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El unicornio, de Javier Tomeo

El unicornio, de Javier Tomeo

Se cumplen diez años de la muerte de uno de los escritores más feroces de la literatura española, Javier Tomeo, y la editorial Pez de Plata conmemora la fecha rescatando una de sus novelas más alegóricas y simbólicas: El unicornio. Esta denuncia al totalitarismo en cualquiera de sus expresiones el Premio Ciudad de Barbastro en 1971.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de El unicornio, de Javier Tomeo (Pez de Plata).

***

Fuera, en la calle, llueve suavemente, de izquierda a derecha. Los coches se golpean en las esquinas y las pantallas luminosas, en lo alto de las casas, indican a los hombres cuál es el camino a seguir.

Aquí, en el pequeño teatro, acaba de levantarse el telón. Ocho o nueve espectadores. Veamos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y las dos enanas. En total, nueve. Los que se han tomado la molestia de leer el programa de mano saben que la acción de la obra va a transcurrir en el remoto reino de Vandalia y que el primer decorado representará uno de los salones del palacio del Duque Tancredo.

(Un poco más allá, tres calles más abajo, el hombre solitario prefiere ahora la luz verde. Vuelve la mirada y observa los grandes senos de la mujer).

Pausa. Suena el timbre y empieza a levantarse el telón. Trompetería. Luz roja y densa, como si todo fuese a ocurrir en el interior de un gran rubí. Tras unos instantes, por la puerta de la derecha, aparece el Duque. Es un ser diminuto, una microscopiez coronada que debe usar sandalias con suela de plomo para que el viento no se lo lleve en volandas. Avanza hasta situarse en el centro del escenario, y suspira. Va a decir algo, pero antes de que llegue a articular la primera palabra, desciende inesperadamente el telón. Se trata, sin duda, de algún despiste del tramoyista. Algunos espectadores cambian entre sí una mirada sorprendida.

(«La primera vez fue en la playa», miente la mujer. «Ahí me perdieron. Él era portugués. Me dijo que se iba a su pueblo para arreglar los papeles, pero ya no volvió»).

Suena otra vez el timbre y vuelve a levantarse el telón. El Duque ―sorprende, ciertamente, que haya podido encontrarse un actor tan diminuto― aparece ahora sentado en el trono. Los pies no le llegan al escabel. Durante un minuto largo permanece en silencio, esperando tal vez alguna señal entre bastidores que le autorice a empezar. Descubre, por fin, en la penumbra, el índice fluorescente del director. Desciende entonces del trono y avanza hacia las candilejas.

DUQUE

(Dirigiéndose al público, deslumbrado tal vez por los focos). ―Antes de empezar, señores, es preciso dejar las cosas bien sentadas. Mi padre, contra lo que puedan pensar ustedes al verme, fue todo un hombre. La barba le llegaba hasta la cintura y de un solo bocado se tragaba una liebre. Cada día escuchaba misa y antes de partir con su ejército en busca del enemigo, extendía la mano y bendecía a sus soldados.

Resulta evidente, a juzgar por su expresión, que el actorcito se siente satisfecho del tono con que ha empezado la declamación.

DUQUE

(Tras un breve caracoleo por el escritorio). ―¿Podrán ustedes creerme si les digo que era capaz de levantar en vilo a un guerrero con todas sus armas, y que le bastaba un solo espadazo para partir por la mitad a caballo y caballero?

(«¿Por qué dices que te perdieron?», pregunta el hombre).

DUQUE

―No ha existido, pueden ustedes estar persuadidos, un padre como el mío. Luchó en más de cien batallas y ninguna le fue adversa. ¿Piensan que llegó a envanecerse por eso? (El Duque, al llegar a este punto, se acaricia la ceja con la punta del cetro). No, por cierto, señores. Tras la victoria, buscaba la sombra de un abeto y se pasaba las horas muertas jugando al ajedrez con el más humilde de sus soldados. ¡Ah, si hubieseis visto la paz solemne que caía entonces sobre su rostro, incluso en los momentos más comprometidos de la partida!

El Duque, fuera de su papel, estornuda con fuerza y, al doblarse por la cintura, se le cae al suelo la corona, que rueda por el escenario.

DUQUE

(Tras recoger la corona y ceñírsela). ―Pues sí, mis respetados señores. Ése fue mi padre y nadie existe en este vasto país que haya dudado ni por un instante de mi filiación.

(«¿Por qué dices que te perdieron?», pregunta el hombre).

DUQUE

(Desplegando inesperadamente su manto y mostrando al público sus piernecitas, enfundadas en unas calzas carmesí). ―Lo malo, señores, es que mi padre murió, y que aquí estoy ahora yo, vestido de duque y perdido en un mundo de gigantes. Pese a todas sus virtudes, ¿puedo recordarle con veneración? ¿Puedo olvidar que él y mi madre cometiesen la imprudencia de engendrarme en una noche de tormenta?

(«¿Por qué dices que te perdieron?». El hombre alarga el brazo hacia el interruptor, sobre la mesita de noche, y deja la habitación en la penumbra).

DUQUE

(Sin cerrar el manto, impúdico, como encontrando una morbosa complacencia en mostrar a los espectadores la extrema delgadez de sus piernas). ―¿Debe pues extrañar a alguien que, para sentirme tan fuerte como mi padre, necesite descargar mis limitaciones sobre la espalda del pueblo?

Sabino Z., sentado en la quinta fila, cruza una pierna por encima de la otra y suspira. «Mañana cumplo setenta años», recuerda. Y se siente acometido una vez más por un espanto abstracto y metafísico. Es un hombre grande, huesudo, con la nariz desviada hacia la izquierda, que jamás habría tenido que envejecer. Vuelve la mirada hacia Emilio T. y boquea como un pez fuera del agua.

DUQUE

―¿Debe extrañar a alguien que, para sentirme fuerte, necesite descargar mis limitaciones sobre la espalda del pueblo?

(«Es mejor que enciendas la otra luz», dice la mujer. El hombre no se mueve. «Es una tontería pensar que te perdieron», murmura).

DUQUE

(Esperando una respuesta, con la respiración contenida). ―¿Debe extrañar a alguien que, para sentirme fuerte, necesite descargar mis limitaciones sobre la espalda del pueblo?

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Autor: Javier Tomeo. Título: El unicornio. Editorial: Pez de Plata. Venta: Todos tus libros.

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