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De literatura y deportes diferentes

De literatura y deportes diferentes

Se aproxima la Feria del Libro de Madrid, una de las citas más importantes de la literatura, no solo dentro de nuestras fronteras, sino también del panorama internacional. Sin duda, la que más incentiva el contacto entre lectores y autores (por encima de Frankfurt o Guadalajara, las otras dos referentes) a través de las innumerables firmas que se anuncian por megafonía hasta el empacho mientras curioseas por las casetas apiñadas en el Paseo de Carros. Tanto es así, que Trama Editorial ha hecho ya un clásico de su irónico cartel “Hoy no firma nadie. Mañana tampoco”.

Con ella también se aproximan los recurridos y recurrentes lamentos en forma de elitismo literario.

"Veremos de nuevo reconocidos escritores, a los que nadie reconoce, tras el mostrador metálico, como patos de goma en un puesto de tiro, contándose las pecas de sus manos"

Veremos de nuevo reconocidos escritores, a los que nadie reconoce, tras el mostrador metálico, como patos de goma en un puesto de tiro, contándose las pecas de sus manos, fingiendo leer distraídos un intensísimo ensayo o charlar distendidamente con el librero de turno. Aparentando no preocuparles lo más mínimo el hecho de no contar con un solo lector interesado por su autógrafo, para el que guardan en el bolsillo de la americana una moderna estilográfica comprada para la ocasión, o regalo de algún familiar o amigo, ilusionado e iluso, que le dijo aquello, antes de partir a la batalla, de “ya verás cómo te trae suerte y firmas muchos”.

Lo peor, cuando alguien se aproxima, mira al cartel que cuelga arriba con su foto y le pregunta: ¿Y tú que has escrito?

¿Puede haber una humillación semejante para alguien que se considera el heredero de Hemingway?

¿Cómo decirle que colaboras con no sé cuántos medios de comunicación y que has sido seleccionado entre los 30 mejores autores menores de 45 años por no sé qué prestigiosa publicación, pero que, a decir verdad, nunca has sabido cómo ni dónde se puede adquirir?

"Mario Vaquerizo presume de una cola kilométrica a la que atiende con una sonrisa infatigable y con la que se hace fotos histriónicas"

En la caseta contigua, Mario Vaquerizo (que desde un tiempo para acá ha dejado de ser el novio de Alaska; ahora es ella la novia de Mario) presume de una cola kilométrica a la que atiende con una sonrisa infatigable y con la que se hace fotos histriónicas, incluso con quien no ha comprado el libro e incluso ni siquiera ha solicitado una foto.

No importa, es una prueba más de la incultura que reina en este país. Más tarde le pedirás a tu chica que te saque a ti otra con tu iPhone mientras simulas firmar un ejemplar de tu última ¿novela? para subirla a las redes, porque estar hay que estar, mal que te pese, y escribirás un artículo ácido y mordaz para ese blog con el que colaboras por cuatro perras, pero que te da caché, criticando el panorama literario y poniendo de manifiesto la incultura que reina en este país, donde lo único que se lee es la vida de Belén Esteban y ahora la de cualquier youtuber imberbe que no sobrepasa los veinte.

Sí, me sorprende escuchar a los supuestos autores literarios criticar año tras año la larga fila de fans en las casetas de los famosos televisivos. ¿Alguien de verdad con un mínimo de sensatez cree que el presentador de turno resta lectores al autor o autora literario, signifique eso lo que signifique?

No me imagino a un tipo con veinticinco euros en la cartera debatiéndose con la duda eterna de Hamlet entre si adquirir el último de Belén Esteban o el Premio Nacional de las Letras.

"¿Por qué no permitir también las trampas en la literatura y dejar que, libremente, surja otro deporte?"

Si a estas alturas todavía no nos hemos dado cuenta de que ambos son productos diferentes, aunque sus páginas vayan cosidas a un lomo, mal vamos.

También el fútbol y el rugby se juegan con una pelota de cuero y sus reglas difieren bastante, incluso teniendo una rama común. A fin de cuentas, el segundo partió de un tipo, William Webb Ellis, que hizo trampas en el fútbol rudimentario y cogió la pelota con la mano durante un encuentro.

¿Por qué no permitir también las trampas en la literatura y dejar que, libremente, surja otro deporte (si es que no lo ha hecho ya)?

Es más, en la mayoría de los casos, Mario Vaquerizo, Belén Estaban o cualquier otro famosillo del momento al que le haya dado por contar sabe Dios qué dentro de un libro, ha contribuido de camino a publicar a esas grandes plumas que tanto presumen, con esa falsa modestia (sin duda la peor de las vanidades), de calidad literaria y que tanto denuestan la feria y sus lectores analfabetos.

No en vano la industria editorial, ya lo he dicho en más de una ocasión, es una empresa con balances contables, que casi siempre cubren con Mario Vaquerizo y demás ralea televisiva, para después arriesgar su pasta, y casi siempre derrocharla, con los autores literarios, signifique lo que signifique eso.

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