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El incentivo de la mentira, por Carmen Martín Gaite

El incentivo de la mentira, por Carmen Martín Gaite

La escritora salmantina aprovecha esta reseña de una novela de Iris Murdoch para dejar constancia de su propio concepto de la literatura y, de paso, defender la narración tradicional en una época en que primaba “la destrucción del lenguaje” y “la metafísica de la incomunicación”. Sección coordinada por Juan Carlos Laviana.

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Quizá lo que más nos perturbe y desconcierte, pero también lo que más nos atraiga, sea la capacidad de mentira del ser humano. Todas las relaciones con nuestros semejantes se basan, en alguna medida, en la inquietud que nos produce descubrir que nos mienten o contar con que nos pueden mentir. En esa inquietud se basa también la literatura, que no es, al fin y al cabo, sino el intento de poner de acuerdo la versión del narrador sobre determinados hechos, para cuyo conocimiento y juicio creía poseer datos suficientes, con las versiones contradictorias que le van aportando los demás. Inquietantes versiones que sirven también, entre otras cosas, para detectar nuestra propia mentira.

"Para Iris Murdoch, el mayor incentivo de la ficción estriba en el ardiente poder magnético de la opinión ajena"

Esto lo sabe muy bien Iris Murdoch, excelente narradora irlandesa, de corte absolutamente tradicional y que jamás pretende, a través de la intrincada y apasionante trama de sus relatos, estar en posesión absoluta de la verdad ni ponerla en boca de ninguno de los personajes que tejen esa trama. Se trata más bien de ir descomponiendo la verdad que de componerla, de irla viendo oscilar a la luz de nuevas situaciones que inciden en las que se iban configurando y las deforman progresivamente. Para Iris Murdoch, el mayor incentivo de la ficción estriba en “el ardiente poder magnético de la opinión ajena”, para decirlo con una frase de su última novela traducida al castellano (1) (traducida, por desgracia, horriblemente mal, por una tal Camila Batlles, a quien evidentemente no ha llamado Dios por el camino del rigor ni del esmero).

El príncipe negro es una extraña novela de amor y, por tanto, de mentira. Bradley Pearson, escritor cincuentón y fracasado, narra la historia de sus amores con la hija de su amigo Arnold Baffin. Unos amores anacrónicos, casuales y enredosos provocados por una serie de acontecimientos laterales que van desplazando los proyectos iniciales de Bradley y convirtiéndose en un ser diferente. Su versión del caso —incoherente y llena de lagunas— se ve refutada, al final, por la de los otros personajes implicados.

Lo más interesante de esta historia de amor es el tejido de absurdos, ansiedades y accidentes baldíos que la van haciendo tomar cuerpo para acabar llevándola a morir fatalmente en un pozo de asfixia. A través de este sentimiento de Bradley, desencantado y aburrido, que se empeña en fomentar por la hija jovencita de su amigo, Iris Murdoch analiza con implacable lucidez la falacia de todo sentimiento amoroso, donde el ser amado es un mero pretexto para el entusiasmo y la resurrección personales y nunca un ser de carne y alma que importe realmente en sí.

"Ahora gustan mucho los laberintos y las novedades y en Iris Murdoch poca destrucción del lenguaje hallaremos. Y en cambio mucha intriga bien dosificada"

Bradley, que conocía a esta chica desde niña y que jamás había mirado como mujer, se verá súbitamente prisionero de la pasión que de la noche a la mañana se empeña en alimentar por ella, desencadenada por una serie de casualidades y de reminiscencias literarias. Lo de menos es la realidad de esa chica, cuyo rostro casi no se percibe y cuyos sentimientos resultan irrelevantes; lo importante es que, como consecuencia de la decisión amorosa, “el mundo se organiza de pronto como una base en la que la ausencia de lo que se anda buscando toma cuerpo de una manera espectral”.

Nunca me he explicado la poca repercusión que tienen en España las novelas de Iris Murdoch (desde 1954 son ocho, con ésta, las que hay traducidas a nuestro idioma), pero posiblemente la explicación pueda estar en que, como ha dicho acertadamente Javier Alfaya, “su obra no plantea, afortunadamente, ninguna muerte de lenguaje ni ninguna metafísica de la incomunicación entre el autor y el lector”. Tiene razón. Ahora gustan mucho los laberintos y las novedades y en Iris Murdoch poca destrucción del lenguaje hallaremos. Y en cambio mucha intriga bien dosificada.

A pesar de que El príncipe negro no sea, a mi entender, su mejor novela, es muy ilustrativa del estímulo narrativo que supone la mentira. Y, en todo caso, valdría la pena de leerla, aunque sólo fuera por llegar a las páginas finales, donde todo se ilumina con una clave de sorprendente originalidad.

(1) Iris Murdoch: El príncipe negro. Ediciones Destino, Barcelona, 1976.

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Artículo publicado en Diario 16 el 12 de diciembre de 1977.

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