeral comenzaba. Gerry le hizo una leve inclinación de cabeza y Falk se metió la mano en el bolsillo de manera inconsciente. Palpó la carta que le habían dejado sobre la mesa dos días antes.

Era justamente de Gerry Hadler, siete palabras escritas con mala letra:

Luke mintió. Tú mentiste. Ven al funeral.

Falk fue el primero en apartar la vista.

Sinopsis de Años de sequía, de Jane Harper

Volver a Kiewarra, pequeña comunidad al sureste de Australia, es lo último que el investigador de delitos financieros Aaron Falk desea. Y no sólo por el sol abrasador y la sequía pertinaz que han dejado al ganado famélico, a los granjeros desesperados y a la población desquiciada, sino también por el temor a que su presencia reavive las heridas que su precipitada partida dejó abiertas veinte años atrás. Sin embargo, cuando le comunican que Luke Hadler, su amigo de la infancia, y su familia han muerto de forma violenta, presuntamente en un acto de parricidio y posterior suicidio, se siente obligado a regresar.

Recibido con manifiesta hostilidad, Falk se propone no quedarse más de un par de días, pero las súplicas de los padres de Luke para que intente aclarar las circunstancias de la muerte de su hijo harán que reconsidere su decisión. Así, mientras colabora de forma extraoficial con el sargento Greg Raco, el jefe de policía local, Falk se verá obligado a encarar los fantasmas de su oscuro pasado y a enfrentarse al odio visceral que todavía le tienen algunos vecinos del pueblo.

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Autor: Jane Harper. Título: Años de sequía. Editorial: Salamandra. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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