Me llamo Joseph y soy un gato atigrado de largas patas y cabeza triangular, de inconfundible estilo egipcio, que denota mis orígenes aristocráticos, tal vez conectados con la diosa Bastet. Nací a finales de los años cuarenta en un jardín de Beirut, en la horcadura de una acacia, donde mi madre nos instaló a mí y a mis tres hermanos. Ella era muy buena cazadora y nunca nos faltó comida fresca, hasta que un día desapareció y lo pasamos fatal. Por diversas causas mis hermanos también se esfumaron y me quedé solo, hambriento, un puñado de pelo y huesos que maullaba desesperado. Una noche un tipo alto se plantó ante mí. Pensé que iba a aplastarme con su bota, pero me cogió con delicadeza y me metió en el bolsillo de su cazadora. Se llamaba Raymond van Meulen y era un legionario belga guapísimo. Cuando se fue a luchar a una guerra lejana, me dejó al cuidado de su amante, Étienne Pelletier, y con unos ocho meses de edad entré a formar parte de la imaginaria familia francesa hoy famosa en todo el orbe.
Étienne y yo éramos inseparables, y cuando partió en busca de su amor desaparecido en la guerra de Indochina entre Francia y el Viet Minh, me llevó con él en una cesta de mimbre. El viaje fue un infierno: no podía acicalarme, atosigado por mis propias heces. Por fin llegamos a Saigón, una ciudad bulliciosa, supercálida y húmeda. Pasaba el tiempo sobre un frigorífico gigante que roncaba como un búfalo asmático, junto a una estatuilla de Buda que usaban allí para distribuir clandestinamente una variante barata de opio. Sin noticias de Raymond, mi querido Étienne se enganchó a la adormidera y se metió en líos con un turbio asunto de transferencias, francos y piastras, que dejaba con el culo al aire a la administración. Un día desapareció. Prefiero olvidar lo mal que lo pasé vagando por las calles de Saigón, hasta que su madre y su hermana, Angèle y Hélène, me rescataron. Ya había gastado dos vidas de las siete que nos atribuyen a los de mi especie. Las otras cinco no estuvieron mal.
Pasé un tiempo en París en casa de François y Hélène, que no me hacían mucho caso porque se consagraban a su vocación periodística, y luego me llevaron a un lugar paradisíaco a treinta kilómetros de la capital, Le Plaissir-sur-Marne, una finca rústica donde se instaló el matrimonio Pelletier a su regreso de Beirut con su nieta Colette, hija de Jean, mi humana preferida. Disfruté mucho en plena naturaleza, provocando de vez en cuando al asqueroso perro del vecino. Pero los paraísos ocultan serpientes, y la de aquel sitio era gorda y repugnante. No os contaré más de momento.
Los gatos imaginarios damos mucho juego a los escritores. Bueno, no tanto como los perros, que presumen de ser los mejores amigos del hombre, aunque en realidad sean sus sirvientes. Nosotros no nos dejamos amaestrar, no bailamos a su antojo. Somos enigmáticos e indomables. Ahí esta el narrador de Soseki, Gato con mayúscula, o los muchos que aparecen en las novelas de Murakami, sin olvidar a mi compañera imaginaria Doudouche, la minina del comisario Camille Verhoeven. Como personaje de ficción estoy bastante satisfecho, aunque pienso que mi creador, ¿o tengo que llamarle padre?, Pierre Lemaitre (lo llamaré Pierre), podría haberme dado más protagonismo. Aun así tengo unas cuantas intervenciones memorables, sobre todo al final de Grandes promesas, cuando heroicamente libro de un pesado lastre a los jóvenes Pelletier. No diré más para no destripar el argumento. Ah, y en Un futuro prometedor salvo a mi querida Colette de aquel perro monstruoso del que os hablé. ¡Me encantaba desafiarlo! Ojalá hubiera podido salvarla también de su dueño, todavía más monstruoso y bestial.
No me andaré más por las ramas, algo a lo que soy muy propicio cuando encuentro un árbol a mi altura, y voy al grano. Grandes promesas, cuarto y último título de la tetralogía Los años gloriosos, es un delicioso paseo por veinte años de la historia de Francia, de 1948 a 1964, un relato histórico, pero también una extensa novela negra, pues desde el principio conocemos las pulsiones homicidas del patético Gordito, que bajo inesperados ataques de cólera mata a mujeres jóvenes de forma brutal, un alivio pasajero a las represiones que sufre. Tetralogía sí, pero algo más, porque, como el lector avispado ha intuido, Louis Pelletier no es otro que Albert Maillard, uno de los protagonistas de Nos vemos allá arriba, primer tomo de la trilogía Los hijos del desastre, el combatiente de la Primera Guerra Mundial, quien junto a su compañero urde una estafa a gran escala a base de vender imaginarios monumentos funerarios o cenotafios.
El más breve de los cuatro libros, 450 páginas cuando los demás rondan las 600, se sitúa a principios de los años sesenta, época en la que, superados los estragos de la guerra, París vive un gran esplendor económico, materializado en la construcción del bulevar periférico que expulsa de sus barrios modestos a muchos ciudadanos. Los hermanos Pelletier participan de esa oleada de prosperidad. Hélène y François en sus respectivos trabajos en los medios, y Jean como empresario adscrito a la poderosa Federación e inversor en la faraónica obra pública, además de convertirse casi sin querer en héroe mediático. Por su parte, la viuda Angèle disfruta con sus nietos: Colette, Philippe, Alain, Martine, Anne… Mi querida, la sensible e inteligente Colette intenta sobrellevar la cruz que es su madre, y su hermano Philippe, que solo destaca ante una mesa de billar, vive un intenso despertar sexual debido a la presencia de su bella tía Thérèse, la pariente pobre acogida por la familia. «Su libido cobró nuevos bríos —si eso era posible—y la masturbación pasó de descontrolada a frenética».
Pero sobre el idílico paisaje se cierne un nubarrón, las sospechas que comienza a albergar François sobre la implicación del Gordito en los crímenes sin resolver que ha cubierto como reportero de sucesos. Tales suspicacias le crean un terrible dilema moral que constituye el alma del relato. Al final Pierre (mi padre o creador) se apiada de ellos, y un elemento ajeno a la familia les exime del gran desastre. Y mi valiente intervención, que apuntaba al principio, pone broche de oro a la historia. Con veinte años, el equivalente de los cien humanos, tocaba morirme, lo sé, pero me hubiera gustado conocer más sobre la tercera generación de los Pelletier, mi amada familia.
Tal vez Pierre se anime a complacerme cuando termine la serie policíaca a la que va a dedicarse ahora. Este hombre tiene cuerda para rato. Empezó a escribir ya machucho, pero se lanzó del trampolín más alto y, como si hubiera cogido carrerilla, en tiempo récord construyó una obra monumental que ocupa toda una balda de la estantería. No es uno de los autores pomposos que dedican veinte páginas a describir un crepúsculo o un bargueño, ¡y sin puntos ni aparte! No se anda por las ramas como yo, y va al grano, construyendo deliciosas historias folletinescas tan vivas como la propia vida. Heredero directo de Dumas, Balzac o Zola, me gusta su actitud de discreta humildad al considerarse último eslabón de una larga cadena de voces. «El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas». Esta frase de Roland Barthes, que aparece en su primera novela, Irène, sintetiza su concepto de la literatura como catedral levantada a golpe de palabras por un equipo de maestros de obra que se relevan en el tajo.


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