Verónica Sanz (Barcelona, 1982) ha publicado una novela de arpías. Las protagonistas de Gente bien (Planeta, 2026) son cuatro ricachas que, parafraseando a aquella princesa del pueblo, por su estatus MA-TAN. Dice la editorial, y creo que yerra, que el de la periodista de LaSexta es un libro “para mujeres que saben que detrás de cada familia perfecta hay un secreto a punto de estallar”. Bueno, quizás. Para este hombre cis hetero, Gente bien es, ante todo, una novela de clase. Bien construida, con personajes logrados, escrita con una prosa limpia y con ánimo de enganchar. “Las desgracias y delitos de la jet set”, escribe la autora, “se conocen en escasísimas ocasiones, por eso son tan morbosas. Pero no es que no ocurran, es que el poder puede protegerse”. Sobre ello conversamos en el patio del Hotel Intercontinental, mientras el Papa homenajea a la Almudena en la catedral del Foro.
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—¿Se puede entender el poder sin haberlo probado?
—Uno se puede aproximar. El poder tiene muchas caras. En mi novela, utilizo muchas de esas facetas que tiene el poder. Hay una mujer, la más vulnerable de todas, que tiene un poder: es muy bella. Y es muy joven. Con ese poder, accede a ciertas cosas. Claro, tiene un reverso muy amargo. Todos ejercemos, de alguna manera, el poder al que llegamos: económico, influencia a través de los medios, en una relación en la que uno tenga más control que el otro… En cuanto alcanzamos el poder, lo ejercemos siempre que podemos.
—¿Qué es, para usted, un poderoso?
—Alguien que impone su voluntad y su criterio a través de la influencia o de la fuerza. ¿Qué hay más poderoso que un dictador? Sin llegar al uso de la fuerza, alguien que consigue imponer su criterio o sus normas tiene poder.
—¿Hay dimorfismo sexual? ¿El hombre poderoso lo ejerce igual que una mujer poderosa, o hay diferencias?
—Hay un sesgo aquí, voy a partir de esa base. El sesgo es que el poder lo han ejercido los hombres desde que hay historia escrita. Está documentado que el poder lo han ejercido los hombres. Por tanto, lo entendemos como algo masculino. ¿Podríamos decir que, en pleno siglo XXI, en el año 26, las mujeres estamos accediendo a más cotas de poder porque hay alguna mujer CEO en el Ibex 35…? Yo, que sí conozco a mujeres que son directoras generales o CEO, creo que utilizan más la escucha y la empatía. Las mujeres ejercen el poder sin que el otro se dé cuenta. Eso es bastante femenino.
—¿El poder corrompe o, simplemente, desnuda?
—Puede corromper. No es obligatorio llegar a la corrupción. Uno se corrompe cuando puede. Si tú no estás en una posición en la que tienes una palanca para accionar un contrato público, no te vas a corromper. El poder te da el ticket para la corrupción. Entonces, tu alma queda desnuda.
—Leyendo su novela, pensaba que, por un lado, el mundo en el que se mueven Elena, Irina, Minerva y Betty me es totalmente ajeno, una especie de ficción tremendamente exclusiva; por otro, creo que sus personajes están absolutamente anclados a la realidad. Y que, cuando esta peligra, atacan sin miramientos.
—No eres el primer lector masculino que me dice: “He visto cosas, he leído cosas sobre cierto tipo de mujeres, que no conocía y que me han sorprendido”. Eso está bien: te aseguro que hay gente así. Por supuesto, van a sacar las garras para defender su posición.
—¿Cómo ha construido a sus “mamis ricas”?
—Son gente que he conocido. Hay muchas frases que están in out metidas en la novela. Los cafeteros de la actualidad habrán detectado una que se atribuye a Ana Mato. En una entrevista que dio a un medio internacional, dijo que el momento más feliz del día era cuando veía cómo vestían a sus hijos. Eso ocurrió en 2012. Tuvo mucho eco en los medios de comunicación. Estábamos atravesando una crisis económica durísima. Entonces, yo estaba en Las mañanas de Cuatro, cubriendo desahucios y situaciones durísimas. Que en aquel momento la ministra de Sanidad dijera algo así…, fue muy indignante. ¿Elena es Ana Mato? No, pero le doy esa frase.
—Elena también está convencida de que “su familia tiene un papel civilizador” con su empleada del hogar.
—Eso está inspirado en una periodista que trabajó conmigo. Una periodista que se sitúa a la izquierda más a la izquierda del PSOE. Una mañana de agosto me dijo: “¿Qué haces con tu hija ahora en verano?”. “Bueno, nos apañamos, tiene padre, ja, ja”, etcétera. “¿Por qué no la mandas a Barcelona?”. “No, están mis padres, no les quiero hacer trabajar”. “No, no: coge a una chica y la mandas con los niños. Así, tus padres no tienen que trabajar”. La chica. ¡Me impactó tanto! ¿Cómo una periodista que defiende la clase trabajadora podía ser tan pija recalcitrante? (El nombre queda en el off the record; a nadie le sorprendería)
—Esta novela es de mujeres. ¿También es sólo para mujeres?
—No.
—Flaco favor le hace el dossier de prensa.
—Respeté lo que me propuso la editorial. Con entrevistas como esta, pretendo llegar a muchos hombres. Vamos a ver: yo tenía muy claro que quería escribir personajes femeninos porque quería ser honesta, y me gusta encontrar personajes con mucha profundidad. Que llegue el momento de la acción y entiendas que tome ese camino. Me sentía más capacitada para dibujar mujeres. Y hombres también.
—Antes que para mujeres, diría que es una novela de clases.
—Difunde la palabra. ¡Como el Papa! (Risas)
—El Disneylandia de Elena, Irina, Minerva y Betty se altera en cuanto irrumpe Daisy. Y se convierte en la sugar baby de Javier, el marido de la primera. Yo creía que “Sugar Baby” no era más que una canción preciosa de Bob Dylan que tiene veinticinco años.
—(Risas) Mira, me cruzo con el fenómeno en 2021. Lo leo en un reportaje que me llama soberanamente la atención sobre la tendencia del sugar dating: hay unas agencias en las que se apuntan mujeres para ofrecerse como acompañantes de hombres maduros y con dinero. Claro, yo digo: son escorts, son prostitutas, pero se venden no con una etiqueta luminosa, sino con azúcar. “Ahora, en lugar de empoderar a nuestras niñas y adolescentes, les vamos a contar una milonga que consiste en que esto no es prostitución, sino casi un mecenazgo. Este señor que tiene treinta años más que tú, que se puede llamar José Luis Ábalos…”.
—El gran villano de su novela también se llama José Luis.
—¡Vino después! ¡Yo ya estaba con la novela! Empecé a escribirla en 2021; en 2024, cuando conocimos todo esto, la novela estaba escrita y vendida. Mi José Luis no es un político. Yo no quería hablar de políticos, me dan una pereza horrible: quería hablar del poder. Lo he visto. He visto a hombres que se enseñaban a chicas por Instagram. Y me ha erizado el vello. Ciertos negocios se cierran trayendo a mujeres…
—Daisy cree que “lo que ella hace no tiene nada que ver con lo de esas pobres chicas, las putas, la mayoría subsaharianas o de Europa del Este, que se tienen que pasar el día en la calle e irse con cualquiera”.
—Ella piensa que su actividad es totalmente diferente, pero sólo lo es en apariencia. Al final, es la venta de una voluntad y de un cuerpo. Eso entraña muchos riesgos. Por eso me preocupa mucho el blanqueamiento de la actividad.
—En la novela hay una periodista: Minerva Morientes. Su maternidad no rellenó el hueco de su profesión y quiere volver “a la jungla”. Los que concebimos este oficio nuestro como un sacerdocio entendemos, al menos, parcialmente, las inquietudes y anhelos de Minerva. Otra cosa es que sea una canalla, pero hay que reconocer que quitarse de esto es muy difícil.
—Cuando la imagino, puedo entender ese sentimiento y ese vacío. Ese vacío de no estar, de dejar de ser tú el que lo cuenta… Es así: los que estamos aquí tenemos esa dosis de ego; en la pareja, somos el que tiene que contar la historia porque si no revienta…, y Minerva se ha visto fuera de todo eso. Es un animal comunicador, pero carente de escrúpulos.
—Dos para acabar: un escenario recurrente de la novela es el Colegio Británico de Pozuelo de Alarcón. En un momento dado, el hijo de Elena, Gonzalo, le reprocha al de Betty, Nacho, que su abuelo y su padre tienen no sé cuántos Maseratis, Porsches y Mercedes, “mientras que papá y tú compartís un Renault cutre sacado de Wallapop”. En este ecosistema, ¿la lucha de clases es una forma de bullying?
—Por supuesto. No hace falta que nos vayamos a un colegio como el que retrato, que cuesta 1.800-2.000 euros la mensualidad. Los niños recurren al: “Mi camiseta del Real Madrid es verdadera y la tuya es falsa, se la has comprado a un mantero”. Si te lo llevas a este nivel, puedes decir que el abuelo tiene un Maserati y tú un triste Renault.
—En la vida, ¿los tipos como el abuelo, José Luis Villa-Arnaiz, suelen acabar ganando?
—Sí. Dime tú cuántos empresarios muy poderosos y relacionados con causas de corrupción has visto condenados. El que activa la palanca es el que tiene el dinero. El que pulsa el botón rojo de la corrupción es el político, y es muy fácil pillarlo, pero el cohecho es muy difícil de demostrar. Me lo han dicho los expertos en judicial y los abogados muchísimas veces. Y ocurre, trama tras trama, que estos perfiles quedan impunes. Es gente muy inteligente, sabe no exponerse, poner la cara lo mínimo posible…
—¿Y qué me dice de Aldama?
—¡No me fastidies! (Risas) Aldama forma parte de una corrupción mucho más cutre. Es como si me comparas a Leire Díez con Villarejo. Aunque es verdad que a Villarejo le han pillado…







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