La Feria del Libro de Badajoz es una de las grandes citas literarias del país. Más de cuatro décadas de historia —cuarenta y cinco ediciones— avalan una feria que ha sabido convertirse en un auténtico punto de encuentro entre escritores, lectores y libreros. Una feria elegante, muy literaria, que su ayuntamiento mima y cuida.
La ciudad se llena esos días de lectores paseando entre casetas, grandes autores y carpas repletas de público en la plaza de san Francisco. Allí tuve la suerte de coincidir el primer día con dos autores tan admirados como Luz Gabás y Vicente Vallés, dos referentes absolutos cada uno en su terreno. Y al día siguiente compartí también jornadas y conversaciones con la maravillosa Violeta Reed y el interesantísimo Jaime de los Santos. Las ferias tienen algo maravilloso: permiten que escritores muy distintos, con trayectorias y estilos diferentes, compartan espacio, público y amistad.
Pero los viajes literarios nunca son solo literatura. Comimos en la más emblemática juguetería de Badajoz, que reabrió como restaurante, pero conservando toda su esencia. Aproveché para recorrer Badajoz junto a mis amigos Andrés y Ana, y descubrí una ciudad mucho más monumental, histórica y hermosa de lo que mucha gente imagina. Quizá porque Badajoz vive un poco en silencio, lejos de los grandes focos turísticos, pero precisamente por eso conserva una autenticidad extraordinaria.
Subir a la alcazaba es entender buena parte de la historia de España, y también de Portugal. La fortaleza musulmana, una de las mayores de toda la península, domina la ciudad y el Guadiana desde lo alto. Allí aparece la impresionante Torre de Espantaperros, símbolo de Badajoz junto con su célebre carnaval. Levantada en época almohade hace más de ocho siglos. Tiene algo hipnótico contemplarla al atardecer, viendo cómo las murallas se recortan sobre el cielo extremeño. En lugares así uno comprende hasta qué punto la historia sigue viva.
También recorrí la ciudad con José Luis Soto, magnifico escritor, amigo y gran conocedor de Badajoz, que me fue descubriendo rincones, historias y leyendas mientras caminábamos por la Plaza Alta. Esa plaza porticada, llena de color y memoria, antigua plaza mayor y antiguo zoco musulmán, posee una personalidad única. Es una de esos lugares que parecen construidos para detener el tiempo.
Visité el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz, situado dentro de la propia alcazaba. Fue una auténtica maravilla recorrer sus salas. Me impresionó especialmente todo lo relacionado con Tartessos, ese mundo casi mítico del sur peninsular que siempre parece moverse entre la historia y la leyenda. Pero también me fascinó el legado romano, visigodo e islámico que conserva la ciudad. Badajoz es frontera, mezcla y cruce de civilizaciones. Y eso se percibe en cada piedra.
Además, para alguien que acaba de publicar una novela como El juicio, centrada en Goya, resultaba imposible no sentir la presencia de Manuel Godoy. Una figura decisiva en la España de finales del siglo XVIII y principios del XIX, tan relacionada también con la vida y la carrera de Goya. Estuve frente a su casa natal y también pude contemplar el palacio que Badajoz preparó para él y que nunca llegó a habitar realmente. Mientras caminaba por aquellas calles no podía dejar de pensar en la Guerra de las Naranjas, en la tensión permanente con Portugal y en aquella Olivenza que todavía hoy sigue siendo un territorio cargado de historia. De algún modo, durante aquellos días sentí que caminaba dentro del propio universo de mi novela. Godoy sigue enterrado en París, hay algo profundamente novelesco en eso. Porque eso tienen los viajes literarios. Uno llega para hablar de libros… y termina encontrando historias. Y Badajoz está llena de ellas. Quizá por eso dan ganas de volver incluso antes de haberse marchado.



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