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Jon Snow, tú tenías que haber muerto

Matar o no matar a un protagonista, esa es la cuestión que se hace todo buen guionista. Hay un momento en el que por celos, bajada en la audiencia o simplemente por joder, todo productor piensa en acabar con su estrella. Algo de eso debió ocurrir con Jon Snow en Juego de tronos

Ha pasado ya un tiempo desde el —para mí— horrible final que nos deparó la octava y última temporada de la serie de HBO. Sí. He dicho horrible. Mi compañero de prisión en Zenda Gorka Rojo no está de acuerdo conmigo. A él sí que le convenció ese desenlace. Ya nos los dijo Billy Wilder: nadie es perfecto; ni siquiera él.

Como te decía, ya hemos cogido la suficiente perspectiva para poder analizar sin sesgos Juego de tronos, una de las ficciones con más seguidores y que más ruido mediático ha generado en la historia de la televisión. También es un buen momento para diseccionar a su gran protagonista, Jon Snow.

"Los guionistas se dan cuenta de la que han liado, por las reacciones de los seguidores de Jon Snow en las redes sociales, y montan un aquelarre más falso que una pelea de los Power Rangers"

La historia de Jon Snow empieza bien: es un bastardo. No digo que sea magnífico serlo, pero al personaje le aporta un toque shakespeareano que a mí siempre me engancha. Un heredero sin derecho a serlo. Ni es hijo ni hermano, y casi no puede ser amigo. Solo un lobo le comprende. Es imposible que no nos sintamos identificados con este personaje marginal, y que no apostemos por él en la despiadada y sangrienta lucha por el Trono de Hierro. Mientras otros personajes exponen todos sus recursos en las primeras temporadas, él permanece en un discreto segundo plano, esperando su oportunidad, aunque su momento culmen —su muerte al final de la quinta temporada— no será tan placentero como quizá imaginaba. A partir de ahí todo se vuelve un poco loco. Da la sensación de que los encargados de escribir el guion se dan cuenta de la que han liado, por las reacciones de los seguidores de Jon Snow en las redes sociales, y montan un aquelarre más falso que una pelea de los Power Rangers.

Juego de tronos o el despropósito

El Trono de Hierro

Cargarse a un personaje es sencillo. Que se lo digan al pobre Joey Tribbiani, de Friends, eterno aspirante a actor —cómo me gusta ese rollo de «metaserie» de los intérpretes en paro de las comedias norteamericanas— . Después de haber conseguido uno de sus mejores papeles, el del doctor Drake Ramoray, en una serie de médicos, Days of our Lives, vio cómo de la noche a la mañana sus días de fama se iban al retrete en solo un par de frases, en las que se detallaba cómo su personaje caía —accidentalmente— por el hueco del ascensor. En realidad no muere, pero queda con daños irreversibles en el cerebro, y desgraciadamente el único neurocirujano que podía salvar a al doctor Drake Ramoray era el doctor Drake Ramory… Para rizar el rizo, Matt Le Blanc, el actor que participó en las diez temporadas de la comedia durante casi una década, resucitó al médico en Joey, el spin-off posterior a la sitcom, pero de nuevo el galeno volvió a tener mala suerte: murió apuñalado por una enfermera…

"Nos queda saber qué pasará con el King in the North si al final se publica el esperado sexto volumen de la saga Canción de hielo y fuego"

Y no hace falta tragarse una tanda de capítulos de The Walking Dead para ver personajes zombies que vuelven al reino de los vivos después de haber estado en el de los muertos. Kenny, de South Park, es uno de los mejores ejemplos. ¿Quién no se acuerda del mítico «¡Han matado a Kenny! ¡Hijos de puta!«? Y, sin embargo, una vez tras otra, Kenny volvía a aparecer en el siguiente capítulo sin que fuese necesaria explicación alguna. Otro personaje de dibujos animados, Krilin, el mejor amigo de Goku, resucita hasta seis veces en Dragon Ball. Y para Expediente X el del final de la segunda temporada, cuando Mulder muere y resucita gracias a los indios Navajo. La propia Juego de tronos también tuvo sus resucitados: Khal Drogo —que regresó de los infiernos un poco «raruno» y tuvo que ser sacrificado— y Beric Dondarrion —que tenía más vidas que un gato—. Pero no solo son algunos personajes los que escapan de las garras de la parca: en algunas series es todo el reparto al completo como en Les revenants, la serie francesa en la que «los retornados» vuelven a su pueblo al ritmo de la exquisita banda sonora de los escoceses Mogwai.

Volvamos a Juego de tronos, regresemos a Jon Snow. Porque lo más gordo de todo esto todavía no se ha escrito, o por lo menos no lo hemos leído. Nos queda saber qué pasará con el King in the North si al final se publica el esperado sexto volumen de la saga Canción de hielo y fuego, la colección de libros de George R. R. Martin que ha inspirado a la serie, pero que ahora va por detrás de la historia. En principio, Jon está muerto, aunque de Martin se puede esperar cualquier cosa. Una de las teorías más extendidas cuando Melisandre revivió a Jon Snow, en el segundo capítulo de la sexta temporada, tiene que ver con los lobos: Snow traspasó su espíritu al suyo, Ghost; de hecho, esa fue la última palabra que pronunció antes de morir. Puestos a fabular, el propio autor —en presumible estado de embriaguez— llegó a decir ante sus atónitos seguidores que Jon Snow no resucitó y en realidad es Melisandre. A  lo mejor todo fue un sueño; para que luego sigáis criticando a los guionistas de Los Serrano.

Yo siempre he creído en Jon Snow. Era mi favorito desde el minuto uno y me sentí decepcionado cuando fue asesinado, pero acepté la pérdida y pasé página. El apaño que se inventan los showrunners de Juego de tronos me parece un pegote propio de Santa Barbara o de Melrose Place, indigno de una historia como la de los Siete Reinos. Te lo he dicho en el titular y te lo repito: Jon Snow, tú tenías que haber muerto.

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