Esperando algo más, se quedó vacía. Quien no creyó tener bastante, se volvió mustia.
—Simplemente esperé.
Una tarde se levantó de la mesa y se fue sin despedirse. La vimos irse con un presagio cierto.
Desde aquel viernes de abril apenas habló lo imprescindible, durmió aún menos y se acostaba cada vez más temprano.
—Vente al aperitivo, la he convencido para que salga —me dijo un amigo común meses después.
Sonó a súplica y a despedida. Y a incertidumbre oscura. Podía anunciar unos resultados preocupantes, su suicidio, cualquier cosa.
Apareció con una pamela marfil, gafas de sol algo más grandes de lo que cabía esperar, un vestido negro, muy maquillada. Y casi alegre. Enigmática. Hubo un silencio blando, esa provocación tan suya.
—Brindemos por lo que fuimos.
Nadie volvió a verla. Ni a su coche. Ni envió carta alguna, como acostumbraba.
Quienes acudimos aquel último día seguimos viéndonos por sus cumpleaños. Sin conversar. Sólo contemplamos sus fotos, esperando que alguna hable.


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