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J. R. R. Tolkien: Cuentos de hadas, de José Miguel Odero

J. R. R. Tolkien: Cuentos de hadas, de José Miguel Odero

Ediciones Universidad de Navarra (Eunsa) reedita, revisada y corregida por Eduardo Segura, una guía de lectura de la Tierra Media escrita originariamente en 1987 por Eduardo Segura, sin duda uno de nuestros grandes expertos en J. R. R. Tolkien. Esta edición llega ahora que se celebra el 70º aniversario de la publicación de El Señor de los Anillos.

En Zenda reproducimos un capítulo de JRR Tolkien: Cuentos de hadas, de José Miguel Odero (Eunsa).

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La mitología tolkieniana

La obra literaria de Tolkien posee una gran unidad temática y de sentido. Desde la Primera Guerra Mundial había comenzado a trabajar en un vasto proyecto: crear una mitología de la cultura anglosajona, integrando poemas y relatos en un amplio entramado cósmico e “histórico” por él imaginado.

Hasta su muerte medio siglo después, continuará perfeccionando el gran fresco mítico de una ficticia prehistoria del mundo, inspirada por el paisaje inglés. La trama fundamental de esta epopeya fue editada póstumamente en el volumen The Silmarillion (1977) y completada más tarde con Unfinished Tales of Númenor and Middle-earth (1980). En esta trama Tolkien insertó The Hobbit (1937), continuado luego como relato de grandes proporciones y estilo semejante en The Lord of the Rings (1954-1955), su obra más conocida.

Para comprender el sentido de todas estas obras resulta imprescindible analizar los temas más profundos y reiterativos de la mitología tolkieniana, es decir, sus “mitos” fundamentales. Esta mitología, muy elaborada por el autor, es sumamente rica, consistente y profunda en sus contenidos. El volumen de cartas editado por Carpenter permite aquilatar con precisión sus pormenores y su sentido. Ahora analizaremos algunos de estos mitos, los que poseen un mayor interés filosófico y teológico.

La Creación

La mitología tolkieniana comienza con un “mito de origen” que se encuentra descrito principalmente en el Ainulindalë y en la Valaquenta. El autor supuesto de estos relatos cosmogónicos trasmite el conocimiento de la creación de las cosas que habría sido revelado a su raza, aunque sólo parcialmente. En este mito el ori gen del cosmos es descrito por analogía con la “creación artística”; concretamente, Tolkien utiliza una analogía musical.

En el principio de la historia, Eru (el Uno), que es llamado también Ilúvatar (Padre de todos) y que había sido ya autor de los Ainur (espíritus), les propone un “tema musical”. Luego, cada Ainu lo interpretará, acentuándolo y desarrollándolo de modo diverso; el tema resuena así por doquier con múltiples “variaciones armónicas”, que quedan integradas en una gran sinfonía total.

Sin embargo, uno de los Ainur, Melkor, se aparta de este común concierto y, cantando solitario en el vacío, desea introducir motivos musicales totalmente “suyos”, absolutamente novedosos, que se aparten netamente de la mente de Eru. El resultado de este ensayo es una gran confusión y la producción de crecientes disonancias.

En cierto momento, Eru impone silencio a todos y vuelve a proponer el mismo tema musical del inicio, aunque ahora aparece enriquecido con toda la variedad de posibilidades que había desarrollado el anterior concierto. Paradójicamente, incluso los desatinos de Melkor han sido incorporados en el seno de una nueva y reforzada unidad de sentido. Además, mientras escuchan el Canto de Eru, los Ainur reciben ahora, integradas en la melodía, imágenes visuales; y llegan a percibir que imágenes y sonidos constituyen un relato (story), una historia, una ficción. Cuando las líneas maestras de esa historia se han dibujado en las mentes de los Ainur, viene de improviso una palabra de Eru: “¡Que sea!”; y el cuento se transforma en la historia del cosmos, desapareciendo su anterior dualidad interna –relato narrado por Eru / relato oído por los Ainur– en unitaria realidad, unívoca para todos. El narrador divino ha podido transformar la “realidad secundaria” de su pensamiento en “realidad primaria” del ser, es decir, ha podido “realizar” lo que concibió, haciéndolo ser: ha aproximado lo ideado a su propio estatuto ontológico (el estatuto del Primero es la “realidad primaria”).

Al comenzar así la historia real, algunos Ainur se apasionan tanto con la belleza del cosmos que desean “entrar en la historia”, colaborando nuevamente con Eru en su desarrollo y armonización, ya no en el plano del mero diseño sino en el de la realización efectiva: son los Valar. Estas potencias son, pues, seres espirituales que interpretan y completan en detalle el Designio que Eru les propuso, primero en forma musical o abstracta y luego “históricamente”, visiblemente, como actores de esa historia. Los Valar son subcreadores. Al entrar en la historia quedan envueltos en el Tiempo, en las series de eventos que completan el cuento de Eru.

Los Valar desempeñan en el mito tolkieniano funciones parejas a las que desempeñan los “dioses” en las mitologías antiguas. Para eso aparecen “encarnados”, es decir, asociados a formas materiales que son “su vestido”, expresión de su peculiar naturaleza, pero que no forman parte de ella. Poseen, pues, un poder, majestad y belleza perceptibles por medio de los sentidos. Los Valar reciben poderes delegados de Eru para legislar y gobernar en sus respectivas esferas (pero no para “crear” ni fabricar). Se llaman “divinos” sólo en cuanto son diversos del mundo material y anteriores a él; su poder y su sabiduría dependen del conocimiento parcial que cada uno tiene del devenir cosmológico, que percibieron primero como drama (un relato compuesto por otro), y que luego van inspeccionando como realidad. Existe entre ellos una sujeción voluntaria al superior conocimiento del mayor: Manwë, el lugarteniente de Eru y Supremo moderador del cosmos. Entre los Valar que deciden intervenir en la historia también se encuentra Melkor, “el inevitable Rebelde y auto-adorador de las mitologías que comienzan con un Creador único trascendente”.

Junto a los Valar, otros Ainur menores también se introducen en la historia del mundo para colaborar con ellos. De este género son, por ejemplo, Sauron –lugarteniente de Melkor–, Gandalf y Saruman. Estos dos últimos pertenecen al orden de los “magos” (Wizards: Tolkien adopta este término por su parentesco etimológico con wise, sabio). Todos ellos son seres espirituales enviados al mundo (ángeles, en el sentido etimológico de mensajeros), donde se revisten también de formas materiales. La mitología tolkieniana imagina que esa cierta encamación también determina en ellos la posibilidad del dolor.

La “construcción” y el mantenimiento de esas formas corpóreas supone un desgaste de la energía de la voluntad, que es el lazo que une a cada Ainu con la corporeización por él imaginada y conformada. Precisamente por eso los Ainur sólo aparecerán “encarnados” en las primeras edades del mundo –pre-históricas–: Sauron y Gandalf abandonan finalmente Arda, la tierra.

Los Valar adoptan formas materiales antropomórficas y no teriomórficas porque prestan especial atención a los “Hijos de Dios” –las criaturas élficas y humanas–. La creación de los seres humanos es el gran secreto de Eru, una parte desconocida del tema musical originario, pues Eru sólo lo había desarrollado ante los Ainur parcialmente. Los “Hijos de Dios” son seres espirituales de cuya naturaleza forma parte esencial un cuerpo. Los Valar saben, pues, que no deben dominarlos, ya que tienen dignidad de personas, aunque su menor estatura ontológica los haga especialmente susceptibles a esa sujeción.

Los Children of God constituyen, en realidad, varios linajes. Los primeros nacidos son los Elves (elfos), los “inmortales”; una raza de artistas-científicos que en sus orígenes conviven con los Valar en el paraíso de Aman, hasta que su soberbia los empuja a una guerra fratricida y al destierro. Los “Hombres mortales” –otra de estas razas– suelen aliarse con los elfos, y participan así de su sabiduría. Los Dwarves son “enanos” laboriosos dedicados a la minería y a la industria.

(…).

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Autor: Eduardo Segura. Título: J.R.R. Tolkien: Cuentos de hadas. Editorial: Eunsa.  Venta: Todos tus libros.

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