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Crónica de una cocina, de Tanizaki Junichirō

Crónica de una cocina, de Tanizaki Junichirō

Tanizaki se despide de la literatura y de la vida con una novela magistral, entrañable y sensible que celebra la belleza de los gestos sencillos y la calidez de lo cotidiano, anticipando de manera sorprendente el espíritu de la corriente feel good sin renunciar a la calidad literaria.

En Zenda publicamos un extracto de Crónica de una cocina (Satori), de Tanizaki Junichirō.

***

I

El mundo se ha vuelto muy complicado de un tiempo a esta parte. Cuando se llama a alguna de las empleadas del hogar, uno no puede usar la palabra «criada» así, sin más. En el pasado las podíamos llamar por su nombre de pila, como «Ohana» u «Otama»; sin embargo, ahora hay que usar el sufijo -san, y decir «Ohana-san» u «Otama-san».

Como la familia Chikura era más anticuada, hasta hace poco usaban el nombre de pila para referirse a las criadas, pero alguien les llamó la atención y, por fin, empezaron a añadir el sufijo -san el año pasado.

Quizás las sirvientas de hoy en día me reprochen no usar el honorífico tras los nombres de las empleadas que aparecen en esta historia. No obstante, lo que voy a contar comenzó antes de la guerra, allá por el año 11 o 12 de la Era Shōwa [1936-1937], y no me parece convincente evitar el término «criada». En consecuencia, he decidido llamar a todos estos personajes por el nombre de pila. Espero su comprensión a este respecto.

Parece que todavía existe algún hogar donde a las criadas se las llama «muchacha» en vez de por su nombre. En cambio, un chapado a la antigua como Raikichi, el señor de la casa de los Chikura, detestaba ese apelativo. Aunque ahora ya no se ven tan a menudo esas carnicerías especializadas en carne de vacuno, antaño había desperdigados por todo Tokio locales con escaparates tintados de rojo o de morado y con nombres como «Iroha» o «Matsuya». Al quitarse los zapatos en la entrada, uno se topaba de bruces con una escalera de mano; al subir por ella, se encontraba en una gran sala donde una turba de clientes rodeaba las ollas de guisos burbujeantes. Allí, la recepcionista correteaba de un lado a otro entre los clientes con unas fichas grasientas que adjudicaba a cada par de zapatos.

—¡Entendido! Otro sake para el número tal.

—¡La cuenta del número cual!

Los clientes usaban por defecto términos como «chica» o «muchacha» para referirse a aquellas empleadas. Por eso Raikichi no podía evitar que la palabra «muchacha» le evocara el olor a guiso de ternera. Para él, usar los apelativos «Hana» o «Tama» era mucho más agradable que llamar a su empleada «muchacha». Allá por la Era Meiji, ya no es que las hubiera llamado «criadas», sino que llegó a usar términos como «doncellas» o «chachas». En cambio, ahora hay quien se disgusta incluso si la tratan de «señora criada» y la gente se rompe la cabeza buscando alternativas como «señorita del servicio» o «ayudante». Cuando pienso en todo esto, me doy cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas. En el caso de emplear el nombre de pila, se reemplaza la «O-» inicial en «Ohana» y «Otama» por un «-ko» al final y, a cambio, se le añade un «-san», por lo que esta se convierte en «Hanako-san» o «Tamakosan». A Raikichi tampoco le gustaba este método.

—Puestos a añadir la terminación «-san», ¿por qué no llamarlas «Hana-san» y «Tama-san»? Eso de «Hanakosan» y «Tamako-san» suena a camarera y, que yo sepa, ¡esta casa no es una cafetería! —argüía.

Sin embargo, como las jóvenes empleadas que vienen de sus pueblos para aprender a desempeñar las labores del servicio doméstico no comprenden este razonamiento, suelen preferir «Hanako-san» a «Hana-san».

Raikichi formó un hogar con la que es su segunda esposa cuando él tenía cincuenta y un años y ella treinta y cuatro; se casaron en otoño del año 10 de la Era Shōwa [1935]. ¿Cómo estará esa zona hoy en día…? Creo que ahora se halla integrada en el distrito de Higashinada, en la ciudad de Kōbe, pero en aquella época la casa estaba en un lugar llamado Tantaka-bayashi, y formaba parte de la aldea de Sumiyoshi, en la comarca de Muko, prefectura de Hyōgo. El río Sumiyoshi separaba la aldea homónima del pueblo de Uozaki al este; a esos dos pueblos los conectaba el puente Tantaka. Los Chikura vivían al lado del puente, unas cinco o seis viviendas río abajo, sobre un espaldón. La familia estaba formada por el patriarca, Raikichi; su esposa Sanko; Mutsuko, una niña a punto de cumplir los ocho años fruto del anterior matrimonio de esta última y que había adoptado el apellido de Chikura, y la hermana pequeña de Sanko, llamada Nioko. Además de ellos cuatro, estaban las criadas de la casa: siempre había como mínimo dos o tres empleadas, pero llegaron a contar con cinco o seis.

En cuanto a los señores de la casa, teniendo en cuenta que eran todas mujeres excepto Raikichi, no había necesidad de contratar a tantas sirvientas. No obstante, las hermanas Sanko y Nioko venían de una acaudalada familia donde se habían criado entre algodones y se requería de un servicio de esa magnitud para evitar inconvenientes. Además, Raikichi era de esos a los que les gustaba vivir a lo grande y que la casa estuviese animada, por lo que se mostró conforme con que hubiera tantas criadas. En consecuencia, no son pocas las empleadas que, desde aquella época hasta ahora, han sido contratadas en alguna ocasión por los Chikura. La familia se mudó desde Tantakabayashi a Uozaki, al otro lado del río, y cuando empezó la guerra, se compraron una pequeña casa de campo en Atami. Después de la guerra, repartieron sus estancias en dos viviendas, la de Kioto y la de Atami; ahí fue cuando el número de criadas aumentó considerablemente. Por si fuera poco, Sanko es muy bonachona y, como se la camelaban enseguida, siempre que alguien le pedía ayuda, acogía a esa persona sin importar lo llena que estuviera ya la casa.

Por todo esto no podría contar cuántas muchachas han venido a ayudar en la cocina de los Chikura desde los inicios hasta que se mudaron a la casa del barrio Izusan en Atami. Las que menos duraron estuvieron empleadas dos o tres días o un mes, como mucho; pero hay quien ha trabajado para ellos seis o siete años, e incluso alguna que estuvo más de una década. Ya lo dice el refrán: «¿Quién es tu hermana? La vecina más cercana». Después de convivir durante tanto tiempo como una familia, Raikichi trataba a algunas de las chicas igual que si fueran sus propias hijas. Al estar tan lejos de su hogar natal, cuando una de las criadas se casaba con alguien de la zona, eran los Chikura quienes intercambiaban los regalos de esponsales con la familia política. Aún ahora hay dos o tres exempleadas que, después de haberse casado, vienen a menudo a hacerles una visita a sus antiguos señores.

Teniendo en cuenta la multitud de empleadas de servicio a las que han contratado los Chikura, he de decir que casi todas ellas han sido de Kansai. Contrataron a una chica de la prefectura de Ibaraki hace un par de años, pero ya lo ha dejado y ha regresado a su pueblo natal. Ahora está con ellos una joven que vivía en unas tierras cercanas a Atami: nació en la falda del monte Fuji, en el lado de la prefectura de Shizuoka. Aun así, aparte de estas dos, jamás han contratado a una chica de la región de Kantō. Esto se debe a que Sanko es oriunda de Osaka y, como la primera vivienda de los Chikura estaba junto a la línea ferroviaria de Hanshin, se acostumbró de forma natural a que las criadas fueran de Kansai.

Tras la guerra se mudaron de la zona de Hanshin a Kioto y, si bien es verdad que ya han dejado también la vivienda de Kioto y se han ido a vivir a Atami, a las mujeres de la familia Chikura les molesta el trato tan seco de las mujeres de Kantō; por eso, cuando llega el momento de contratar a una nueva criada, buscan a alguien que venga del oeste. Los fruteros y pescadores de Atami, que suelen pasarse por la cocina de la casa, hablan con las criadas con el ágil acento de los de Kantō, pero ellas siempre les responden usando la jerga de Kansai. Al fin y al cabo, toda la familia habla el dialecto de Osaka, por lo que las muchachas de los pueblos de Kansai no tienen oportunidad de aprender el acento de Tokio, más fluido y preciso, a pesar de haberse mudado a Kantō. Hasta a la hora de cortar un takuan lo trocean en pequeños tacos rectangulares en vez de hacerlo en rodajas.

Lo cierto es que Raikichi es de Tokio, pero, tras veinte años de convivencia con su actual esposa y rodeado desde la mañana hasta la noche por personas que parlotean con el dialecto de Kansai, se le ha acabado pegando su acento. Ahora habla de una manera confusa y se le cuelan, sin darse cuenta, expresiones del oeste en su dialecto nativo de Tokio. Ha habido alguna ocasión en la que, mientras conversaba con alguien de la capital, se le ha escapado «soltar» en vez de «tirar» y se han reído de él. Incluso marido y mujer llegaron a tener alguna absurda discusión a raíz de una insignificante diferencia en sus costumbres, pero, como la señora contaba con el apoyo de su hija, su hermana y las criadas, Raikichi se quedaba sin aliados y acababa perdiendo la batalla.

Las jóvenes criadas que habían venido del oeste hasta Atami imitaban el habla de los comerciantes que pasaban por la casa para aprender la versión tokiota de algunas palabras. Por ejemplo, en las verdulerías el «jengibre de tierra» es el «jengibre añejo»; el «berro japonés» es, en el oeste, la «mostaza japonesa»; al «taro» lo llaman «malanga»; los «fideos shirataki» son «tallarines de konjac» y viceversa, y la «calabaza de Nankín» es la «calabaza china». En la pescadería, a la «blanquilla» la llaman «pargo»; la «pescadilla» es «merluza marrón»; al «pez mantequilla» lo llaman «pámpano»; y «los pescaditos blancos al estilo chirimen» son «sardinillas secas». Como uno no puede hacer la compra si no lo dice al modo tokiota, las palabras necesarias para el día a día las aprenden enseguida; por otra parte, el acento de Kansai es imposible de corregir. Usan sin reparo formas verbales y verbos auxiliares como «¡no puede sé!», «n’ai ni uno», «en ello estamos» o «¿y luego?», y no hay manera de enmendarlo. Antes la gente se avergonzaba de usar el lenguaje de Kansai en el centro de Edo, pero el caso es que, últimamente, los humoristas de Osaka van a actuar a Tokio y el acento del oeste aparece más a menudo en las películas. Es más, hoy en día ocurre lo contrario: a los vendedores que vienen a casa se les contagia el dialecto de las criadas y, en vez de «¿cuánto es?», preguntan «¿a cuánto?»; o, en vez de «¡gracias!», responden con un «¡muy agradecido!».

Por cierto, mi propósito aquí es el de escribir sin tapujos sobre algunas de las criadas que han trabajado para la familia Chikura desde la época en que vivían en el barrio de Tantaka-bayashi, en la aldea de Sumiyoshi, hasta que se mudaron aquí, al vecindario de Narusawa en Izusan; en especial de aquellas a las que no puedo olvidar por un motivo u otro. No obstante, si bien mi intención es la de describir tal y como eran a estas mujeres a las que conocí personalmente, también es verdad que pretendo escribir una novela, por lo que no puedo negar que haya adornado un poco la historia. Quiero dejar esto bien claro, pues, si el lector da por veraz todo lo que describo aquí, pondría en un brete a Raikichi y a las criadas a las que he tomado de ejemplo.

He escrito antes que Raikichi «formó un hogar oficialmente en Tantaka-bayashi»; esto es porque, antes de casarse, vivió con Sanko de manera clandestina en una casa en la ciudad de Ashiya donde colocaron un rótulo falsificado. Pero esto no tiene nada que ver con la historia que estoy narrando aquí, así que optaré por ahorrarme las explicaciones. De todas formas, aunque también tenían criadas contratadas en la época de Ashiya, una vez decidieron hacer pública su relación y comenzar una vida en familia en la casa de Tantaka-bayashi, la primera de las muchachas que llegó de aprendiz del servicio fue Hatsu, una chica procedente de Kagoshima. Empezaré, pues, por ella.

Raikichi nunca ha visitado la prefectura de Kagoshima, así que no sabe mucho sobre la zona; sin embargo, cuando los tifones asolan la región de Kyūshū cada año, los periódicos mencionan casi siempre la ciudad de Makurazaki. Si uno la busca en el mapa, la encontrará en el extremo sur de la isla de Kyūshū; por lo visto, hay un faro allí. Hatsu nació en una aldea pesquera llamada Tomari perteneciente al pueblo de Nishiminamikata (en la actualidad, se lo conoce como Bōnotsu), en la antigua comarca de Kawanabe; la aldea se encontraba al otro lado del monte que la separa de Makurazaki. Nos contó que venía de una familia que se ganaba la vida con la agricultura y la pesca.

Hatsu llegó al hogar de los Chikura en el verano del año 11 de la Era Shōwa [1936]. Antes de su llegada trabajaban allí Haru y Mitsu, pero el matrimonio Chikura decidió contratar a una criada más; Hatsu entró a trabajar en la casa por medio de una amiga de Sanko que era la mujer de un dentista. La muchacha tenía veinte años por aquel entonces. Nos contó que había trabajado en dos o tres casas en Kōbe antes de mudarse allí. Lo cierto es que Hatsu no era su verdadero nombre, sino que se llamaba Harue Sakuhana. Entre los Chikura existía una costumbre que habían aprendido de Sanko, nacida en el seno de una vetusta familia de Osaka. Según esta tradición, se consideraba irrespetuoso para con los padres de la criada el llamarla por su nombre real y, por eso, se le asignaba uno distinto. Cuando Hatsu empezó a trabajar allí, los Chikura debatieron entre todos qué nombre ponerle y, finalmente, decidieron que «Hatsu» sería apropiado.

Desconozco cuánto tiempo habría trabajado en Kōbe, pero Hatsu era una joven cándida hasta decir basta. Al presentarse ante sus señores como su nueva empleada, se arrodilló y se postró en el pasillo ante ellos, agachando la cabeza hasta pegar con la frente en el suelo en señal de reverencia.

—¿En qué barrio de Kōbe vivías antes de venirte aquí? —le preguntó Sanko.

—Por la zona de Nunobiki, señora.

—¿Y cuánto tiempo trabajaste allí?

—Durante medio mes, más o menos.

—¿Por qué lo dejaste tras solo dos semanas?

Hatsu se limitó a sonreír para sí.

—¿Te despidieron tus señores? —insistió Sanko.

—No, no fue eso.

—¿Fuiste tú quien decidió dejarlo?

—Sí.

—¿Por qué?

La muchacha no hacía más que reírse como una boba y no les contaba la razón. A Sanko y a los demás no les pareció que pudiera haber un motivo muy relevante y lo dejaron pasar. Sin embargo, dos o tres días después, Haru, otra de las criadas, se enteró del porqué de su dimisión y fue a informar a la señora. En palabras de Haru, la recién llegada había escapado de allí porque el señor de la casa había intentado forzarla.

—Vaya… ¿A esa chica? —Sanko no pudo evitar cruzar la mirada con los demás.

El motivo de aquella reacción fue que Hatsu era bastante fea, hasta el punto de que uno no se sentía capaz ni de alabar su belleza en forma de cumplido. Y la propia Hatsu era bien consciente de ello. Esta contaba que, cuando estaba de aprendiz en la casa anterior a la de Nunobiki, el señorito se pasaba el día burlándose de ella.

—¡Je, je, je! ¡Cara pan, que te caes al suelo y no te das en la nariz con lo chata que la tienes!

El niño se metía tanto con ella que Hatsu se moría de rabia. No obstante, un día, poco después de mudarse adonde los Chikura, salió corriendo de la cocina al cuarto de estar y voceó de repente:

—¡Madama!

Debo aclarar aquí que, hasta aquella época, se acostumbraba a llamar «madama» a las señoras en los hogares tradicionales de Osaka. En casa de los Chikura, esa práctica se mantuvo hasta después de la guerra.

—¡Madama, era cierto!

—¿Qué era cierto?

—Lo que decía el señorito ¡era verdad! —anunció mientras se frotaba la mejilla.

Al preguntarle de qué estaba hablando, Hatsu le contó que se había caído en la entrada de la cocina y que, al darse de bruces con el suelo, se había raspado las mejillas, pero tenía la nariz intacta. Había ido a buscar a la señora solo para informarla de aquel suceso.

A propósito, esto que voy a contar ocurrió después de la guerra, pero se acordarán de aquella mujer negra, Hattie McDaniel, en Lo que el viento se llevó. Pues bien, Mutsuko, la hija de los Chikura, comentaba a menudo que, al ver a McDaniel, le venía a la mente el rostro de Hatsu y se superponía con el de la actriz.

[…]

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Autor: Tanizaki Junichirō. Título: Crónica de una cocina. Traducción: Ana Megumi Pías Suzuki. Editorial: Satori. Venta: Todos tus libros.

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