Inicio > Blogs > Ruritania > El diablo no se esconde

El diablo no se esconde

El diablo no se esconde

Monos grises. Así los llamo yo. Van por ahí como si fueran operarios del ayuntamiento o camuflados como si trabajaran para la compañía del agua, la luz o el gas. Algunos llevan el emblema de las empresas de telefonía o de fibra, te venden alarmas o agua embotellada. No es más que una estratagema para hacer lo que hacen: robar los sentidos. No es necesario darles coba ni tampoco permitirles entrar en casa: no son vampiros. El mero contacto visual es suficiente para que sus maletines —que no son más que una extensión disimulada de ellos mismos— se llenen de todo aquello que tenemos y no apreciamos. Se han quedado con los colores; ahora todo es gris. Un gris apagado y deslucido. Como si de un momento a otro fuera a descomponerse en ceniza o viviéramos en una película antigua. Las flores ya no brillan con el rocío de la mañana ni reflejan la luz del sol en sus coloridos pétalos; han perdido su aroma. No nos dimos cuenta a tiempo. No lo hicimos. Estaban entre nosotros, haciendo ese sucio trabajo de despojarnos de cuanto tenemos, deseamos y amamos. Cuando mordimos el primer tomate sin sabor o nuestros dedos se pasearon por una piel desnuda sin sentir nada. No nos enteramos cuando el trino de los pájaros dejó de oírse en nuestra ventana o los grillos dejaron de cantarle a la luna su imparable, casi eterna, serenata nocturna. La música dejó de aliviar nuestra ansiedad y de henchir nuestros corazones. Nos quedamos con ese molesto ruido de fondo, esa estática que nadie sabe de dónde procede, más una sensación que una certeza, y que nos hunde en la apatía.

"¿Qué harán cuando no puedan saciar su sed ni calmar su ansiedad? ¿Devolverán todo aquello que robaron solo para podérnoslo quitar de nuevo?"

No me habría dado cuenta de no ser por el sermón de Emilio en la puerta de casa, cuando dejó a un lado el programa obligatorio de Mateo 13 y me susurró que ellos ya estaban aquí, entre nosotros. «Son el diablo disfrazado», me dijo. Su compañero miraba hacia otro lado, aposta, diría yo. «El diablo no se esconde; se muestra sonriente y amable, para que no dudes», me dijo antes de marcharse a tocar la puerta del vecino. El discurso de Emilio y los suyos nunca me convenció, pero algo de verdad hay en lo que dice. Esos ladrones visten sus uniformes a plena luz del día. Ejecutan su plan sin esconderse, porque se saben impunes. Llaman a la puerta y se quedan allí, parados, sonriendo ante el desconcierto de quien les abre, burlándose de su ignorancia. «Te voy a despojar de todo cuanto sientes», dicen en silencio a través de sus pupilas llenas de un fuego hiriente. Sin pestañear ni apartar la mirada. Se regodean de su engaño. Y, antes de que su interlocutor se aperciba de ello, tiene su tarjeta de visita en la mano. Prometen una segunda venida que nunca se da. Es al cerrar la puerta en sus narices cuando la víctima se da cuenta del pedazo de cartón que tiene entre los dedos, ya insensibles, y lo lanza a la basura junto con los restos de sí mismo que esas cosas necesitan. Porque yo creo que lo hacen así, como buitres carroñeros buscando en los vertederos los restos de ese ADN adherido a su trampa de papel. Para cuando el visitado percibe el aturdimiento de sus sentidos, ya está todo perdido, muerto, gris. Los monos grises son implacables.

Pero, ¿qué harán cuando ya no queden colores ni olores ni ruido ni sabor ni tacto? ¿Qué harán cuando ya no haya nada que destruir? Porque nosotros seguiremos viviendo aún en esa tristeza confusa, tal vez luchando por recuperar lo que un día nos perteneció, ¿pero ellos? No creo que hayan pensado demasiado en ese después. El mundo es demasiado grande. Tal vez crean que tienen tiempo para pensar en ese futuro, que aún está muy lejano. No les preocupa porque ese día no llegará en una semana, en un mes o en un año. Sin embargo, llegará. Su empacho de hoy será el hambre de mañana. ¿Qué harán cuando no puedan saciar su sed ni calmar su ansiedad? ¿Devolverán todo aquello que robaron solo para podérnoslo quitar de nuevo? Tal vez. Si es que pueden. ¿Devolverán al planeta su equilibrio una vez hayan roto su eje y le hayan obligado a dejar de respirar?

"Sé de lo que habla, de ese mundo cuyo latido aún se oía y que hoy apenas se percibe como un golpe sordo bajo las montañas, los mares y la piel"

Yo sé todo esto por Rodrigo, que conoce a una amiga a cuya prima han despojado de todo. Me fio de su palabra. Suele ser ley. Él me ha dicho que los ha visto cerca de Vista Bella y también por el centro. No suelen ir por parejas; se bastan solos. Aún así, le consta que son un grupo numeroso. Me dijo que él se había apuntado a la guardia ciudadana, para hacer rondas nocturnas por el barrio. «Es una estupidez», dijo tajante. «Solo se aparecen durante el día, pero me he apuntado igual». Sabe que eso no es más que un parche, que los verdaderos activistas van de incógnito, como héroes de tapadillo. «Ellos sí que se implican, pero no tengo ni idea de cómo unirme a sus filas». Apura su café y se esconde de la mirada de Faruk, el minotauro del Café Moi que casi me saca de la carretera hace unas semanas. No quiere que le oigan. Yo, tampoco. «Son ellos los que se opusieron a la prohibición de la purpurina y lanzaron arcoíris para ganarse el favor de los leprechauns. Los mismos que van tras esos indeseables con sus sprays, sus pinceles y sus cubos de pintura y restauran lo que pueden. Los mismos que cierran tiendas de perfumes en un solo día para cargar camiones enteros con aquel sucedáneo; no para restituir lo sustraído, sino para que no se nos olvide que un día existía algo parecido. Son ellos quienes inventaron el umami, el único sabor indestructible por esos bastardos. Y quienes crearon las gafas polarizadas y el 3D. Y los audífonos de alta frecuencia que conectan con la música de un mundo pasado en intervalos lo suficientemente grandes para que esas notas no se pierdan en el olvido». Sé de lo que habla, de ese mundo cuyo latido aún se oía y que hoy apenas se percibe como un golpe sordo bajo las montañas, los mares y la piel. Ese leve temblor en los huesos y el alma. La conversación con Rodrigo me dejó reflexionando un buen rato después de regresar a casa. Y volvió a mí cuando oí llamar a la puerta y me asomé a la mirilla para ver de quién se trataba y lo vi, de pie plantado, con su sonrisa blanca e inquietante y sus pupilas llenas de ese fuego que hiere. Evidentemente, no abrí. Esos monos grises no me robarán los colores del mundo.

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios