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Los viajeros, por Eduardo Zamacois

Los viajeros, por Eduardo Zamacois

Novelista muy popular, Eduardo Zamacois fue también un viajero incansable y un observador atento del mundo que le tocó vivir. Hay quien ve en sus artículos la influencia de Larra, por su costumbrismo y su fina ironía. Aquí satiriza sobre la frivolidad del turista. Sección coordinada por Juan Carlos Laviana.

El forastero, ya bañado, afeitado y vestido de limpio, desciende al comedor. Es un inglés que desea conocer España, porque leyó a Lafuente y siempre le interesaron los buenos vinos y las escenas de amor y torería con que la industria malagueña adorna el interior de las cajas de pasas. La escena, en Sevilla. El viajero acaba de ocupar una mesita junto a un balcón volado sobre la umbría de una callejuela morisca, tortuosa y callada; parsimoniosamente desdobla su servilleta, se sirve un vaso de agua, corta el pan en pedacitos iguales, pincha una aceituna…

El dueño de la fonda se llega a saludarle. Su actitud es, a la vez, respetuosa y cordial. Los dos hombres hablan. El inglés mueve mucho los labios para pronunciar las vocales; se expresa en español correctamente y sólo cuando tropieza con un verbo vacila un poco.

—Desearía —dice— ver hoy el Alcázar. ¿A qué horas permiten visitarlo?

El fondista:

—Creo que desde la diez de la mañana en adelante, pero no lo sé. Ya lo preguntaremos.

—Me han asegurado que es una obra admirable…

Pausa. El dueño de la casa mueve la cabeza, sonríe, baja los ojos. El inglés, con una sorpresa que le arranca de la mano la cuchara con que se disponía a comer la sopa:

—¿Es posible? ¿No conoce usted el Alcázar?

—No, señor. Vergüenza me da confesarlo: no conozco el Alcázar; y soy sevillano, y en Sevilla, exceptuando dos años que pasé en el extranjero, he vivido siempre.

El inglés demuestra la sorpresa que esta declaración le produce, con gestos alegres y cálidos completamente contrarios a la flema proverbial de su raza.

—¡Increíble —exclama—, increíble!…

Hojea luego un cuadernito de notas y prosigue:

—¿Están muy lejos de aquí las ruinas de Itálica?

—Aproximadamente, a unos ocho kilómetros.

El inglés va a decir algo pero su interlocutor, con un ademán, le interrumpe:

—Ya sé lo que iba usted a preguntarme; no, señor; no conozco las ruinas de Itálica. He tenido ocasión de verlas… ¡figúrese usted!… pero como si no… ¡Los españoles somos así!…

El forastero, mientras escribe algo en su cartera, repite:

—¡Increíble… verdaderamente increíble!…

El dueño de la fonda interpela al mozo, que se acerca con una bandeja de pescado frito:

—¿Tú sabes a qué horas dejan visitar el Alcázar?

—¿A qué horas dejan visitar el Alcázar? No, señor.

El hostelero, como consolado, mira a su cliente sonriendo.

—¿Oye usted?… Otro sevillano que sabe de Sevilla lo que yo.

Al mozo:

—¿Tú conoces Itálica?

—¿Itálica? ¿Las ruinas de Itálica, donde dicen que hay un anfiteatro?… No, señor.

Dirigiéndose al inglés:

—Mire usted, caballero. Yo, según sabe mi principal, vivo para mi trabajo… Fuera de mi casa y de este comedor, donde llevo sirviendo diez años y cuatro meses cabales, que no me busquen. Treinta y ocho años cumplí en mayo; he nacido en Sevilla y de aquí no he salido nunca; pues no conozco ni la Lonja, ni el Archivo de Indias, ni el Palacio de San Telmo, ni he subido a la Giralda…

El camarero suspira con la tristeza del hombre que no ha cumplido su misión sobre la tierra, recoge los platos sucios y se va. El fondista, con cierta petulancia:

—Londres, en cambio, me lo sé de memoria.

—¡Ah! ¿Estuvo usted allí mucho tiempo?

—Cinco meses… Pregúnteme usted por la Westminster Abbey, por la National Gallery, que usted conocerá…

El inglés, suspirando:

—No, no la conozco. ¡Los negocios le absorben a uno el tiempo de tal modo!…

—Como a mí. También fui diferentes veces al Museo de Madame Tussaud. ¿Es interesante, verdad?…

—No he entrado nunca en él.

—¿Habrá usted visitado la catedral de Canterbury?

—No, señor.

—Aseguran que es muy notable. ¿Y el Palace of the Coronation, en Windsor?

—Tampoco.

—¿Estuvo usted en Oxford?

—No…

Sigue el diálogo; el inglés, que apenas conoce Inglaterra, habla de España; mientras el español, que ignora su país, habla de Inglaterra.

Siempre fue así. La atracción alucinante, el imán de ensueño con que el horizonte cautiva a las almas, nos impide detenernos a contemplar lo que está cerca de nosotros. El vecino de la Alhambra granadina, orgullo del mundo occidental, se dice, mientras compra un billete para Moscú:

—Puesto que vivo aquí, a mi regreso la veré.

Como hay chilenos que, pensando en las montañas suizas, cruzan los Andes sin mirarlos. Es el deseo, un poco novelesco, que sufrimos todos de ver lo que nuestros amigos ignoran, porque no hay viaje largo que no perfumen las fragancias exquisitas de la aventura y de la mentira. Si necesitáis saber algo del Cairo, preguntádselo a un francés, verbigracia; un francés, que probablemente habrá pasado de largo mil veces ante la maravilla de Nuestra Señora. En cambio, si queréis conocer todos los secretos de París, hablad con un americano.

Lo que sucede con las ciudades repítese exactamente con las personas y esto explica cómo muchos hombres que gozan justo crédito de conocer muy bien a las mujeres, no conocen a la suya. Sin la pasión irrazonada de los viajes, las estaciones de ferrocarril estarían casi vacías, y sin el capricho invencible de buscar en la calle el amor que tenemos en casa, apenas habría adulterios. No son los indígenas de un país, sino los extranjeros, quienes lo examinaron mejor; según no es el marido, sino los amigos del marido, los que podrían informarnos más acerca del alma de su esposa.

Muchas veces, al marcharnos de una ciudad donde vivimos largo tiempo, mientras el coche rueda con nuestro equipaje camino del muelle o de la estación, experimentamos remordimientos punzantes de no haber visto tal o cual monumento o paisaje; igual que al decidirnos a separarnos de una mujer, nos acomete siempre el recelo —un recelo que es una acusación— de no haberla amado bastante.

Porque la vida es específicamente ingrata; porque en ella todo es transformación y despedida; porque en su vertiginoso filar, lo que no llega se va. Sueñan los ojos con lo que todavía no vieron; sueña el corazón con lo que no ha amado aún: pues siempre en el espacio, lo remoto fue lo mejor, y en el tiempo, lo que se ha ido o lo que se ha muerto…

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Artículo publicado en Mundo Gráfico el 25 de noviembre de 1914

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